Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
14
Una lista de los funcionarios del banco, conservada en el departamento de Seguridad para usos de emergencia, reveló la dirección de la casa de Miles Eastin y su número de teléfono. Nolan Wainwright copió ambas cosas.
Conocía la dirección. Una zona residencial pequeño-burguesa, a unas dos millas del centro. La información incluía el número del apartamento: «2G».
El jefe de Seguridad dejó la Casa Central del FMA y se dirigió a la Plaza Rosselli, a un teléfono público, donde marcó el número y oyó llamar incesantemente, sin que nadie contestara. Sabía que Miles Eastin era soltero. Wainwright esperaba también que viviera solo.
En caso de contestar a la llamada, Wainwright hubiera dicho que se trataba de un número equivocado y hubiera cambiado sus planes. Pero, tal como estaban las cosas, se dirigió a su coche, guardado en las cocheras del sótano.
Antes de dejar el garaje abrió la maleta de su coche y sacó una delgada cartera de cuero, que colocó en el bolsillo interior. Después cogió el coche y atravesó la ciudad.
Caminó casualmente hacia la casa de apartamentos, aunque miraba todos los detalles. Una construcción de tres pisos, probablemente edificada hacía cuarenta años y con señales de abandono. Adivinó que había unas dos docenas de apartamentos. No había portero a la vista. En el vestíbulo Nolan Wainwright pudo ver una fila de buzones para cartas y timbres de llamada. Dobles puertas de cristal comunicaban la calle con el vestíbulo; más allá había una puerta más sólida, sin duda con el cerrojo pasado.
Eran las 10,30. Había escaso tráfico en la calle. No había otros transeúntes cerca de la casa de apartamentos. Avanzó.
Junto a los buzones había tres filas de timbres y un micro-teléfono interno. Wainwright vio el nombre «Eastin» y apretó el botón correspondiente. Tal como esperaba, no hubo respuesta.
Adivinando que «2G» significaba el segundo piso, eligió al azar un timbre con la marca «3» y lo apretó. Una voz en el portero eléctrico rezongó:
– Sí… ¿Quién es?
El nombre junto a la puerta era Appleby.
– Western Union -dijo Wainwright-. Telegrama para Appleby.
– Bien, suba.
Detrás de la pesada puerta interior zumbó un timbre y una cerradura se abrió. Wainwright empujó la puerta y penetró rápidamente.
Al frente había un ascensor, que ignoró. Vio una escalera a la derecha y subió los peldaños de dos en dos, hasta el segundo piso.
En el camino Wainwright meditó sobre la sorprendente inocencia de la gente en general. Esperaba que Appleby, fuera quien fuera, no aguardase demasiado tiempo su telegrama. Esta noche míster Appleby no iba a tener más inconvenientes que una intriga menor, quizás una frustración, aunque hubiera podido irle mucho peor. Los habitantes de los apartamentos, en todas partes, pese a repetidos avisos, continuaban haciendo exactamente lo mismo. Naturalmente, Appleby podía desconfiar algo y alertar a la policía, aunque Wainwright lo dudaba. De todos modos, dentro de unos minutos, la cosa ya no tendría importancia.
El apartamento «2G» estaba al final del corredor del segundo piso, y la cerradura demostró no ser complicada. Wainwright probó una serie de finas hojas que sacó de la delgada cartera de cuero que había traído en el bolsillo y, a la cuarta tentativa, el cilindro de la cerradura giró. La puerta se abrió de golpe y él entró, cerrando la puerta tras de sí.
Esperó, dejando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, después se acercó a una ventana y corrió las cortinas. Encontró un interruptor de la luz y lo apretó.
El apartamento era pequeño, destinado a ser usado por una sola persona; era un solo ambiente dividido en zonas. El espacio que hacía de sala comedor tenía un sofá, un sillón, una TV portátil y una mesa. Una cama estaba colocada detrás de una partición: la kitchenette tenía puertas de persiana que se doblaban. Las otras dos puertas que Wainwright inspeccionó revelaron un cuarto de baño y un armario. El lugar era ordenado y limpio. Algunos estantes de libros y algunos grabados enmarcados le daban personalidad.
Sin perder tiempo Wainwright inició una búsqueda total, sistemática.
Procuró reprimir, mientras trabajaba, la mordiente crítica contra sí mismo por la acción ilegal que realizaba esta noche. No lo lograba del todo. Nolan Wainwright comprendía que todo lo que estaba haciendo era el reverso de su código moral, una negación a su creencia en la ley y el orden. Sin embargo, la ira lo impulsaba. La ira y, dentro de sí mismo el reconocimiento del fracaso, hacía cuatro días.
Recordaba con pasmosa claridad, incluso ahora, la muda súplica en los ojos de la muchacha portorriqueña, Juanita Núñez, cuando la había visto por primera vez el miércoles pasado y había iniciado el interrogatorio. Era una súplica que decía sin lugar a dudas: Usted y yo… usted es negro, yo soy parda. Por eso usted, entre todos, tendría que comprender que estoy sola, en inferioridad de condiciones, y que desesperadamente necesito ayuda y justicia. Pero, aunque había reconocido la súplica, él la había echado a un lado brutalmente, de manera que después sólo lo sustituyó el desprecio, y recordaba haber visto también ese desprecio en los ojos de la muchacha.
El recuerdo, unido a la pena de haber sido engañado por Miles Eastin, había decidido a Wainwright a derrotar a Eastin en su juego, aunque hubiera que torcer la ley para lograrlo.
Por lo tanto, metódicamente, como le había enseñado su entrenamiento policial, Wainwright siguió buscando, decidido a encontrar una prueba, si es que la había.
Media hora después comprendió que quedaban pocos sitios donde esconder algo. Había examinado los armarios, los cajones y su contenido, había revisado los muebles, abierto maletas, inspeccionado los cuadros en las paredes y retirado la parte de atrás del televisor. También había examinado los libros, notando que todo un estante estaba dedicado a lo que alguien consideraba el hobby de Eastin: el estudio del dinero a través de las épocas. Junto con los libros un portafolio contenía diseños y fotografías de antiguas monedas y billetes. Pero no había huella de nada criminal. Finalmente amontonó los muebles en un rincón y enrolló la alfombra. Después, con una linterna, recorrió cada pulgada del piso de madera.
Sin la linterna se le hubiera escapado la tabla cuidadosamente aserrada, pero dos líneas, de color más claro que la madera del resto, traicionaban el lugar donde habían sido hechos los tajos. Suavemente tironeó los treinta centímetros aproximados de tabla entre las líneas y descubrió, en el espacio de abajo, una pequeña agenda negra y dinero en billetes de veinte dólares.
Rápidamente volvió a colocar la tabla, la alfombra, los muebles.
Contó el dinero: era un total de seis mil dólares. Después contempló brevemente la pequeña carpeta negra, se dio cuenta que era una carpeta de apuestas y silbó suavemente ante la cantidad y el número de las sumas involucradas.
Dejó después el libro -podía ser examinado más adelante con detalle- en una ocasional mesa ante el sofá, con el dinero al lado.
Le había sorprendido encontrar el dinero. No le cabía duda de que eran los seis mil dólares que habían faltado el miércoles del banco, pero suponía que Eastin ya debía haberlos cambiado, o depositado en otra parte. El trabajo en la policía le había enseñado que los criminales hacen cosas tontas e inesperadas, y ésta era una de ellas.
Pero todavía había que averiguar cómo Eastin había cogido el dinero y lo había traído a su casa.
Wainwright miró alrededor del apartamento, y después apagó las luces. Volvió a abrir las cortinas y, sentado cómodamente en el sofá, esperó.
En la semioscuridad, en el pequeño apartamento iluminado sólo por las luces de la calle, sus pensamientos volaban. Pensó de nuevo en Juanita Núñez y deseó, de alguna manera, arreglar la cosa. Recordó el informe del FBI sobre su desaparecido marido, descubierto en Phoenix, Arizona, y se le ocurrió que la información podía ser útil para ayudar a la muchacha.