Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Alex no estaba seguro si debía usar números o no en su exposición. Si lo hacía, tenía que ser de memoria, ya que no había traído anotaciones. Había deliberado largamente la noche anterior y después había decidido eventualmente esperar a que llegara el momento y hablar entonces instintivamente, como le pareciera más apropiado, dejando que los pensamientos y las palabras se ordenaran por sí solos.
Recordó que, en esta misma habitación, no hacía mucho tiempo, Ben había anunciado: «Me estoy muriendo. Los médicos me dicen que no me queda mucho tiempo». Las palabras habían sido, todavía lo eran, una afirmación de que la vida era finita. Eran una burla para la ambición… la de él, la de Roscoe, la de los otros.
Pero, que la ambición fuera en última instancia fútil o no, deseaba mucho la presidencia del banco. Ansiaba una oportunidad -como la había ansiado Ben en su momento- para determinar las direcciones, decidir la filosofía, conceder prioridades y, en medio de la suma de todas las decisiones, dejar detrás de sí una contribución digna. Y el hecho de que, visto en un amplio margen de años, lo realizado contara poco o mucho, el celo puesto en la tarea sería en sí una recompensa… el hacer, dirigir, competir, luchar, aquí y ahora.
Al otro lado de la mesa de reuniones, a la derecha, el Honorable Harold Austin se había dejado caer en su sitio acostumbrado. Llevaba un traje a cuadros de Cerruti, con clásica camisa abotonada, una corbata puntiaguda estampada, y parecía un modelo vivo de las páginas de Playboy. Tenía en la mano un grueso cigarro, listo para encender. Alex vio a Austin y saludó. El saludo fue devuelto, pero con notable frialdad.
Hacía una semana el Honorable Harold se había presentado para protestar por el veto de Alex a la propaganda de las tarjetas de crédito preparada por la agencia Austin. «La expansión en el mercado de las tarjetas de crédito fue aprobada por el consejo rector», había objetado el Honorable Harold. «Lo que es más, los jefes del departamento de tarjetas clave ya habían aprobado esa campaña especial antes de que llegara a usted. No sé realmente si no debería llamar la atención del consejo sobre su acción, tomada desde arriba».
Alex había sido cortante: «En primer lugar yo sé exactamente lo que los directores decidieron sobre las tarjetas de crédito, porque estaba allí presente. No estuvieron de acuerdo en que la expansión en el mercado se hiciera con una propaganda que es solapada, engañosa, semimentirosa y que puede desacreditar al banco. Ustedes pueden hacer algo mejor que eso, Harold. La verdad es que ya lo ha hecho. He visto y aprobado las versiones revisadas. En cuanto a actuar "desde arriba", he tomado una decisión de ejecutivo dentro de mi autoridad y, en cualquier momento que sea necesario, volveré a hacerlo. Si quiere que le dé mi opinión, no van a agradecérselo… es más probable que me den a mí las gracias».
Harold Austin se había enfurecido, pero, aparentemente, había dejado caer el tema, quizás sabiamente, porque la Publicidad Austin iba a ganar igualmente con la campaña revisada de las tarjetas de crédito. Alex sabía que se había creado un enemigo. Pero dudaba que eso tuviera hoy alguna importancia, ya que el Honorable Harold prefería evidentemente a Roscoe Heyward, y probablemente iba a apoyarlo de todos modos.
Uno de sus fuertes sostenedores, sabía Alex, era Leonard L. Kingswood, el franco y enérgico consejero de la Northam Steel, sentado ahora cerca de la cabecera y conversando animadamente con su vecino. Era Len Kingswood quien había telefoneado a Alex hacía algunas semanas para comunicarle que Roscoe Heyward estaba activamente trabajando a los directores para que apoyaran su candidatura a la presidencia.
– No digo que debas hacer lo mismo, Alex. Eres tú quien debe decidir. Pero te prevengo que lo que hace Roscoe puede ser efectivo. A mí él no me engaña. No tiene capacidad para ser jefe y se lo he dicho. Pero tiene una manera persuasiva y ése es un anzuelo que muchos pueden tragarse.
Alex había agradecido a Len Kingswood la información, pero no había intentado copiar las tácticas de Heyward. La solicitud podía ayudar en algunos casos, pero podía poner en contra a otros a quienes no agradara la presión personal en estos asuntos. Además, Alex sentía aversión por hacer una campaña efectiva por el puesto de Ben, cuando el viejo todavía estaba vivo.
Pero Alex había aceptado la necesidad de la reunión de hoy y de las decisiones que debían tomarse.
El murmullo de la conversación se apaciguó. Dos últimos recién llegados se acomodaban. Jerome Patterton, a la cabecera, golpeó ligeramente con un martillo y anunció:
– Señores, el consejo está en sesión.
Patterton, llevado hoy a la preeminencia, tendía normalmente a borrarse y, en la escala de la dirección del banco, era como un comodín. Estaba ahora en la sesentena y cerca de retirarse, había actuado en la unión de varios bancos menores hacía años; a partir de entonces sus responsabilidades habían disminuido, se habían apaciguado, por mutuo consentimiento. En general se ocupaba de las cuestiones de depósitos y de jugar al golf con los clientes. El golf era una prioridad, al punto de que, en cualquier día de trabajo, Jerome Patterton rara vez estaba en su despacho después de las 2,30 de la tarde. Su título de viceconsejero del consejo rector era en gran parte honorario.
Tenía la apariencia de un hidalgo de campaña. Casi calvo, aparte el halo de pelo blanco, tenía una cabeza puntiaguda y rosada, como la punta de un huevo. Paradójicamente sus cejas eran revueltas y ferozmente brotadas; los ojos que estaban debajo eran grises, prominentes y empezaban a apagarse. Para añadir algo más a la impresión de granjero, se vestía deportivamente. Alex Vandervoort suponía que el viceconsejero tenía un cerebro excelente, usado al mínimo en los últimos tiempos, como un motor que no se utiliza.
Como era de esperar, Jerome Patterton empezó pagando tributo a Ben Rosselli, tras lo cual leyó el último boletín del hospital, que informaba sobre «pérdida de fuerza y conciencia vacilante». Entre los directores algunos contrajeron los labios, otros movieron la cabeza.
– Pero la vida de nuestra comunidad prosigue -el viceconsejero enumeró los motivos de la reunión presente, especialmente la necesidad de nombrar, rápidamente, un nuevo jefe ejecutivo para el First Mercantile American.
– La mayoría de ustedes, señores, conocen los procedimientos sobre los que nos hemos puesto de acuerdo -después anunció lo que todos sabían: que Roscoe Heyward y Alex Vandervoort iban a hablar a la Dirección, tras lo cual ambos dejarían la reunión mientras se discutían sus candidaturas.
– En cuanto al orden de la exposición, emplearemos esa vieja prioridad bajo la cual todos hemos nacido: el orden alfabético… -los ojos de Jerome Patterton se volvieron hacia Alex-. A veces he tenido que pagar por ser «P». Espero que esa «V» suya no haya sido tan penosa.
– Es verdad, señor consejero -dijo Alex-. A veces me ha concedido la última palabra.
Algunas risas, las primeras en el día, recorrieron la mesa. Roscoe Heyward las compartió, aunque su sonrisa parecía forzada.
– Roscoe -sugirió Jerome Patterton-, puede empezar cuando quiera.
– Gracias, señor consejero -Heyward se puso de pie, echó hacia atrás la silla y tranquilamente miró a los diecinueve hombres que rodeaban la mesa. Tomó un sorbo de agua de un vaso que tenía delante, se aclaró la garganta como es debido, y empezó a hablar con voz precisa y nivelada.