Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Edwina empezó a hojear rápidamente una guía telefónica de la Casa Central del FMA, buscando «Jefe del Servicio de Auditores».
13
Las tardes del viernes todas las sucursales del First Mercantile American trabajan tres horas más.
Así, ese viernes, en la sucursal principal del centro, las partes exteriores a la calle habían sido cerradas con llave por una guardia de seguridad a las 6 de la tarde. Algunos clientes, que todavía estaban en el banco a la hora de cerrar, eran autorizados a salir por la misma guardia, uno a uno, por una única puerta de vidrio.
A las 6,05 exactamente una serie de agudos y perentorios golpes resonaron en la parte exterior de la puerta de vidrio. Cuando el guardia volvió la cabeza para contestar, observó una joven figura masculina, vestida con un sobretodo oscuro y aire de funcionario, llevando una pequeña maleta. Para llamar la atención adentro, la figura había golpeado con una moneda de cincuenta centavos, envuelta en un pañuelo.
Cuando el guardia se acercó el hombre de la maleta puso contra el vidrio un documento de identidad. El guardia lo inspeccionó, abrió la puerta, y el joven entró.
Después, antes de que el guardia pudiera cerrar la puerta, ocurrió una serie de hechos tan inesperada y notable como la treta de un mago. En lugar de un individuo con una maleta y credencial, aparecieron seis, con otra falange detrás. Rápidamente, como una inundación, se precipitaron en el banco.
Un hombre, mayor que los otros y que emanaba autoridad, anunció brevemente:
– Auditores de la Casa Central.
– Sí, señor -dijo el guardia; era un veterano en el banco y había visto esto antes, así que siguió controlando las demás credenciales. Había veinte, casi todos hombres, cuatro mujeres. Todos se dirigieron inmediatamente a diferentes puntos del banco.
El hombre más viejo, que había hecho el anuncio, se dirigió por la plataforma hacia el escritorio de Edwina. Al levantarse para saludarlo, ella contempló la continua afluencia al banco, con sorpresa que no ocultó.
– Míster Burnside, ¿están aquí todos los auditores?
– Así es, mistress D'Orsey -el jefe del departamento de auditores se quitó el sobretodo y lo colgó cerca de la plataforma.
En otras partes del banco los empleados tenían una expresión desconcertada, algunos rezongaban y hacían comentarios malhumorados.
Uno de ellos comentó:
– Caramba… ¡Precisamente ocurrírseles un viernes!… ¡Mierda, yo tenía una cena!… ¡Y hay quien dice que los auditores son humanos!
La mayoría comprendía lo que representaba una visita del grupo de auditores de la Casa Central. Los pagadores comprendieron que iba a haber un balance extra de sus cajas antes de que se fueran esa noche, y las reservas del tesoro también serían controladas. Los contadores deberían quedarse hasta que sus informes estuvieran listos y revisados. Los empleados principales tendrían suerte si podían quedar libres para la medianoche.
Los recién llegados, cortés y rápidamente, se habían apoderado de todas las agendas. A partir de ese momento todas las sumas o cambios iban a estar bajo su escrutinio:
Edwina dijo:
– Al pedir un examen de las cuentas de los empleados, no me esperaba esto.
Normalmente el control de auditores en una sucursal se hacía cada dieciocho meses o dos años, y hoy la cosa era doblemente inesperada, ya que una auditoría total en la sucursal principal había ocurrido sólo hacía ocho meses.
– Nosotros decidimos cómo, dónde y cuándo hay que hacerlo, mistress D'Orsey… -como siempre, Hal Burnside mantenía una fría lejanía, la marca de fábrica de un examinador bancario. Dentro de cada banco importante el departamento de auditores era independiente, era una unidad vigilante, con autoridad y prerrogativas, como la Inspección General en el ejército. Sus miembros nunca se intimidaban ante el rango, e incluso los gerentes principales podía ser candidatos a reprobación por irregularidades reveladas en una inspección profunda… y siempre había algunas.
– Estoy enterada de esto -reconoció Edwina-. Estoy sólo sorprendida de que haya podido arreglar esto tan rápidamente.
El jefe de auditores sonrió, con un poco de vanidad:
– Tenemos nuestros métodos y recursos.
Lo que no reveló es que había sido planeada una visita sorpresa de auditores para otra sucursal del FMA para esa noche. Tras la llamada de Edwina, hacía tres horas, el plan primitivo fue cancelado, se revisaron rápidamente los arreglos y empleados adicionales participaron en la presente expedición.
Estas tácticas de capa y espada no eran desusadas. Parte esencial de la función de auditoría era caer, irregularmente y sin prevenir, en cualquiera de las sucursales del banco. Se tomaban complicadas precauciones para conservar el secreto y cualquier miembro de la auditoría que las violara podía tener dificultades serias. Pero pocos lo hacían, ni siquiera por descuido.
Para la maniobra de hoy el grupo de auditores se había reunido hacía una hora en un hotel de la ciudad, aunque ni siquiera ese destino había sido revelado hasta último momento. Les dieron instrucciones, les comunicaron sus deberes y después, separadamente, en grupos de dos y de tres, habían marchado hacia la principal sucursal de FMA. Hasta el momento crucial habían esperado en los vestíbulos de edificios cercanos, habían caminado casualmente o se habían detenido a mirar escaparates. Después, tradicionalmente, el miembro más joven del grupo había llamado a la puerta del banco pidiendo que le abrieran. En cuanto lo logró, los otros, como un regimiento que se junta, se precipitaron tras él.
Ahora, dentro del banco, el grupo de auditores ocupaba posiciones claves.
Un estafador de banco convicto en 1970, que había logrado con éxito ocultar sus desfalcos durante veinte años, observó, cuando finalmente lo llevaban a la cárceclass="underline" «Los auditores venían y no hacían más que sacudir el aire durante cuarenta minutos. Si me hubieran dado la mitad de ese tiempo habría podido taparlo todo.»
El departamento de auditores del FMA y de otros tres grandes bancos norteamericanos, no procedía así. No habían pasado cinco minutos desde la inesperada llegada de los auditores, cuando ya todos estaban en posiciones asignadas de antemano, observándolo todo.
Resignados, los empleados regulares de la sucursal prosiguieron con su trabajo del día, dispuestos a ayudar a los auditores si era necesario.
Una vez iniciado el proceso iba a prolongarse la semana siguiente, y parte de la próxima. Pero el momento más crítico del examen tendría lugar en las próximas horas.
– Pongámonos a trabajar, mistress D'Orsey -dijo Burnside-. Empezaremos con las cuentas de depósito, el tiempo que tienen y cómo se hizo la solicitud -e inmediatamente abrió su maleta y la vació sobre el escritorio de Edwina.
A las 8 de la noche la sorpresa por la llegada del grupo de auditores se había amortiguado, se había realizado una notable cantidad de trabajo, y las filas de los empleados regulares empezaban a clarear. Todos los cajeros se habían ido; y también algunos contadores. El dinero había sido contado, la inspección de otros informes estaba muy avanzada. Los visitantes habían sido corteses y, en algunos casos, habían ayudado a señalar leves errores, lo que formaba parte, con frecuencia, de su tarea.
Entre los empleados principales que todavía quedaban estaban Edwina, Tottenhoe y Miles Eastin. Los dos hombres habían estado ocupados localizando informaciones y respondiendo a las preguntas. Ahora, de todos modos, Tottenhoe parecía cansado. Pero el joven Eastin, que había respondido alegre y servicialmente hasta ese momento a todas las demandas, estaba tan fresco y enérgico como cuando se había iniciado la noche. Fue Miles Eastin quien arregló para que trajeran emparedados y café para los auditores y los empleados.
De las varias fuerzas de trabajo de los auditores, un pequeño grupo se había concentrado en los ahorros y las cuentas corrientes y, de vez en cuando, alguno de ellos traía una nota escrita para el auditor principal, en el escritorio de Edwina. En todos los casos él echaba una mirada a la información, asentía, y añadía la nota a los otros papeles de su maleta.