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Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:

NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
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– Lo siento, pero ya es tarde para lamentos. Cuéntame cómo ha sido el día de trabajo con él.

Jilly suspiró y la miró con desesperación.

– Horrible. Incómodo. Incluso cuando no estábamos juntos… -confesó-. Juro que no dejé de ser consciente de su presencia ni un solo minuto.

– ¿Y cuando estabais juntos?

– Una tortura. Se me aceleraba el corazón, me transpiraban las manos, se me hacía un nudo en el estómago y me moría por arrancarle la ropa con los dientes.

– Vaya por Dios, sí que estás loca por él… -comentó Kate.

– Pero no quiero estar enamorada de él. ¿Por qué he tenido que enamorarme así? Es mi compañero de trabajo, ¿comprendes? Y además siempre quiere estar en todo y sabes cuánto me irrita que se metan en mis asuntos.

Kate arqueó las cejas.

– ¿A qué te refieres con eso de que siempre quiere estar en todo? -preguntó con cierta ironía-. ¿Es tan terrible que haya querido pagar una comida?

– Muy graciosa. Son muchas cosas. Por ejemplo, tenía decidido traerme de vuelta a casa desde el hotel…

– Tienes razón, se merece que le pateen el trasero.

Jilly miró a su amiga con mala cara.

– No necesitaba que me trajera a casa, ya había pedido un taxi.

– De acuerdo -consintió Kate, resignada-. ¿Discutió contigo por ese tema? ¿Trató de obligarte a entrar en su coche?

– A decir verdad, no.

– ¿Qué más?

A pesar de que se daba cuenta de que estaba perdiendo la batalla, Jilly sentía que no podía ceder en la discusión.

– Esta mañana me trajo leche para el café -dijo, casi susurrando.

La abogada soltó una carcajada y después se inclinó hacia delante.

– Jilly, llevas tanto tiempo insistiendo en que puedes con tus asuntos y que no necesitas la ayuda de ningún hombre, que empiezas a ser incapaz de distinguir la diferencia entre autoritario y amable -declaró-. Supongamos que Matt haya querido meterse en alguno de tus asuntos, en la medida que siempre haya acatado tu voluntad, no veo cuál es el problema.

Jilly reflexionó durante algunos segundos y comprendió que lo que Kate acababa de decirle era absolutamente cierto. En el trabajo, Matt trataba de estar en todo y esa era una de las razones por las que era tan bueno en lo que hacía. No podía culparlo por eso. Y fuera del trabajo, esa misma actitud se convertía en una suma de gestos amables y románticos. De hecho, siempre se había comportado con ella como un auténtico caballero.

– Creo que tal vez lo estaba prejuzgando y asignándole defectos que en verdad no tiene -admitió Jilly.

– Desde luego, eso es lo has estado haciendo.

– Diablos, Kate, ¿en qué clase de monstruo me he convertido?

– No eres un ningún monstruo. Te han lastimado y te has vuelto excesivamente cautelosa. Es comprensible.

– Pero sigo sin querer enamorarme de Matt, Kate. Este romance podría arruinarme la carrera. ¿Cómo hago para quitármelo del corazón?

– Es amor, Jilly, no se cura con antibióticos.

– Pero duele mucho.

– Nadie ha dicho que el amor sea algo sencillo. ¿Pero no es mucho mejor que no sentir nada?

La publicista suspiró acongojada.

– La verdad es que no sé que decir. Supongo que tengo tres opciones -dijo y comenzó a enumerar con los dedos-. La primera posibilidad es continuar la relación con Matt, asumiendo qué él está de acuerdo, y ver qué ocurre.

– ¿Cuáles son los pro y los contra de esa opción?

– Tiene de bueno que estaría con el hombre al que amo y de malo que en algún momento las cosas se van a complicar y acabaría con el corazón roto y con una situación laboral muy delicada, con todo lo que eso supone para mi desarrollo profesional.

Kate se estremeció.

– ¿La segunda alternativa? -preguntó.

– Tratar de mantenerme alejada de Matt todo lo que pueda y rezar para que mis sentimientos hacia él desaparezcan.

– No pretendo desanimarte, pero no creo haya plegaria que sirva para estas cosas. ¿Cuál es la tercera opción?

– Iniciar una conversación con el Adonis de la barra y esperar que resulte. Si consigue que me olvide de Matt aunque sólo sea por un minuto, estoy dispuesta a darle una oportunidad.

Acto seguido, se puso de pie.

– Deséame suerte, Kate… Allá voy.

Matt estaba sentado en su sofá favorito, vestido con su camiseta favorita y unos vaqueros viejos, con un vaso de cerveza en una mano y el mando a distancia en la otra. Llevaba varias horas haciendo lo imposible por no pensar en Jilly. Pero no podía evitarlo.

Miró el reloj y vio que casi eran las diez. Pensó que probablemente a esa hora ella estaría en algún restaurante romántico, sonriéndole a Brad, el dentista. O quizá, ya habían terminado de cenar y se habían marchado a otra parte. Tal vez, a la casa de Jilly.

Bebió un trago de cerveza y trató de borrar de su cabeza la imagen de otro hombre disfrutando de su compañía. Tocándola. Besándola. Haciendo el amor con ella.

Tener que compartir el día de trabajo con ella había sido una tortura insoportable. Desde que la había visto entrar en el cuarto de descanso por la mañana, había estado deseando acariciarla. De hecho, había tenido que hacer un enorme esfuerzo para poder trabajar. Pero hasta cuando conseguía concentrarse en alguna tarea, había una parte de él dedicada a atender todo lo que Jilly estaba haciendo.

Respiró hondo y movió la cabeza de lado a lado como si intentase librarse de su propia locura. Sin duda, tenía alguna tendencia masoquista porque insistía en relacionarse con sus compañeras de trabajo cuando sabía perfectamente que esas relaciones nunca acababan bien.

El mayor error que había cometido había sido presuponer que podría olvidar a Jilly con relativa facilidad. Por alguna extraña razón, se había convencido de que podría compartir un fin de semana de juegos y diversión sexual con ella y, de la noche a la mañana, actuar como si nada hubiera ocurrido. Ahora comprendía que no sólo había estado equivocado, sino que se había metido en un problema enorme. Un problema sin solución aparente.

Desde luego, no había contado con la posibilidad de sentirse de ese modo. Jamás había pensado que al separarse de Jilly se sentiría tan mal. Como si le hubieran arrancado el alma y el corazón.

Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se preguntó qué demonios le estaba pasando.

Su voz interior le dijo que el problema era que estaba enamorado de Jilly.

Matt abrió los ojos y se enderezó de golpe. Se dijo que podía tener tendencias masoquistas pero que, definitivamente, no estaba tan loco como para enamorarse de ella.

Sin embargo, la palabra «amor' seguía resonando en su mente y por mucho que intentara refutarla, no podía. Una vez más, había cometido el error de enamorarse de una mujer con la que trabajaba y las consecuencias de esa equivocación podían ser fatales. Si haber mantenido una aventura romántica con Jilly había sido una imprudencia, enamorarse de ella merecía la medalla de oro a la estupidez.

Soltó el mando a distancia y se llevó una mano a la cara. Estaba aterrorizado y trató de tranquilizarse pensando que tal vez no, fuera amor, sino un deseo tan intenso que lo hacía bordear la locura.

Pero nada lo convencía. Podía engañarse durante algunos segundos, pero de inmediato su corazón lo enfrentaba a la verdad. No era sólo deseo. Sabía cómo era la mera atracción física y, por muy intensa que fuera, no era comparable a lo que sentía por Jilly. No había duda, estaba perdidamente enamorado de ella. Había amado a Tricia, pero lo que había sentido por ella no se asemejaba en nada a los sentimientos y emociones que le inspiraba Jilly. Le gustaba y la deseaba, dentro y fuera de la cama, con una intensidad asombrosa. Sencillamente, Jilly era más importante que cualquier otra cosa.

De repente, comprendió que se sentía atraído por ella desde hacía mucho tiempo. Durante el año anterior, había disfrutado de las batallas verbales en la oficina y valorado la inteligencia con que planteaba sus campañas publicitarias. El tener que competir con ella lo había obligado a mejorar en su propio trabajo. Admiraba su profesionalidad, a pesar de la desconfianza que le tenía por culpa de la experiencia con Tricia.

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