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Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:

NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
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– ¿Una entrega? ¿Qué es?

– No lo sé. Es una caja.

– ¿No hay nadie que me la pueda traer?

– Lo siento, Jillian, pero las entregas sólo se hacen en recepción y además necesito que firmes el recibo. Es una cuestión de seguridad interna.

– Comprendo. Bajaré de inmediato.

Jilly pensó que tal vez Adam les había enviado papeles de trabajo o los borradores de contrato para el negocio con Jack. Escribió una nota rápida para explicárselo a Matt y salió de la habitación. Cuando llegó al mostrador de recepción, Maggie la saludo con una sonrisa.

– Tu paquete está en el despacho de atrás. Te lo traeré ahora mismo.

Maggie había desaparecido hacía diez minutos y Jilly comenzaba a impacientarse. No entendía por qué tardaba tanto y estaba ansiosa porque se suponía que Matt la esperaba en la habitación.

Se acercó al teléfono de la recepción y llamó a la habitación 312 pero nadie contestó. Le pareció raro porque, en teoría, Matt ya debía haber regresado. Miró hacia el restaurante y se le hizo un nudo en el estómago al pensar en la posibilidad de que todavía estuviera allí con Carol y Jack. Tal vez no hubiera encontrado la manera de librarse de ellos. Sin embargo, tuvo la desagradable sospecha de que quizá ni siquiera lo había intentado y que había aprovechado que ella no estaba para convencer a Jack de que aceptara su proyecto para ARC.

En aquel momento, Maggie carraspeó para llamarle la atención.

– Aquí tienes, Jillian. Lamento haberte hecho esperar tanto.

Jilly observó la enorme caja dorada que Maggie había depositado sobre el mostrador.

– ¿Qué es esto? -preguntó.

– Tu entrega -respondió Maggie, entre risas.

– Parece una caja de flores…

Acto seguido, Jilly tomó el paquete y admiró el delicado lazo de seda roja y verde.

– Es una caja de flores -confirmó Maggie y suspiró-. Creo que tienes un admirador.

La publicista trató de ignorar cómo se le aceleraba el corazón, pero falló por completo. Firmó el recibo, caminó hacia el final del mostrador y, lentamente, quitó la tapa de la caja.

Dentro había dos docenas de rosas blancas recostadas sobre un papel de seda rojo. En el centro del arreglo, había un tallo de muérdago. Jilly cerró los ojos, respiró hondo y se complació al sentir el perfume de las flores. Hacía años que ningún hombre le enviaba flores.

Abrió los ojos y descubrió un pequeño sobre en el fondo del paquete. Lo abrió y leyó el texto de la tarjeta en voz baja:

– He comprado rosas blancas para evocar algunas de las cosas que me recuerdan a ti: nieve y chocolate. Hagamos que nuestra última noche juntos sea inolvidable. Pensé que el muérdago podría servir. Te espero…

Jilly se llevó una mano a la boca y suspiró emocionada. Se sentía avergonzada por haber pensado que Matt se había quedado en él restaurante tratando de impresionar a Jack cuando lo que había pasado era que se había entretenido comprándole flores. Era un gesto romántico, dulce y considerado que la conmovía, asustaba y entristecía profundamente porque, como bien había dicho Matt en su carta, aquella era su última noche juntos.

Después de guardar la tarjeta en el sobre, cerró la caja y se dirigió al ascensor. No importaba lo que ocurriera al día siguiente, había llegado el momento de disfrutar de la noche compartida.

Mientras se acercaba a la habitación, respiró hondo y se esforzó por recobrar la tranquilidad. Sabía que su nerviosismo no era sólo una cuestión de anticipación. Si estaba temblando era porque, detrás de esa puerta, además de aguardarle una noche de sexo desenfrenado, se encontraba el hombre que le había robado el corazón.

Miró la caja de flores y asumió que Matt tenía un inmenso poder sobre ella. Era una sensación agradable y fastidiosa al mismo tiempo. No podía permitir que la relación entre ellos se convirtiera en algo más que un fin de semana de buen sexo compartido. Por otra parte, como le había mencionado a Kate, por mucho que le gustara, él no era su tipo. La semana siguiente, su amiga la ayudaría a encontrar un hombre que no fuese ni su compañero de trabajo, ni su rival, ni alguien que atentase contra su independencia. Se convenció de que en poco tiempo encontraría a alguien mejor que Matt.

Volvió a respirar hondo, abrió la puerta y, al entrar en la habitación, se quedó paralizada.

Matt estaba apoyado en el escritorio, con los tobillos cruzados de manera casual y los ojos cargados de deseo. Jilly se estremeció al verlo y tuvo que hacer un esfuerzo para poder seguir. Caminó lentamente hacia él, deseando encontrar algo que contribuyera a aliviar la tensión del momento. Se sentía más vulnerable e incómoda que nunca.

Respiró hondo y se obligó a sonreír.

– Alguien me ha enviado flores -murmuró-. La tarjeta no tenía firma, así que he pensado que tal vez podría tratarse del tipo de la habitación 311…

Se interrumpió al ver la cama. Tenía pétalos blancos desparramados sobre la manta verde. En la mesita de noche había una bandeja de plata llena de uvas, fresas y plátanos; dos copas de cristal y una botella de vino blanco dentro de un recipiente con hielo.

Antes de que pudiera decir nada, él se acercó a ella y dijo:

– Las flores son del tipo de la habitación 312.

– ¿Qué es todo esto? -preguntó Jilly, señalando la cama.

– El postre. Como no pudimos tomarlo en el restaurante, he ordenado que no los trajeran aquí. Pensé que te gustaría tomar algo en la cama.

Ella estaba fascinada con la idea. Sin embargo, no podía dejar de pensar en las consecuencias de la situación.

– Te has tomado muchas molestias -comentó.

– No me parece que sea una molestia ocuparme de que nuestra última noche sea memorable replicó Matt.

– Creo que lo habría sido de todas formas.

– Es verdad -dijo él y sonrió-. Pero me gusta cuidar los detalles.

Jilly lo sabía muy bien. De hecho, una de las cosas que más le preocupaban era que Matt siempre estuviera atento a los detalles. En parte, porque a veces se sentía invadida. Pero, sobre todo, porque adoraba que fuera tan romántico.

– ¿Cómo sabes que me gustará lo que has preparado? elijo, mirando hacia la bandeja de frutas.

– Porque sé lo que te gusta, Jilly -le susurró él al oído-. ¿Quieres que te lo demuestre?

Jilly no estaba segura de haber asentido o no porque el atrevimiento de la pregunta y el deseo que emanaba de Matt la habían dejado inmóvil. Sin duda había hecho algún gesto afirmativo porque él le quitó la caja de flores de las manos, la dejó en una silla y después la abrazó por la cintura, le desató el pelo y, antes de que ella pudiera decir algo, comenzó a besarla con desesperación. El calor y la avidez de la boca de Matt resultaban deliciosamente arrebatadores.

Jilly le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él. Sintió la presión del pene erecto contra su estómago y las manos que bajaban por la espalda para acariciarle el trasero. Evidentemente, Matt sabía lo que le gustaba.

En aquel momento, la mujer notó cómo le subía la falda. Cuando la tela le llegó a la altura de la pelvis, él interrumpió los besos y la miró. Ella le apoyó una mano en el pecho y pudo sentir que el corazón le latía a toda velocidad y que respiraba con un ritmo entrecortado. La hacía feliz saber que lo excitaba tanto.

Matt deslizó las manos por debajo de la chaqueta de Jilly y le tomó los pechos. Cerró los ojos durante unos segundos y luego la miró con intensidad.

– ¿Tienes una mínima idea de lo desesperado que me he sentido durante toda la cena? – preguntó-. Me desquiciaba pensar que no llevabas nada debajo de la falda y estabas al alcance de mi mano pero no podía tocarte.

Acto seguido, le levantó la prenda hasta la cintura y comenzó a acariciarle las nalgas con la yema de los dedos. Jilly estaba tan excitada, que ni siquiera podía responder.

– No podía pensar en otra cosa -continuó él-. Me moría por tocarte, lamerte, morderte…

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