Placer Y Trabajo
- Автор: D'alessandro. Jaquie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
Antes de que ella pudiera responder, él se acercó un poco más. Jilly sentía en peligro. Necesitaba conservar cierta distancia para no ceder a la tentación de tocarlo. Dio un paso atrás pero se topó con la encimera. Él siguió avanzando hasta dejar unos pocos centímetros entre ellos. Se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre la tabla, dejando a Jilly completamente atrapada. A ella se le aceleró el corazón y, aunque su cerebro le gritaba que huyera cuanto antes, sus pies se negaban a obedecer. Se sentía intimidada, pero no encontraba fuerzas para protestar. Además, no podía negar que la situación le resultaba muy excitante.
– Te prometo que tengo toda la intención de cumplir con nuestro acuerdo y olvidar cuanto antes lo que ha pasado entre nosotros -dijo Matt con voz firme-. Pero debo reconocer que va a costarme mucho más de lo que suponía. Me encantaría poder olvidarlo todo en un instante, pero no soy una máquina. Es mi problema y espero superarlo con el tiempo. Sin embargo, agradecería que por el momento confíes en mí cuando te digo que lo estoy intentado y haré lo imposible para no estropearlo.
Antes de continuar, la miró de arriba abajo.
– Créeme, si no me importara el trato que hemos hecho, te habrías enterado porque en lugar de darte la maldita leche, te habría besado -aseguró-. La verdad es que esta mañana me siento pésimo, ya que no he podido pegar un ojo en toda la noche porque no podía dejar de pensar en ti. Y no me hace ninguna gracia pensar los días, semanas o meses que puedo llegar a necesitar hasta poder estar en una habitación contigo sin sentir esto que siento. Dicho lo cual, quería invitarte a cenar esta noche.
Jilly se quedó inmóvil. Sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Estaba tan hipnotizada por la clara frustración con la que la miraba Matt, que ni siquiera recordaba por qué se había enfadado antes. Él estaba tan cargado de tensión, calor y deseo, que lo único que ella podía hacer para no arruinarlo todo era tratar de mantenerse quieta. Evidentemente, él estaba experimentando la misma angustia y frustración que ella. Sabía que no debía sentirse complacida por la confesión de Matt, pero era humana y no podía negar lo mucho que le gustaba ese hombre.
Respiró hondo y dio un paso a un lado. Él apartó los brazos y ella aprovechó para aumentar la distancia. En cuanto se sintió más segura, relajó la frente y dijo:
– Sí, esto es muy incómodo, pero sabíamos que iba a ser así. Y como tú has dicho, con el paso de los días, será cada vez más fácil. Sobre la invitación a cenar, me temo que tengo que rechazarla. No sólo porque violaría nuestro pacto, sino porque ya tengo una cita.
Se hizo un largo silencio entre ellos y Jilly tuvo que hacer un esfuerzo para poder sostenerle la mirada. Se moría de ganas de aclararle que no podía cenar con él porque había quedado en salir con Kate. Pero se contuvo y se convenció de que no era culpa suya si Matt su ponía que la cita era con otro hombre y de que, en cierta medida, era mejor que pensara eso. Por otra parte, el objetivo de la salida con su amiga era conocer a alguien más, de modo que las sospechas de Matt no serían tan erradas.
– No te preocupes -dijo él con sequedad-. Ni voy a insistir con mi invitación ni voy a preguntarte por tu cita. Entiendo cuáles son las reglas.
Sin decir una palabra más, Matt agarró su taza y su periódico y abandonó la cocina. Jilly se quedó mirando la puerta, se mordió el labio inferior y se dijo que era mejor así.
Sin embargo, se sentía más derrotada que nunca.
– ¿Qué te parece aquel rubio alto que está al final de la barra? -preguntó Kate-. ¿El que tiene un jersey azul celeste?
Jilly miró hacia el lugar que le señalaba su amiga y negó con la cabeza.
– No, prefiero a los de cabello oscuro.
– De acuerdo. ¿Qué tal entonces el tipo que está con él? Tiene el pelo casi negro y es muy guapo.
Jilly le echó un vistazo al hombre y comprobó que, ciertamente, tenía el pelo oscuro y era guapísimo. Pero no la emocionaba más que el teléfono público que tenía al lado.
– Lo veo y no me pasa nada.
Kate la miró con exasperación.
– Tal vez te pasaría algo si te levantaras de la silla y fueras a charlar con alguien -protestó-. ¿Cómo piensas encontrar a un hombre con quien salir si te pasas toda la noche hablando conmigo?
– Me gusta charlar contigo.
– Gracias, a mí también me gusta charlar contigo. Y apostaría a que, si le dieras una oportunidad al tío de la barra, también disfrutaría de hablar contigo.
Jilly se encogió de hombros.
– Tal vez más tarde me acerque a él -prometió-. Ahora prefiero que me sigas contando sobre tu fin de semana con Ben.
– De acuerdo -dijo Kate-. Pedimos comida china, decidimos la lista de invitados para la boda e hicimos el amor apasionadamente. ¿Qué tal el tipo de camisa blanca que está tomando un martini?
Jilly le echó un vistazo y comentó:
– Tiene el pelo demasiado largo y no me gustan los hombres con barba.
– Si ese es todo el problema, se puede afeitar y cortar el pelo.
– Ya sabes lo que dicen: nunca trates de cambiar a un hombre.
Kate se quedó mirándola durante varios segundos y Jilly hizo un infructuoso esfuerzo por mostrarse indiferente al escrutinio de su amiga.
– Ya comprendo -dijo la amiga.
– ¿Comprendes qué?
– Cual es el problema con todos estos hombres -puntualizó Kate-. Todos tienen el mismo problema.
– Desde luego, el problema es que yo no me siento atraída por ninguno.
– Exactamente. Y el motivo por el cual no te sientes atraída es porque ninguno de ellos es Matt Davidson.
Jilly quería refutar esa afirmación, pero era tan cierta, que no tenía sentido molestarse. Se llevó las manos a la cabeza y miró a su amiga con los ojos llenos de frustración.
– ¿Qué voy a hacer, Kate?
– Eso depende de lo fuertes que sean tus sentimientos hacia él.
– Muy fuertes. De verdad siento que él no es para mí.
Kate miró hacia el techo y suspiró con resignación.
– Me estoy refiriendo a tus sentimientos más profundos.
Jilly se sintió incómoda.
– No estoy segura…
– De acuerdo, puede que tú no estés segura, pero yo sí lo estoy. Jilly, sólo hay una clase de mujer capaz de mirar a esos hombres a cual más guapo y no ver nada que le resulte interesante.
La publicista frunció el ceño.
– Me conoces hace años, sabes que no soy lesbiana.
Kate no pudo contener las carcajadas.
– Claro que lo sé, tonta. Trato de decirte que estás enamorada.
Jilly se bebió el margarita de un trago.
– No, no lo estoy.
– Por supuesto que lo estás. ¡Reacciona, por favor! Hasta un ciego se daría cuenta de que estás loca por Matt. Lo sospechaba desde que hablamos por teléfono hace un par de días, pero cuando ni siquiera te molestaste en mirar a ese Adonis de pelo negro lo supe definitivamente.
– Tampoco te he visto mirar al supuesto Adonis con demasiado interés.
– Claro que no. ¿Y sabes por qué? Porque estoy enamorada de Ben -argumentó Kate con gesto triunfante-. A las pruebas me remito.
Jilly la miró con fastidio y se dijo que necesitaba encontrar alguna amiga que no fuese abogada. Sin embargo, sabía que Kate tenía razón y no podía dejar de pensar en lo que acababa de decir. No sólo se sentía irremediablemente atraída por Matt, sino que lo amaba. Amaba su sonrisa, su risa, su sentido del humor, su integridad y su ética laboral. Amaba el modo en que le importaba su familia y lo torpe que era para los deportes. Amaba el modo en que la tocaba, la besaba y le hacía el amor. De pronto, el malestar que sentía se transformó en un pánico devastador. Sin quererlo, gimió angustiada.
– ¿Qué te ocurre? -preguntó Kate.
– Estoy aterrorizada. ¡Maldita sea, no puedo enamorarme de él!
Los ojos de su amiga se llenaron de compasión.