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Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:

NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
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– Por supuesto.

– ¿Y las caricias?

– También.

Matt frunció el ceño y simuló estar molesto.

– ¿Puedo mirarte al menos? -preguntó.

– Desde luego, siempre y cuando no me mires de ese manera…

– ¿De qué manera?

Como si estuvieses a punto de darme un bocado.

– Es que tengo hambre, Jilly -exclamó él y le guiñó un ojo-. ¿Existe alguna posibilidad de que estés en el menú?

Ella se sonrojó como si fuese una jovencita inexperta. Era irracional, ridículo, tonto e inexplicable, pero Matt la hacía sentirse así; bastaba que le guiñara un ojo para que se sintiera en las nubes. Necesitaban salir de la habitación cuanto antes porque no sabía cuánto podría resistirse a la tentación de desnudarlo y hacerle el amor alocadamente.

De modo que agarró el bolso y se encaminó hacia la puerta.

– Estoy en el menú de los postres. Pero tienes que ser un buen chico. Recuerda, no habrá postre hasta que la cena se haya terminado.

El viaje en ascensor fue una tortuosa prueba de voluntad. Se mantuvieron alejados y en silencio hasta que, finalmente, Matt carraspeó y dijo:

– Quiero que sepas que aunque me muera de ganas de desnudarte, comprendo que es una cena de negocios y me comportaré como corresponde.

– Genial, porque resulta que yo también quiero desnudarte, pero dado que tenemos una cena de negocios, sabré comportarme como corresponde.

Acto seguido, él se acercó y la miró a los ojos. A pesar de que no la estaba tocando, Jilly se sentía abrasada por el calor que emanaba el cuerpo de Matt.

– Pero, después de la cena, preciosa -susurró él con la voz cargada de deseo-, haré contigo lo que me apetezca.

Ella lo odió por hacerle eso. No era justo que se acercara tanto y le hablara de ese modo cuando estaban a punto de sentarse a cenar. Ahora estaba acalorada y distraída. Sin embargo, no estaba dispuesta a dejar las cosas así.

El ascensor se detuvo y Matt se alejó de ella. Atravesaron el vestíbulo del hotel en silencio y entraron en el restaurante. Mientras el camarero los acompañaba hasta la mesa, Jilly se acercó a él y le habló al oído.

– ¿Matt?

– ¿Sí?

– No llevo ropa interior.

Capitulo 10

Matt se detuvo de golpe, como si se hubiera topado con un muro de ladrillos, y mientras veía a Jilly caminar detrás del camarero, no podía quitarse de la cabeza que acababa de decirle que no llevaba ropa interior.

Sin pensar, centró la mirada en el trasero de su compañera. La visión de aquellas curvas era tan arrebatadora, que sintió que, si no cerraba rápidamente los ojos, se iba a derretir en medio del salón.

Estaba tan embelesado, que tuvo que hacer un esfuerzo para seguir caminando. Entretanto, se rió por haber creído que podía tener la última palabra. No sólo había olvidado a quién se enfrentaba, sino que ella le había asestado uno de sus mejores golpes. Lo había dejado sin habla y completamente fuera de juego.

Decidió que lo mejor era dejar de lado esos pensamientos y apartar los ojos del trasero de Jilly. De modo que apuró el paso para alcanzarla y centró su atención en la mesa de la esquina, donde Jack los esperaba sentado frente a una mujer rubia. Matt supuso que se trataba de la nueva amante de su cliente. Aunque le parecía un desatino que la hubiera incluido en su cena de negocios, no podía hacer nada al respecto. Además, quizá fuera mejor así. Cuanta más gente hubiese y más variada fuese la conversación, menos pensaría en la posibilidad de que, en efecto, Jilly no llevara ropa interior.

Cuando por fin llegaron a la mesa, Jack se levantó para saludarlos y presentarles a su nueva amiga, Carol Webber. Era una rubia muy atractiva que apenas superaría los treinta años. Una vez que Jilly y Matt se sentaron, Jack preguntó:

– ¿Qué han hecho durante el día?

– Hemos ido de compras y hemos visitado una bodega -dijo Jilly, con una sonrisa.

– Veo que no se han matado mutuamente -bromeó el cliente-. Eso es toda una hazaña para dos competidores.

– Estuvimos a punto de hacerlo un par de veces -contestó Jilly-, pero gracias a mi limpieza de cutis y al masaje de Matt de esta tarde, hemos conseguido aplacar los ánimos.

– Estoy maravillada con el salón de belleza de este hotel -comentó Carol-. Ayer me hice una limpieza de cutis y todavía me siento fresca y relajada.

– Yo también me siento fresca y relajada – afirmó la publicista.

Jilly estaba mirando a Carol. Su tono de voz era muy natural, aunque Matt sabía que él era el verdadero destinatario de esas palabras. Sin embargo, él no estaba relajado. Bien por el contrario, estaba tenso, incómodo y molesto. No quería quedar como un tonto delante del hombre al que pretendía venderle una campaña publicitaria, pero no se le ocurría nada interesante que decir porque no conseguía dejar de pensar en el cuerpo de Jilly. Desde que era adolescente no se sentía tan vulnerable frente a una mujer. Y no sólo se trataba de su nulidad mental. El mayor problema era que su pene estaba absolutamente descontrolado.

Era algo que le venía ocurriendo desde el viernes, cerca de las tres de la madrugada, cuando vio a Jilly a desnuda por primera vez.

Estaba desesperado, tenía que encontrar el modo de borrarla de su mente, al menos durante la cena. Respiró hondo y se esforzó por participar de la charla.

– ¿Habéis disfrutado del viaje a Orient Point? -atinó a decir.

Acto seguido, Jack y Carol iniciaron un prolongado relato de su día y Matt se sintió aliviado al ver que su plan había funcionado y que, al menos de momento, la charla no le demandaba más que asentir y hacer algún comentario sin importancia. La conversación giró hacia la comida, los cuatro decidieron elegir sus platos. Entonces Matt comenzó a relajarse.

Después de que el camarero les tomara la orden, se volvió hacia Carol y le preguntó:

– ¿A qué te dedicas?

– Soy enfermera -respondió ella-. Jack me ha dicho que vosotros trabajáis en publicidad y que, actualmente, estáis compitiendo por la nueva campaña de su empresa. Imagino que será una situación complicada.

– Definitivamente -confirmó él.

– Ambos sois muy creativos -dijo Carol, con una sonrisa-. Jack me ha contado vuestras propuestas y las dos me han parecido brillantes. No quisiera estar en su lugar porque yo sería incapaz de optar por una.

Matt miró a Jilly de reojo y se tranquilizó al verle la expresión. Algo había cambiado entre ellos y, aunque no alcanzaba a definir de qué se trataba, sabía que ambos habían abandonado el enfrentamiento profesional. De hecho, debería haber aprovechado el comentario de Carol para subrayar los motivos por los que Jack debía elegir su propuesta y, sin embargo, se limitó a sonreír sin decir una palabra.

– Ya que hablamos de elecciones -intervino Jack-, necesito elegir entre darme un baño con fango o con algas marinas por la mañana, antes de regresar a la ciudad. ¿Alguno sabe algo del tema para aconsejarme al respecto?

La conversación comenzó a girar en torno a temas que no tenían que ver con el trabajo y Matt tuvo que hacer un esfuerzo de concentración para poder participar. Lo estaba haciendo muy bien hasta que, de pronto, sintió que algo le rozaba la entrepierna. Como la mesa era bastante pequeña, se limitó a mover la pierna con sutileza mientras seguía escuchando lo que contaba Carol sobre un crucero al Caribe que había hecho el año anterior. Pero segundos más tarde, volvió a sentir el roce y está vez tuvo la certeza de que se trataba de un pie descalzo subiendo por su pantorrilla.

Se quedó paralizado y, por la impresión, casi escupió el pedazo de pollo que tenía en la boca. Miró a Jilly con los ojos desorbitados y vio que era la inocencia personificada. Estaba ligeramente sonrojada aunque el rubor podía deberse a que las anécdotas de Carol estaban cargadas de detalles íntimos que incomodarían a cualquiera.

Matt intentó mover la pierna de nuevo, pero no tenía mucho espacio para maniobrar y ella era demasiado persistente con sus caricias.

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