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Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:

NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
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– ¿Te he dicho lo bien que sabes? -preguntó.

– No al menos en las últimas horas -contestó ella.

Él la acarició detrás de la oreja y respiró hondo.

– ¿O lo increíblemente bien que hueles? – insistió Matt-. ¿O lo suave que es tu piel?

Cuando él le acarició el pubis, ella gimió complacida, separó las piernas y se frotó las nalgas contra el miembro erecto. Entre jadeos, Matt le introdujo dos dedos en el sexo y añadió:

– ¿O lo húmeda, suave y cálida que eres?

El contacto de aquellas nalgas firmes y redondeadas apretándose contra su pene lo hacía temblar. A pesar de las protestas de Jilly,

Matt le quitó la mano del pubis y se estiró para buscar un preservativo en el cajón de la mesita de noche. Se lo puso a toda velocidad y volvió a su amante. Se acomodó por detrás y entró en ella. Le hizo el amor sin prisas y saboreó cada movimiento, cada suspiro y la soberbia sensación de tenerla pegada a él. El orgasmo de Jilly lo sacudió como un rayo. Un segundo después, la aferró por los muslos, dejó caer la cabeza hacia delante y alcanzó el éxtasis. En cuanto dejó de temblar, comprendió que acababan de hacer el amor por última vez.

Matt salió de la ducha una hora y media después y se lamentó de que Jilly no se hubiera reunido con él. Sabía que había sido una esperanza vana porque, de hecho, ella ya se había duchado. Sin embargo, no podía evitar sentirse contrariado al comprobar que la aventura había terminado.

Se obligó a apartar los pensamientos dolorosos, se afeitó deprisa y mientras guardaba el cepillo de dientes y la maquinilla, notó que las cosas de Jilly ya no estaban sobre la encimera del lavabo. Abrió la puerta del baño y se quedó paralizado en el lugar. Cuando la vio vestida con unos vaqueros, con un jersey negro, botas militares y el pelo recogido, sintió que era la mujer más sexy del universo y que lo único que él deseaba en ese momento era desnudarla y amarla una vez más. Estaba parada en medio de la habitación, con la maleta, el ordenador portátil y la caja de flores que él le había regalado a su lado.

– Estoy lista para irme -dijo ella.

Matt tuvo que hacer un esfuerzo para poder hablar.

– Está bien. Sólo necesito cinco minutos para…

– He pedido un taxi para que me lleve a la estación. El próximo tren sale dentro de veinte minutos.

Él se llevó una mano a la cabeza y se quedó parado, apenas cubierto por una toalla y absolutamente aturdido. Quería decir muchas cosas, pero no sabía cómo expresarlas con claridad. Lo aterraba decir algo que no fuera suficiente, o mencionar otra cosa y que fuera demasiado.

Quería llevarte a tu casa, Jilly -dijo, finalmente-. De hecho, había planeado o, al menos, esperado, que regresáramos juntos.

– Gracias, pero ya me las he arreglado por mi cuenta.

Si bien no dijo que no necesitaba o no quería que se ocupara de ella, fue como si lo hubiera hecho. Matt se sentía tan frustrado que tuvo que controlarse para no gritar.

– Creo que es mejor así -agregó ella.

Racionalmente, él sabía que Jilly tenía razón. Un adiós rápido en el hotel facilitaría la despedida. Sin embargo, por mucho que lo comprendiera no dejaba de sentirse mal.

– Ha sido un fin de semana maravilloso – dijo ella.

– Sí.

En los labios de Jilly se insinuó una ligera sonrisa. Matt la miró y pensó que jamás conseguiría olvidar cómo sabía aquella boca.

– Supongo que mañana nos veremos en la oficina -comentó ella.

– Mañana, sí…

Jilly vaciló algunos segundos y él se puso tenso, ansioso por saber si diría algo más. Pero tal como suponía, ella sólo podía decir una cosa.

– Adiós, Matt.

Era todo lo que cabía decir en esa situación y ella lo había dicho. Acto seguido, Jilly se agachó para recoger su equipaje, luego se acercó a él y lo besó tímidamente en la boca. Matt respiró hondo para quedarse con el recuerdo de su perfume y la observó abrir la puerta y salir de la habitación. Se quedó parado allí, solo, con el recuerdo de tres días increíbles y un profundo dolor en el corazón.

El martes por la mañana, Jilly entró en las oficinas de Maxximum con su actitud profesional como arma de defensa. Peinada con su clásico moño, vestida con un traje negro y con las gafas de sol puestas, se sentía capaz de afrontar cualquier situación. Incluyendo su encuentro con Matt Davidson.

No podía negar que el corazón le latía a toda velocidad, pero se dijo que era porque había tenido que correr hasta el ascensor. También era cierto que tenía los nervios alterados, pero eso se debía a que había cometido el error de tomar un café doble con el estómago vacío. En cuanto comiera algo se sentiría mejor. Fue hasta su escritorio, colgó el maletín en el respaldo de la silla, encendió el ordenador y después se dirigió al cuarto de descanso para calentar la tarta de fresas que había comprado en la tienda de la esquina. Cuando entró, se detuvo de golpe como si acabara de toparse con un muro.

Matt estaba apoyado en la encimera, tomando un café y leyendo el periódico. Levantó la vista y se quedó paralizado. Se miraron en silencio durante un par de minutos. Cientos de imágenes se agolparon en la mente de Jilly. Matt sonriéndole, riendo con ella, besándola, tocándola, haciéndole el amor.

Se aferró al plato, trató de borrar las imágenes de su cabeza y se obligó a avanzar con una sonrisa, esperando que no se notara lo tensa que estaba.

– Buenos días -dijo ella.

– Buenos días -contestó él y señaló hacia la cafetera-. Está recién hecho, ¿por qué no te sirves un poco?

– Genial.

Jilly se concentró en desenvolver la tarta. Mientras tanto, pretendía no haber notado lo bien que le sentaba a Matt el traje gris que llevaba puesto. Sobre todo, porque sabía qué era lo que había debajo de esa ropa.

– Me pregunto si Jack Witherspoon se habrá puesto en contacto con Adam -comentó él.

– No lo sé. Pero si no es hoy, con seguridad lo hará durante la semana. Jack quiere empezar a trabajar en la campaña lo antes posible.

Por el rabillo del ojo, Jilly vio que Matt iba hasta el frigorífico. Después, se acercó a ella y dejó la botella de leche cerca de su taza.

– ¿Para qué es eso? -preguntó la mujer.

– Para tu café.

Cuando se miraron a los ojos, Jilly se sintió tensa y relajada al mismo tiempo. Luego enarcó una ceja y dijo:

– Antes nunca me habías traído la leche para el café.

– Antes no sabía que le ponías leche…

El comentario bastó para poner en evidencia que la intimidad que habían compartido había alterado su rutina por completo. Un detalle tan insignificante como el del café con leche les señalaba el nivel de complicidad que había entre ellos.

Jilly tragó saliva y se preguntó cómo haría para soportar el trabajo diario junto a Matt si ni siquiera podía manejar un simple encuentro en la cocina.

Tenía que encontrar el modo de recuperar el control de la situación. Debía olvidar los momentos que habían compartido durante el fin de semana y convencerse de que la botella de leche era tan sólo una cortesía por su parte, que no tenía ningún significado oculto y que, en todo caso, lo único que probaba era que Matt siempre quería estar en todo.

Trató de borrar cualquier emoción de su rostro y se obligó a sostenerle la mirada.

– Gracias, pero soy perfectamente capaz de buscarme mi propia leche -afirmó.

– Y yo soy perfectamente consciente de eso.

– Imagino que respetaras nuestro pacto y que volveremos a la relación de siempre…

– Por supuesto -dijo él y arqueó una ceja-. Salvo que hayas cambiado de opinión.

– No, en absoluto -ratificó Jilly-. Sólo sentí que necesitaba recordarte cuál había sido el acuerdo.

– ¿Lo dices porque te he traído la leche para el café?

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