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Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:

NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
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Las tácticas de Jilly le provocaban una mezcla de irritación y deseo. Claramente, ella había roto el acuerdo de mantener las distancias durante la cena y, aunque no podía negar que disfrutaba de sus atenciones, le molestaba que le jugara sucio.

Trató de reprenderla con la mirada, pero ella seguía atenta al relato de Carol. Movió la pierna una vez más, pero no consiguió librarse del acoso que, para entonces, ya estaba bordeándole los muslos.

Cada segundo que pasaba, se sentía más enfadado. Si Jilly quería hacer trampa, él también lo haría.

De repente, ella empujó la silla hacia atrás y se puso de pie. Le lanzó una mirada fulminante a su compañero y murmuró:

– Vais a tener que disculparme, pero necesito y al cuarto de baño.

Matt contó mentalmente hasta diez y se levantó del asiento.

– Perdón, pero también necesito ir al servicio -dijo.

Acto seguido, caminó despacio hacia el pasillo por el que había salido Jilly, dobló hacia la derecha y encontró los cuartos de baño. Ella estaba parada en una de las puertas, con las manos en la cintura y el ceño fruncido.

– ¿Qué demonios estabas haciendo? -dijo, visiblemente irritada.

Él la miró sorprendido.

– ¿Yo? -exclamó.

– Sí, tú. Habíamos acordado que esta era una cena de negocios…

– Creo que has sido tú la que olvidó el trato, señorita «no llevo ropa interior».

– Si dije eso fue para vengarme de lo que me habías hecho en el ascensor.

Matt la recorrió con la mirada.

– ¿Eso quiere decir que sí llevas ropa interior? -preguntó, ansioso.

Ella se cruzó de brazos con cara de pocos amigos.

– Esa no es la cuestión ahora…

– No, no lo es -repitió él y se acercó un poco más-. La cuestión es que has quebrantado las reglas. Estoy dispuesto a jugar con tus condiciones, pero la próxima vez que las cambies, agradecería que me avisaras antes.

– No eres el más indicado para decir eso – gruñó Jilly-. ¿Qué te ocurre? ¿Estás enfadado porque me negué a seguir los jueguecitos de tus pies?

– ¿Que te negaste a qué…? Por Dios, poco más y me violas con el pie -replicó Matt, frunciendo el ceño-. ¿Y qué quieres decir con eso de mis jueguecitos?

– ¿Qué quieres decir tú con eso de que por poco te violo con el pie? Yo no te he tocado en ningún momento.

– Yo tampoco te he tocado.

De pronto, Jilly lo miró con los ojos muy abiertos.

– Espera un momento. ¿Me estás diciendo que no eras tú el que me acariciaba bajo la mesa?

– Claro. ¿Y tú me estás diciendo que no eras quien me estaba frotando el pie en la entrepierna?

Ella se llevó una mano a la boca.

– Juro que no era yo -declaró.

Se miraron en silencio durante varios segundos y entonces Jilly dijo:

– Estoy segura de que el pie que me acariciaba era de un hombre. Si no era el tuyo, entonces era el de Jack.

– Y yo sé que en mi caso se trataba de un pie femenino, así que tuvo que haber sido Carol. Perdóname por haber desconfiado de ti.

– Disculpa aceptada. Perdóname tú también. Supongo que lo que resta es averiguar si han intentado coquetear con nosotros o intentaban hacerlo entre ellos y se confundieron.

A Matt le temblaba la mandíbula.

– Ese bastardo -maldijo-. Será mejor que no haya intentado propasarse contigo porque te prometo que, si es así, le romperé la cara a puñetazos.

– Tranquilízate. Conozco a Jack y sé que no es la persona más encantadora del mundo, pero, ¿por qué haría algo así teniendo a su chica enfrente?

– Tienes razón -concedió él.

Sin embargo, Matt distaba de estar tranquilo. Lo fastidiaba pensar que Jack la había tocado y más, cuando recordaba que Jilly había dicho que no llevaba ropa interior.

– ¿Cómo de íntimas han sido sus caricias? -preguntó, furioso.

– Me levanté cuando llegó a la rodilla – afirmó ella-. Esto no es menos incómodo para ti. Después de todo, la amante del hombre al que tratas de impresionar podría estar tratando de seducirte.

– Definitivamente, es una situación muy incómoda -admitió Matt.

– Tal vez creyeran que se estaban tocando entre ellos.

– No lo sé. Mientras estaba hablando con Carol noté que Jack te miraba con demasiado interés.

– Me temo que estás en lo cierto. Me ha hecho un par de comentarios bastante improcedentes.

– ¿Y tú que has hecho?

Jilly se encogió de hombros.

– He hecho lo que siempre hago en estas situaciones. Sonrío con frialdad y cambio de tema. Ya te he dicho que ni coqueteo con los clientes ni tolero que ellos lo hagan conmigo -afirmó ella, con naturalidad-. Entonces, ¿cómo vamos a manejar este problema?

– Personalmente, creo que lo mejor es que demos por terminada la cena. Si estaban tratando de coquetear entre ellos, es hora de dejarlos solos. Y si, en cambio, intentaban coquetear con nosotros, conviene que nos vayamos cuanto antes.

– De acuerdo. Sólo tratemos de que nuestra huída no sea muy obvia. ¿Qué te parece si digo que me duele la cabeza y me voy, y a los diez minutos te marchas tú?

– Me parece una buena idea.

Después, Jilly se adelantó con la clara intención de volver a la mesa pero él la tomó de un brazo y la frenó. Ella lo miró con tanta indiferencia, que Matt tuvo la espantosa sensación de que estaba a punto de perderla.

Como él permaneció en silencio, ella enarcó las cejas y preguntó:

– ¿Ocurre algo, Matt?

Él no podía responder con la verdad a esa pregunta. No podía decirle que lo que ocurría era que esa expresión desdeñosa le hacía daño y que quería que volviera a mirarlo con pasión.

De modo que respiró hondo y pensó una respuesta apropiada.

– Sí. Quiero que sepas que sé muy bien que no coqueteas con los clientes y, si en algún momento dije algo que sugiriera otra cosa, te pido disculpas.

Antes de continuar, se acercó a ella, le olió el perfume y le acarició el cuello y los hombros.

– Además, quiero que sepas que, si Carol estaba intentando seducirme, no estoy interesado en ella.

– No es asunto mío -señaló Jilly-, pero creo que sería una locura que te arriesgaras con Jack sentado en el medio.

– Jack no tiene nada que ver con el hecho de que Carol no me interese.

A ella le brillaron los ojos y Matt respiró aliviado. Al menos había conseguido que dejara de mirarlo con frialdad.

– ¿Algo más? -consultó Jilly.

– Sí. Cuando regreses a la habitación, no te desvistas. Quiero descubrir si llevas ropa interior o no.

Jilly cerró la puerta de la habitación con un golpe de caderas, dejó el bolso en el vestidor y caminó hacia la ventana. Antes de que llegara Matt, necesitaba tomarse algunos minutos y pensar con tranquilidad.

Se dijo que no importaba que Carol supiera con quién estaba coqueteando, ni tampoco que Matt respondiera a sus juegos de seducción. Era atractivo, soltero y podía hacer lo que le diera la gana sin que ella tuviera derecho a decirle nada.

Pero por mucho que lo comprendiera, Jilly no podía negar el inmenso alivio que le provocaba que Matt no encontrara atractiva a Carol y, menos aún, los celos que había sentido al enterarse de que otra mujer lo había tocado.

– Jillian, será mejor que te enfrentes a la realidad -se reprendió, en voz baja-. A partir de mañana, lo que Matt haga o deje de hacer, dejará de ser asunto tuyo.

Le dolía el pecho de sólo pensarlo.

– De acuerdo -susurró-. Pero esta noche es mío y pienso aprovecharla al máximo.

En aquel momento, sonó el teléfono de la habitación. Jilly levantó el auricular y dijo:

– ¿Dígame?

– ¿Hablo con Jillian Taylor? -preguntó una voz femenina al otro lado de la línea.

– Sí.

– Habla Maggie de la recepción del hotel. Tengo una entrega para ti, ¿podrías bajar al buscarla?

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