Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Una vez presentados los papeles, me fui a Milwaukee, donde conocí a sus dos hijos, John y Joseph. Ambos eran abogados. Balistrieri dijo que le complacería que sus hijos entraran como fuera en el negocio. Puntualizó que Joseph había colaborado con él en la gestión de unos cuantos cafés teatro, que era experto en el tema del espectáculo y podía encargarse de este apartado en el Stardust. No quise comprometerme. Repetí que podíamos discutirlo en cuanto se hubiera cerrado el trato.
Al llegar a casa, llamé a Jerry Soloway. Trabajaba como abogado con Jenner y Block, un bufete con el que yo había tenido tratos. Le pedí que me investigara a un tal Frank Balistrieri. Le conté lo que yo sabía y colgué. Tenía que acudir al despacho del Control del Juego. Shanon Bybee, uno de los de la junta, había dejado caer que tenía una «sensación extraña» en cuanto a mi compra de una de las principales empresas del Estado, teniendo en cuenta que no llevaba allí más de un año, y me preguntó si sería tan amable de pasar la prueba del detector de mentiras. Mi abogado repuso que era algo injustificado e innecesario; Bybee estuvo de acuerdo con él, pero añadió que dormiría más tranquilo sabiendo que yo estaba limpio. Yo era consciente de que lo estaba y acabé aceptando aquella prueba de dos horas que se utiliza en casos de crimen capital, y para mí fue coser y cantar. El resultado convenció a Bybee y me concedió la licencia imprescindible para efectuar la compra.
Dos días después de pasar por la máquina de la verdad recibí una llamada urgente de Jerry Soloway. Parecía estar histérico. Me hizo repetir el nombre de Frank Balistrieri. Le confirmé que aquel era el nombre. «¿Qué haces con él?» exclamó.
Le conté que había cenado con él. Que me había venido a ver al Hacienda. Que había estado en unos cuantos restaurantes con él. Que había ido a su casa, conocido a sus hijos, que había acudido al bufete de ellos.
Soloway salió de sus casillas. Dijo que nadie tenía que verme con Balistrieri. Dijo que el FBI lo tenía fichado como el jefe de la mafia de Milwaukee. Que si alguien me veía hablando con un personaje tan importante en el mundo del hampa mi licencia de juego corría peligro.
Respondí a Jerry que allí tenía que haber algún error. Yo había conocido a Balistrieri en las oficinas de la caja de pensiones del Sindicato. Precisamente él venía de comer con Frank Ranney, uno de los síndicos.
Dijo que le daba igual donde hubiera conocido a Balistrieri, que aquel hombre era el jefe del hampa de Milwaukee.
Aquella noche apenas pude conciliar el sueño. No podía quitarme de la cabeza qué habría ocurrido de haber hablado con Jerry antes de pasar la prueba del detector de mentiras. Luego recordé que había estado hablando con Balistrieri por teléfono casi todos los días, comentando el curso del crédito. Me habían visto con él también por todas partes.
Por otro lado, poco podía hacer ya. ¿Qué iba a decirle, ya sé que eres el jefe de la mafia de Milwaukee, o sea que no me ayudes a conseguir el crédito? Sentía una inmensa desconfianza, pero tenía la sensación de poderlo controlar todo.
La siguiente vez que contactó conmigo por teléfono, noté que se sentía feliz. Dijo que había conseguido la aprobación de la comisión ejecutiva para el crédito de compra fijado en 62,7 millones de dólares, pero que Ranney le había comentado que existía discusión en cuanto a la segunda parte del préstamo de 65 millones de dólares. Bill Presser, el síndico de Cleveland, se oponía a la segunda parte. Nosotros necesitábamos la suma adicional para restaurar y ampliar el Stardust.
Balistrieri dijo que quería reunirse conmigo en Chicago para tratar del tema de la segunda parte del crédito. Me aterrorizaba pensar que pudieran verme con él. Pero quería que la solicitud siguiera su camino. Me citó en el hotel Hyatt, cerca del aeropuerto O'Hare. Allí acudí. Entré en su habitación y me dijo que la comisión ejecutiva estaba estudiando la segunda parte del crédito: el primer plazo de veinte millones de dólares para empezar la renovación. El resto se concedería un poco más tarde, y habría que utilizarlo para ampliar el Stardust y construir una lujosa torre para los huéspedes. Todo aquello se había estudiado minuciosamente y se había llegado a un acuerdo, pues la propiedad necesitaba unas obras importantes para poder competir en el mercado.
Según él, Bill Presser seguía oponiéndose a ello, y quedaban tan sólo dos semanas para la aprobación de todo el montante. Ahora me doy cuenta de que él estaba presionando.
Luego me recordó que le había prometido que sus hijos tendrían cargos en la nueva empresa, a lo que respondí que todo se solucionaría en cuanto hubiéramos conseguido el crédito. Balistrieri me planteó entonces ir con él a Milwaukee a ver a sus hijos.
Me mostré de acuerdo. Al día siguiente nos encontramos en el bufete de sus hijos y Balistrieri dijo que le gustaría formalizar algo. Abandonó la sala, y sus hijos, Joe y John hablaron de un acuerdo, mejor dicho, de una opción de acuerdo, según la cual, por veinticinco o treinta mil dólares, no recuerdo la cantidad exacta, ellos tendrían derecho a comprar el cincuenta por ciento de la nueva empresa en caso de que yo decidiera en algún momento vender.
– Sin eso -dijo uno de los abogados- se rechazará la operación.
Planteé si podíamos discutirlo más tarde, después de cerrarse el trato.
Respondieron que no.
Yo había declarado ya bajo juramento al Departamento de Control del Juego que no tenía ningún socio. Sabía que los Balistrieri jamás conseguirían la licencia.
Les dije que lo haría con mucho gusto, pero que había firmado ante el Estado que no disponía de socios. Sugirieron que fechara con posterioridad la opción.
Les pregunté si consideraban que podían conseguir la licencia y ambos respondieron que aquello no representaba ningún problema para ellos. Tenía la impresión de que aquella gente vivía en un mundo de fantasía. Parecía que no sabían quiénes eran ni qué lastre llevaban. O tal vez sabían que yo estaba al corriente de todo y estaban montando un espectáculo absurdo. Me sentía como Alicia en el país de las maravillas.
Les dije que firmaría con la condición de que me prometieran que no utilizarían la opción. Estuvieron de acuerdo.
Aquella noche cambié de opinión. Llamé a Joe y le dije que no podía aceptar la opción de acuerdo. Que si el Departamento de Control lo descubría, ponía en peligro toda la operación. Lo perdía todo.
Añadí que si el trato dependía de la opción, sintiéndolo mucho, tendría que retirarme del trato. Dije que respetaba a su padre y le agradecía lo que había hecho por mí, pero que no me podía jugar todo lo que tenía, incluyendo el Hacienda. También le dije que podían seguir como abogados míos -finalmente quedaron como asesores cobrando cinco mil dólares al año-, pero que la opción podía destruirlo todo.
Al cabo de unos minutos me llamó él.
– Va a llamarte mi padre y te dirá que es el «tío John» -me dijo-. Quiere hablar contigo.
¡El tío John! Nunca había utilizado conmigo un nombre en clave. ¿Por qué lo hacía? No tenía ni idea y tampoco podía mostrarme sorprendido, pues no quería que supieran que yo estaba al corriente de quienes eran ellos.
Llamó Balistrieri, se identificó como el tío John, y me dijo:
– No puedes echarte atrás.
– Por supuesto, tal como están las cosas -respondí.
– ¿Estás seguro de ello? -preguntó.
– Sí, y tendré que atenerme a las consecuencias.