Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
En 1970, Spilotro aparecía todos los días en los periódicos. Hacía muecas y burla a las cámaras al entrar y salir de las vistas del Comité contra la Delincuencia. Incluso insistía en demandar a la policía y al fisco por los 12.000 dólares que le habían confiscado en un registro. La policía afirmó que el dinero procedía de una operación de juego y el fisco se quedó la suma como derecho de retención contra posibles irregularidades en el pago de impuestos.
Spilotro perdió el proceso; y para colmo de males, la ley permitió a los agentes federales acceder a su historial de Hacienda. En poco tiempo consiguieron acusar a Spilotro por una solicitud de crédito hipotecario para su vivienda cuando afirmaba trabajar para una empresa de cementos. Los agentes del fisco demostraron que había declarado que sus únicos ingresos durante el año, 9.000 dólares, eran fruto exclusivo de ganancias obtenidas con el juego. No constaba ingreso alguno procedente de una empresa de cementos.
– Tony no podía salir a la calle sin tener una sombra detrás -dijo Cullotta-. La poli estaba al acecho. Muchos de su banda, incluyéndome a mí, teníamos ya un pie en la cárcel, lo mismo que él, a menos que abandonara la ciudad. En mi fiesta de despedida -me habían condenado a seis años por una serie de atracos, robos y asaltos-, Tony dijo que él, Nancy y el crío se iban de vacaciones al oeste. Comentó que tal vez se instalaría en Las Vegas y que yo podía ir a verle en cuanto me soltaran. Me quedé con la idea y me fui a pasar los seis años a la sombra.
Durante la primavera de 1971, la época en que Frank Rosenthal se planteó trabajar en el Stardust, Tony Spilotro alquiló un piso en Las Vegas, y, el seis de mayo de 1971, un camión de mudanzas de Transworld Van Lines, con el correspondiente personal, aparcó frente a la casa de Spilotro en Oak Park y se dispuso a cargar el vehículo con todas sus pertenencias. Unos minutos después, dos coches con inspectores de Hacienda aparcaron en la calle y empezaron a tomar nota de todo lo que iba saliendo de la casa.
Spilotro sospechó en seguida que, en cuanto hubieran cargado el camión con las propiedades familiares, los inspectores iban a retener el camión como garantía de embargo. Así pues, ordenó a los de Transworld Van Lines descargar el camión y colocar de nuevo en la casa todo su contenido. Seguidamente llamó a su abogado y presentó una demanda contra Hacienda; las autoridades federales le habían acosado hasta hacerle abandonar la ciudad, según él, y ahora le negaban el «derecho constitucional de viajar e instalarse en cualquier estado de los EE.UU.».
Al cabo de una semana, la acusación cedió y la compañía Transworld Van Lines empaquetó de nuevo y cargó los tres mil quinientos kilos de material perteneciente a Spilotro, entre el que se incluían nueve barriles con platos, nueve cajas de cartón con ropa, cuarenta y cinco cajas con utensilios domésticos, una cuna, cuatro mesitas de noche, una mesa de comedor con seis sillas, tres aparatos de televisión, una máquina de coser, un reloj de pared, tres cómodas, un sofá, un canapé, seis espejos, seis sillas sueltas, cuatro mesas y el mobiliario de jardín. Según la nota del cargamento, el material estaba valorado en 9900 dólares, y la mayor parte de éste estaba rayado o astillado.
En la cabecera de la factura del transporte -donde ponía «Contacto de recepción, persona responsable del pago»-, los Spilotro escribieron: Frank o Jerry Rosenthal.
Según Frank Rosenthaclass="underline"
Tony llegó a Las Vegas de visita con Nancy. Para unas vacaciones. Aquello fue justo antes de decidir trasladarse aquí.
– Vamos a dar una vuelta -dijo.
Salimos en coche de la ciudad, nos fuimos hacia el desierto y charlamos sobre lo que sucedía en Chicago.
Me dijo que el ambiente estaba muy caldeado por allí y si a mí me parecería bien que se instalara en Las Vegas. ¿Por qué me lo preguntaba? Creo que se quedaba conmigo. Quería tener las espaldas cubiertas, así cuando se viera acorralado, podría decir: «¡Rediez, si ya te lo había preguntado!».
Durante el paseo le advertí que aquí era muy distinto que en Chicago. Le comenté que la poli de Las Vegas tenía fama de muy dura. Le dije que los que detenían podían contar primero con verse enterrados en la arena del desierto antes de llegar a juicio.
Tony no respondió. Yo era consciente de que si Tony decidía instalarse en Las Vegas, tenía que portarse bien.
Según el FBI, cuando Spilotro llegó, no disponía de permiso de la organización para empezar a extorsionar a todo el mundo ni para iniciar ningún tipo de operación de prestamismo que pudiera comprometer los turbios negocios de la mafia en los casinos, que constituía su principal fuente de ingresos.
Bud Hall, agente retirado del FBI afirma:
– Tony era inteligente. Sabía hasta dónde podía llegar con los jefes de la organización en Chicago. Joe Aiuppa, por ejemplo, era de los de «no me alborotes el gallinero». Aiuppa pasaba olímpicamente de Spilotro, pero Tony sabía que, en cuanto saliera de allí, podría montárselo bastante a su aire.
Cuando llegamos a casa después del paseo en coche, notamos que Nancy y Geri habían estado bebiendo. Las dos estaban a gusto. Tony hizo el número de rigor. Empezó a gritar a Nancy:
– No me hagas eso. Me estás creando problemas. Si sigues así, Frank no querrá que nos quedemos.
Tenía la idea de camelarme, de hacerme ver que todo iría a las mil maravillas. Que los dos se comportarían.
Pues bien, unas semanas más tarde, llegaron para establecerse allí, y aquello fue el toque de alerta para el Departamento. Las cosas se pusieron calientes. Empezaron a controlarle a él y a mí. Y en cierta manera, era algo natural. Dieron por supuesto -a todo el mundo le ocurrió lo mismo- que Tony había llegado a la ciudad con instrucciones de Chicago. Que había llegado el capo y yo era la pieza clave de la organización en el interior de los casinos.
Nada más lejos de la realidad, pero Tony se aprovechó de aquel análisis que no correspondía a la verdad. Les siguió la corriente. Hizo todo lo posible para no desmentirlo. Decía a la gente: «Yo soy el asesor de Frank. Su protector».
Incluso Geri creyó que era mi jefe. Un día, entré en el club social con unos cuantos ejecutivos y uno de ellos dijo que en la esquina estaba mi jefe. Eché un vistazo esperando ver a uno de mis jefes del Stardust, y en su lugar vi a Tony jugando a las cartas. Al ver que aquello me irritaba, el tipo dijo que era una broma, que era una idea que circulaba por la ciudad desde el principio.
No llevaba tres días en la ciudad cuando se me presenta el sheriff Ralph Lamb.
– Dile a tu amigo que quiero verlo fuera de la ciudad dentro de una semana -dijo.
Intenté hablar en favor de Tony, diciéndole:
– Ralph, el tipo no está a mis órdenes, pero ya verás como se comporta. Déjalo un poco en paz.
Aquello no cambió nada. Quería que el otro se fuera de la ciudad.
Pasé el recado a Tony, pero creo que se acercaba su cumpleaños o algo así y nada, en vez de largarse aquel fin de semana, llegaron sus cinco hermanos. Toda gente legal. Uno de ellos era dentista. Lo que no impidió que el sheriff Lamb los ligara en cuanto llegaron a la ciudad y los metiera en el calabozo unas horas.
A Tony lo dejaron toda la noche en el depósito de los borrachos. Un agujero cargado de humedad donde te hacen baldeos constantes, pues todos los recluidos allí tienen piojos.
Cuando Spilotro salió por fin de allí, estaba fuera de sí. No hacía más que gritar: «Voy a matar a ese hijoputa». Pero se fue calmando. La verdad es que tenía todo el derecho a permanecer en la ciudad, y se estableció una tregua, aun cuando él y el sheriff Lamb no eran exactamente lo que podría calificarse de amigos.