Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
– Me decepcionas -dijo Balistrieri. Lo noté triste.
Poco después llamó su hijo diciendo que iban a destruir los papeles de la opción y que ya estudiaríamos algo en cuanto se hubiera cerrado el trato.
Le dije que no los rompiera, que me los mandara a mí. Yo ya había destruido mi copia y no quería que circulara otra, que por casualidad podía ir a parar al Departamento de Control.
– ¿No confías en mí? -dijo Joe, muy resentido.
Le dije que no era una cuestión de confianza. Que se trataba de un negocio. Respondió que iba a mandarme la copia pero evidentemente nunca llegó a mis manos.
Al cabo de una semana, aproximadamente, se discutió el crédito. Obtuve la aprobación de toda la junta. En definitiva, la discusión sobre mi crédito no duró más de dos minutos. Al final, Bill Presser, el jefe de la caja de pensiones del Sindicato de Chicago, quien se había mostrado el más reacio de todos los síndicos, concluyó: «¡Suerte!», y eso fue todo.
Había conseguido los 62,7 millones de dólares del crédito del Sindicato en sesenta y siete días.
El veinticinco de agosto de 1974, más del ochenta por ciento de los accionistas del Recrion ofertaron sus acciones a Argent, la empresa de Allen Glick. El nombre de dicha empresa correspondía las siglas de Allen R. Glick Enterprises y, evidentemente, significaba «dinero» en francés, lengua que no dominaba ninguno de los que tenían relación con el negocio. El mismo Glick recuerda:
Joe Balistrieri me llamó y dijo que su padre venía a Chicago e iba a organizar una cena de celebración.
Respondí que no me parecía una buena idea, pero Joe insistió diciendo: «No puedes decirle que no a mi padre».
No quería que nadie me viera con él ni siquiera en un restaurante de las afueras de la ciudad, pero acabamos en el Pump Room del hotel Ambassador de Chicago. Él era muy conocido allí. Camareros, chefs, todos vinieron a saludarle. Pidió Dom Pérignon. Durante toda la cena no dejé de pensar que si aquella noche el FBI nos seguía ya podía despedirme de mi vida en Las Vegas.
Hacia el final del banquete me dijo que si tenía alguna pregunta con respecto al crédito -en concreto sobre los sesenta y cinco millones de dólares adicionales para renovación y ampliación- tenía que planteársela a él y solamente a él. Que no intentara comentar nada de lo que habíamos hecho con otros administradores o dirigentes de los sindicatos. Afirmó que él y yo habíamos establecido un modelo próspero y que éste era el que tenía que prevalecer.
Luego, cuando ya nos íbamos, Frank me dijo:
– Tendrás que hacerme un favor, Allen. Es sobre un tipo que vive en Las Vegas y ahora trabaja para ti. Estaría bien que le dieras más importancia. Él puede ayudarte.
– ¿Quién? -dije.
– Ahora no te lo puedo decir -respondió.
Y así terminó la velada.
Al cabo de una semana recibí una llamada del tío John. Dijo que quería presentarme a la persona de quien me había hablado. Yo me hallaba en La Jolla y Balistrieri me dijo:
– Irá a verte ahí. Tienes que ascenderlo. Y ofrecerle más dinero, ¿vale?
– ¿Quién es? -pregunté.
– Se llama Frank Rosenthal -dijo-. Si no te cae bien, me llamas y yo lo solucionaré.
Dijo que determinadas personas de la junta verían con mejores ojos la concesión del resto del crédito si decidía promocionar a Rosenthal. Al mostrarme algo indeciso, noté cómo le cambiaba el tono de voz. Parecía molesto. En cuanto le dije que estaba de acuerdo con ello respondió que intentara recibir a Rosenthal en cuanto me fuera posible.
Inmediatamente después de colgar el teléfono llamé a Rosenthal. Me dijo que había estado esperando mi llamada.
Rosenthal acudió a La Tolla, a mi casa. Me dijo que Al Sachs era un inútil. Consideraba que la empresa prometía mucho. Era alguien excelente. Además, muy inteligente. Puede ser el diablo -personalmente eso opino de él- pero es muy inteligente.
Le dije que estaba al corriente de sus dotes en cuanto al juego y que me interesaba nombrarlo ayudante o asesor mío. Al principio se mostró muy acomodaticio. Dijo que comprendía el caso, que haría lo que yo dijera, que me agradecía la promoción y que pondría todo su esmero en el cargo.
Me pidió constancia del ascenso por medio de un contrato y también un aumento de sueldo. Le ofrecí el contrato y el aumento.
Al día siguiente hablé con el presidente de la Comisión del Juego. Me enteré de que Rosenthal era un genio con los números, un maestro con los pronósticos. Conocía todos los juegos del casino. Me enteré también de que probablemente nunca conseguiría la licencia.
Frank Rosenthal volvió a Las Vegas con una nueva categoría laboral y un aumento de entre 75.000 y 150.000 dólares al año. Empezó inmediatamente a organizar cambios en las actividades del casino. Según Glick:
Prácticamente todos los cargos lo consideraban la persona de autoridad. Se suponía que todo debía aclararlo conmigo, pero nunca lo hizo. Al principio, cuando lo interrogaba sobre todos estos detalles, no se mostraba descortés. Pero día a día iba usurpando más poder. Oí comentar que cuando entraba en el casino, los croupiers se ponían firmes. Era capaz de despedir a uno si no lo veía con los brazos cruzados ante él, incluso en una mesa vacía. Contrataba a quien le parecía. Cambió determinados proveedores. Sin comentármelo, contrató a otra empresa de alquiler de coches, cambió la de la publicidad e intentó introducir su propia agencia de espectáculos en el Lido Show.
Cuando llegaban a mis oídos este tipo de cosas a veces las detenía y otras las anulaba, a pesar de que resultaba complicado preverlas. Yo podía estar desenmarañando algo que había montado él y tenerlo ya en la cocina diciendo a los chefs cómo había que hacer la comida.
Me desplazaba desde mi casa en San Diego a Las Vegas y cada vez que llegaba a la ciudad tenía que oír las historias de todo lo que había hecho él en mi ausencia. Durante unos días acabamos a pelea diaria. Lo vi actuar. Era de aquéllos que se ponen el cigarrillo en los labios y esperan que se lo enciendas. Se mostraba muy altivo con la gente. No utilizaba palabrotas. Nunca levantaba la voz. Pero cualquiera hubiera preferido un buen puñetazo en la boca a una perorata de las suyas.
Se montó un despacho que hubiera causado la envidia de Mussolini. Tenía cuatro veces más espacio que cualquier otro del negocio. No le gustaron los paneles de madera que había encargado y mandó que se los quitaran y le pusieran otros nuevos. Lo único que contaba era su ego. No tenía bastante con ser el jefe entre bastidores; todo el mundo tenía que enterarse de que lo era.
Por fin, en octubre de 1974, le convoqué. Yo acababa de llegar de California. Era un lunes. Me volví a enterar de una serie de cosas que habían sucedido en los casinos durante el fin de semana y pensé que había llegado el momento de hacerle cambiar de actitud.
Me reuní con él en la cafetería del Stardust, que se llamaba Palm Room.
– Vamos al fondo del bar -dije-. Tengo que explicarte algunas cosas.
Le repetí lo que ya le había dicho en distintas ocasiones: que tenía que controlar un poco su actividad y que se suponía que su trabajo tenía que ceñirse al modelo que yo le había marcado en nuestra reunión de septiembre en California.
Le dije que me había mentido en repetidas ocasiones, que andaba con evasivas, que incluso me había enterado de que había ordenado a mi secretaria que le contara mis movimientos diarios, que lo pusiera al corriente sobre dónde iba yo y qué pensaba hacer. Le dije que aquello me parecía intolerable.
Puso aire de sorpresa. Me preguntó si aquello se lo había dicho mi secretaria. Respondí que sí. Y en lugar de disculparse por espiarme, dijo que iba a despedirla.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba tratando con una persona normal. Nos hallábamos al fondo de la cafetería. Un lugar apartado. Dudó un segundo y luego se levantó y se alejó de la mesa. Volvió al cabo de poco. Noté que su presión sanguínea se disparaba.