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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Cuando salía de la sala, ya como un hombre libre, me fui para el pasillo. «Sigues siendo un puto renacuajo -le dije-. Ya te pescaremos», añadí en voz baja.

Tony me miró con una sonrisa en los labios.

– Jódete! -dijo.

Segunda parte

Aceptar la apuesta

10

«No sabes dónde te has metido.»

En 1971, cuando Frank Rosenthal entró a trabajar en el Stardust, el hotel-casino estaba en venta. Dick Odessky, director de relaciones públicas del Stardust, manifiesta:

– Era propiedad de la Recrion Corporation, dueña también del Fremont, y los principales accionistas deseaban venderlo. Habían subido el precio de las acciones y todos pretendían deshacerse de ellas. La Security and Exchanges Comission, sin embargo, tenía sus recelos y les obligó a firmar un acuerdo según el cual no podían vender las acciones.

Aquello era como tener delante un inmenso filete y no poder catarlo. Quien hubiera intentado vender su parte habría tenido problemas con la justicia. De modo que la única solución que les quedaba a los accionistas para recuperar el dinero era vender la empresa como un todo.

Del Coleman -presidente de Recrion- representaba a los principales inversores, y se le presionó mucho para que liquidara y sacara tajada del negocio.

La presión no cedió ni siquiera cuando Al Sachs le relevó en el cargo de presidente. Y por la época apareció Allen Glick.

Allen Glick era más duro de lo que parecía. En 1974, cuando aquel personaje de treinta y un años, agente inmobiliario de San Diego, se convirtió de pronto en el número dos en la explotación de casinos de la historia de Las Vegas, la mayor parte de agentes reguladores del juego del estado y propietarios de casino no podían dar crédito a sus ojos. Hasta entonces, Glick había tenido un peso insignificante en la ciudad. Llevaba tan sólo un año en Las Vegas cuando, junto con tres socios, obtuvo un crédito de tres millones de dólares para construir un aparcamiento para caravanas en el solar donde se hallaba el casino-hotel Hacienda, que se había declarado en quiebra y estaba situado en la zona de renta limitada del extremo sur del Strip.

Tanto el aspecto como el estilo de Glick -era bajito, se estaba quedando calvo y tenía un semblante grave- chocaban con su tenacidad. Muy pocos sabían que aquel hombre juvenil, que se esforzaba por demostrar buen carácter y hablaba tan bajo que a veces apenas se le oía, había pasado dos años en un helicóptero Huey en Vietnam, donde había ganado una Estrella de bronce. Según Glick:

Vietnam me enseñó que la vida era corta. Recuerdo que escribí a mi cuñado diciéndole que no esperaba volver. Por ello, cuando se hizo realidad la vuelta, decidí que no iba a hacer lo que no me apeteciera. En primer lugar, no quería ejercer la abogacía. Había sacado la licenciatura de Derecho en la Universidad estatal de Ohio y la especialidad en la Case Western Reserve, pero tenía claro que no iba a meterme en el oficio. En segundo lugar, quería vivir en San Diego y no en Pittsburgh, donde había pasado mi infancia. Un amigo de mi hermana me consiguió un empleo como asesor legal en American Housing, los principales promotores de viviendas multifamiliares de San Diego, y Kathy, los niños y yo nos fuimos para allá. Allí empecé mi carrera en el campo inmobiliario.

En febrero de 1971, cuando llevaba aproximadamente un año en American Housing, me asocié con Denny Wittman, un tipo estupendo, para un negocio inmobiliario que englobaba una gran extensión de solares, y edificios comerciales.

En 1972 tuve mi primer contacto con Las Vegas. A Denny Wittman le habían hablado de unos terrenos de veinte hectáreas en la parte sur del Strip que podían convertirse en un excelente aparcamiento para caravanas. El único problema que presentaba la propiedad era el hotel Hacienda, en bancarrota, edificado allí, y su casino, sobre el que pesaban tres gravámenes de Hacienda. No sé cómo se me ocurrió, pero tuve la idea de que en vez de derribarlo y montar el aparcamiento tal vez podríamos conseguir dinero suficiente para resucitar el hotel y el casino. Ahora bien, Denny Wittman no quería invertir en un casino. Era una persona con creencias religiosas. Para él aquello constituía un problema y por tanto descartó la idea.

Por la época, yo disponía de veintiún mil dólares a mi nombre, pero con una serie de truquillos y la ayuda de Denny para exagerar el valor del capital de nuestra pequeña empresa podíamos hacernos con los tres millones de dólares del First American Bank de Tennessee, con el que habíamos trabajado anteriormente y en el que teníamos amigos.

Tenía que conseguir una licencia de la Comisión del Juego de Nevada como propietario de un casino en Las Vegas, y he aquí que a los veintinueve o treinta años me convertí en presidente de un casino de Las Vegas. De la noche a la mañana, todo el mundo en la ciudad me ofrecía negocios.

Al cabo de unos cinco meses, Chris Caramanis, que llevaba el servicio de chárters que utilizaba el hotel, comentó que el King's Castle del lago Tahoe se había declarado también en bancarrota y la caja de pensiones del Sindicato de Camioneros había ejecutado una hipoteca sobre él; sugirió que podíamos conseguir el dinero y encargarnos del King's Castle tal como habíamos hecho con el Hacienda.

Así fue como conocí a Al Baron, el gestor de los fondos de pensiones de la central del Sindicato de Camioneros. Chris me lo presentó. Yo tenía la idea de encontrarme con el banquero típico que se ocupa de los fondos de una caja de pensiones multimillonaria. En lugar de ello, se presentó ante mí un individuo rudo, de los que mascan puros, y me dijo:

– ¿Qué coño haces aquí?

Por aquellos días, Al estaba muy irritado porque se había ido al garete un trato que se había establecido para arrebatarle al fondo de pensiones del Sindicato la bancarrota del King's Castle.

Cuando le dijeron que yo había conseguido capital para comprar el Hacienda, preguntó:

– ¿Tienes líquido?

– No, pero puedo conseguir un préstamo -respondí.

Baron tenía tantas ganas de borrar de la contabilidad del fondo de pensiones la bancarrota del King's Castle que dijo que al cabo de quince días volvería a Las Vegas y yo podría presentarle una propuesta.

Cuando volvió, se la presenté y él se enojó muchísimo.

– No tengo tiempo para leerlo -dijo.

Todo lo que quería de mí era que consiguiera el dinero de la hipoteca y que la caja de pensiones del Sindicato quedara fuera de la historia.

En fin, el trato no se materializó, pero poco después me vi envuelto en la urbanización de un gran complejo de oficinas gubernamentales en Austin, Texas, en el que iban a instalarse despachos de Hacienda, oficinas del Congreso y distintos organismos. Se trataba de un negocio de tal envergadura que no podíamos financiarlo con los típicos préstamos bancarios, y entonces pensé, «Voy a llamar a Al Baron». Le llamé tres veces, le dejé mensajes y él no se puso en contacto conmigo. Después, pasados cuatro días, su secretaria me dijo que no volviera a molestarle llamándolo de nuevo.

Le dije que vale, pero que quería informarle de que el Gobierno se había puesto en contacto conmigo y tenía que hablar con él. Me llamó al cabo de tres segundos. Cuando le conté que el Gobierno me había propuesto la edificación de un inmenso complejo gubernamental se puso a insultarme a diestro y siniestro. Utilizaba las palabras e imágenes más groseras que uno pudiera imaginarse.

Pero entre tanto juramento tal vez logré colar que se trataba de un proyecto del Gobierno federal y una oportunidad inmejorable, pues finalmente dijo:

– Vale, hijo de la gran puta, preséntame el jodido montante del préstamo.

A Baron y a los del Sindicato les encantó aquel proyecto para el Gobierno que yo les presenté, porque era algo totalmente legal y al mismo tiempo Denny Wittman, nuestros socios de Austin y yo hicimos todo el trabajo, mientras el Sindicato era el dueño del proyecto.

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