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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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– Creo que ha llegado el momento de hablar, Glick -dijo; me llamó por el apellido. Siempre me había llamado Allen. Pero esta vez lo hizo por el apellido como preparando la escena.

– Ha llegado el momento de ponerte al corriente de lo que pasa aquí, de dónde vengo yo y de cuál es tu lugar -dijo-. No me colocaron en este cargo para que te aprovecharas tú sino para que se aprovecharan otros, y tengo órdenes de no aguantar la menor estupidez tuya, aparte de que no tengo por qué escuchar lo que me digas, ya que no eres mi jefe.

Empecé a discutirle todo aquello pero dijo:

– Voy a cortarte de entrada. Cuando te digo que no tienes alternativa, no estoy hablando a nivel administrativo, estoy hablando incluso de la salud. Si te entrometes en cualquier actividad del casino o intentas poner obstáculos a lo que quiera hacer yo, ten por seguro que no te despedirás de la empresa con vida.

Me sentía como si acabara de llegar de otro planeta. Yo era un hombre de negocios, todo lo había llevado con un estilo metódico, y aquello era una subcultura completamente distinta. No sabía cómo tomármelo. Respecto a la conversación que había tenido con Jerry Soloway sobre el tema de Frank Balistrieri, me di cuenta de que me había metido en una trampa.

Le dije que deseaba verlo fuera del hotel. Él respondió:

– He oído lo que me dices, pero será mejor que me escuches atentamente de nuevo. Cuando he dicho que no te despedirías vivo de la empresa, me refería a que las personas a quienes represento tienen poder para eso y para mucho más. Te aconsejo que no lo tomes a la ligera. Eres una persona inteligente, pero no me pongas a prueba.

Conseguí recuperarme pero me encontraba en una especie de estado de shock. Llamé a Frank Balistrieri y le dije:

– Me has metido en algo que yo no había previsto, pues de haberlo sabido no lo habría aceptado. Tenía la impresión de que la inclusión de tus hijos como asesores de la empresa se había hecho de una forma cabal, no veo ningún problema al respecto, pero sí lo veo con lo que te voy a contar.

Le expliqué la conversación que había tenido con Rosenthal y él se mostró muy conciliador. Dijo que me apoyaría. Pero que recordara que con el único que debía tocar el tema era con él. Con Frank Balistrieri. Si hablaba con alguien más, lo haría sin tomar en consideración sus deseos. Era muy tajante. No seguí con el tema.

Al cabo de unos días me llamó Balistrieri. Me explicó por teléfono que se hacía cargo de la situación pero que de momento no podía hacer nada al respecto y que yo debía seguir prestando atención a los consejos del señor Rosenthal y mantenerlo en el cargo.

Le discutí lo que me había mencionado Rosenthal sobre el hecho de ser «socios», y añadí que había comprado la empresa con mis propios esfuerzos, reconociendo, eso sí, que él me había ayudado a conseguir el crédito, pero que allí no había socios.

– Pero lo que te ha dicho el señor Rosenthal es correcto -respondió Balistrieri.

Durante unos meses, Glick estuvo al quite con Rosenthal. Tenía miedo de enfrentarse a él e intentó limitar sus actividades. Lo excluyó de las reuniones. Intentó mantenerlo alejado del círculo del poder. Anuló las órdenes dadas por él. Rechazó sus sugerencias. Y por fin, una noche de marzo de 1975, se hizo realidad la peor pesadilla de Allen Glick. Estaba cenando en el restaurante Palace Court del Stardust cuando llamó Rosenthal. Glick explica:

Dijo que era un asunto urgente. Tenía que reunirme con él. Le pregunté qué clase de urgencia. Dijo que no podía contármelo por teléfono. Que tenía que ir a verlo. Respondí que no era el momento adecuado. Que podíamos tratar de lo que fuera por la mañana.

– Es una urgencia y no tienes otra alternativa.

– De acuerdo, ¿dónde estás?

– En Kansas City -respondió.

Pensé que aquello era ridículo. Le dije que no podía llegar allí antes de las tres o cuatro de la madrugada.

– Si no vienes voluntariamente, tendremos que ir a por ti -dijo.

Dijo también que me esperaría en el aeropuerto. Por aquella época, la empresa disponía de un par de Lears, y entre las dos y media y las tres de la madrugada aterricé en Kansas City.

Rosenthal me esperaba en el aeropuerto con un coche, y me presentó al conductor, Carl DeLuna, un hombre de lo más rudo y vulgar. Rosenthal le llamaba por su apodo: El Broncas.

Cogimos inmediatamente la tortuosa ruta hacia donde fuéramos; me di cuenta de que pasábamos una y otra vez por los mismos lugares. El viaje duró unos veinte minutos. Vueltas y más vueltas y nadie abrió la boca. Por fin llegamos a un hotel. Subimos al segundo piso. Una suite con una puerta de conexión entreabierta que daba a la habitación contigua.

La suite estaba bastante oscura. Al entrar, me presentaron a un hombre mayor de pelo blanco llamado Nick Civella. No tenía la menor idea de quién era Nick Civella. Resultó ser el jefe de la mafia de Kansas City. Le ofrecí la mano y me dijo:

– No quiero estrecharte la mano.

Al fondo había una silla y una mesa con una lámpara encima. Me dijo que me sentara. Vi que Rosenthal abandonaba la habitación. Me quedé solo con DeLuna y Civella, aunque oía que entraba y salía gente por la puerta de conexión; yo estaba de espaldas.

Civella me dijo todo lo que puede decirse a una persona en el mundo y luego añadió:

– Tú no me conoces, pero por mí jamás saldrías vivo de aquí. Ahora bien, teniendo en cuenta las circunstancias, si escuchas atentamente, tal vez lo consigas.

Cuando me quejé de que la luz me molestaba a los ojos, dijo que tal vez podía solucionármelo arrancándomelos. Luego prosiguió.

– Has faltado al acuerdo. Nos debes 1,2 millones de dólares y ahora vas a permitir a El Zurdo que haga lo que quiera.

Yo estaba totalmente desconcertado. Dije que no sabía a qué se refería. Y era cierto.

Me miró y, dejando un revólver sobre la mesa, dijo:

– O empiezas a contarme la verdad ahora mismo o no sales con vida de esta habitación.

Me preguntó sobre el acuerdo que tenía con Balistrieri y cuando respondí que no tenía ningún acuerdo con Balistrieri, exclamó:

– ¿Qué?

Parecía sorprendido. Dijo que quería enterarse del acuerdo que le habían contado que yo tenía con Balistrieri.

Le dije que el único acuerdo que tenía con Balistrieri era el de contratar a sus hijos, y también le hablé de la opción, explicándole, de todas formas, que la opción no tenía efecto, pues íbamos a estudiar algo ahora que se había conseguido el crédito.

Más tarde descubrí que Civella no estaba al corriente de mis tratos con Balistrieri: la contratación de sus hijos y su opción del cincuenta por ciento. Creía que Balistrieri se había quedado con una comisión en efectivo de 1,2 millones de dólares por haberme conseguido el crédito. Como quiera que Civella consideraba que él también me había ayudado en dicho crédito por medio de su síndico -Roy Williams, el jefe del fondo de pensiones de Kansas City y próximo presidente de todo el Sindicato- pensaba que a él también le correspondía la misma comisión.

Balistrieri me había dicho que no hablara jamás con nadie sobre nuestro acuerdo, pero vi que en aquellas circunstancias no tenía otra opción. Empecé a comprender asimismo por qué Balistrieri insistía en que no hablara con nadie sobre ello.

Civella era un tipo duro pero un hombre listo. Cuando me formulaba las preguntas me daba cuenta de que iba atando cabos. De pronto, alguna campana le sonó y se puso de pie. Dijo que seguía teniendo un compromiso con él y que exigía que le pagara el dinero.

Cuando le respondí que no veía cómo la empresa podía pagarle aquella suma dijo:

– Que se ocupe de ello El Zurdo.

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