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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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– Oye, móntame un grupo. Me importa un bledo lo que tengas que hacer con los colegas, siempre tendrás mi aprobación. Lo único que quiero es mi parte. Por lo demás, tienes carta blanca -me dijo.

Mandé llamar a Wayne Matecki, a Larry Neumann, a Ernie Davino, a una pandilla de malhechores de este estilo, y empezamos a meter a todo el mundo en cintura. Corredores de apuestas, usureros, traficantes de drogas, macarras. Todos pasaron por el aro, ¡vaya que sí! Les apaleamos. Disparamos contra sus malditos perros guardianes. ¡Qué más nos daba! Tenía el visto bueno de Tony. A decir verdad, la mitad de las veces Tony nos indicaba a quién asaltar.

Luego, en cuanto les habíamos robado y asustado, acudían a Tony a pedir protección para que no siguiéramos a sus talones. Jamás supieron que era Tony quien nos mandaba actuar contra ellos.

Sacamos mucho dinero revolviendo casas. Siempre efectivo y joyas. Me estoy refiriendo a treinta, cuarenta, cincuenta mil dólares en billetes de veinte y de cien guardados en las cómodas de la habitación. En una ocasión encontré quince billetes de mil dólares junto a la cama de un individuo. ¿Cómo leches iba a cambiarlos? Es bastante difícil deshacerse de un billete de mil dólares. Si intentas cambiarlo en un banco, te exigen el nombre. Decidí, pues, colarlos en el Stardust. Los entregué a Lou Salerno, los metió en un cajón y me dio el cambio en billetes de cien.

¿Cómo pensáis, si no, que reuní dinero para montar el restaurante de Upper Crust? En dos días lo tuve. Wayne, Ernie y yo asaltamos a dos maîtres de hotel y les sacamos sesenta mil dólares. Los maîtres cobran veinte dólares a la gente que les pide una buena mesa. Pues los de veinte fueron para nosotros. Uno de ellos incluso llevaba un reloj Patek Philippe de treinta mil dólares, y se lo vendimos a Bobby Stella por tres mil. Bobby se deshizo de él regalándolo.

Sacábamos la información de la gente del casino. Encargados del hotel, recepcionistas, oficinistas, personal de la agencia de viajes. Ahora bien, los corredores de seguros eran nuestras mejores fuentes de información, pues ellos vendían las pólizas del material que nosotros robábamos. Nos ofrecían todo tipo de información: del tipo de joyas y de la cantidad por la que las habían asegurado, dónde las guardaban en las casa, qué tipo de sistema de alarma utilizaban. Cuando contratas un seguro, tienes que incluir todos estos datos en la póliza.

Cuando las puertas, ventanas y sistemas de alarma presentaban algún problema, entrábamos por la pared. Eso de atravesar paredes fue idea mía. Lo inventé yo. Es muy fácil. Casi todas las casas de Las Vegas tienen las paredes exteriores de estuco. Tan sólo hace falta un mazo de dos kilos para practicar un agujero por el que se pueda pasar. Luego se utilizan unas tijeras de podar para cortar los alambres que utilizan para encofrar. Pegas un par de mazazos más hasta romper la plancha de yeso y ya estás dentro de la casa.

Es algo que sólo puede hacerse en Las Vegas, porque las casas son de estuco y están rodeadas por unos altos muros para proteger la intimidad. En el interior, tienen piscinas y rollos, y no quieren que nadie les moleste. Los vecinos no se conocen entre sí. Es una ciudad de esas. Un lugar donde, cuando la gente oye ruido en la casa de al lado, desconecta. Hicimos tantos trabajos con este método que los periódicos ya nos llamaban la banda del agujero en la pared. La poli nunca descubrió quiénes éramos.

– Unos puñeteros cerdos, eso es lo que sois -decía Tony, orgulloso de la banda-. Fijaos la que habéis armado.

Conocíamos bien el paño. Entre la entrada y la salida de la casa pasaban de tres a cinco minutos. Cuando realizábamos uno de estos trabajos siempre dejábamos a un colega fuera de la casa en un coche con una emisora que captaba las llamadas de la policía. Disponíamos también de un desmodulador para sintonizar con el FBI. Tony nos proporcionó los desmoduladores y también las frecuencias de la policía.

Eso sí, por muy bien que nos salieran las cosas, siempre necesitábamos más dinero. El dinero del robo se va volando. Siempre teníamos que hacer cuatro partes: para mí, para mis dos colegas y la de Tony. De un trabajo de cuarenta mil dólares, Tony se llevaba diez mil. Por quedarse sentado en su casa. Le tocaba una parte igual y siempre.

A veces, cuando no teníamos líquido y las cosas iban lentas, organizábamos asaltos directos. De esta forma atacamos el Rose Bowl. Por aquella época, el propietario del Rose Bowl lo era también del Chateau Vegas; Tony me proporcionó toda la información y luego me dijo:

– Vas a necesitar a un tipo que no esté quemado.

Importé pues a un chaval de Chicago limpio como una patena. No podíamos utilizar a alguien conocido porque se suponía que ninguno de nosotros se dedicaba a eso. Si los jefes descubrían que Tony organizaba robos a mano armada en plena ciudad, duraría poco en Las Vegas. Pero en nuestra ciudad natal nadie sabía que nos dedicábamos al robo y al asalto. Aquél era nuestro pequeño secreto.

La tipa que llevaba el Rose Bowl y su guardaespaldas salieron del aparcamiento posterior tal como había previsto Tony, con una bolsa llena de dinero. Ella se va hacia el coche. El guardaespaldas se queda vigilándola. El chaval que yo había reclamado de la ciudad se va directamente a ella, le apunta con un revólver y le quita la bolsa de la mano.

El individuo que la había estado cubriendo intentó hacerse el héroe y mi chaval le pegó un revés que lo dejó sentado en el suelo. Mi muchacho era durillo. Ahora está en la cárcel por no sé qué. Cumple una condena de cuarenta años.

El chaval sale corriendo por la manzana paralela al Strip. Allí hay una capilla. Ernie Davino lo estaba esperando. Larry Neumann estaba en el aparcamiento, justo al lado, como apoyo por si el muchacho necesitaba ayuda. Cuando éste se mete en el coche con Ernie, Larry ya había llegado por detrás. Mientras salen de la calle, yo hago lo mismo. A cuatro manzanas de allí, estábamos repartiendo el dinero cuando oímos que la policía llegaba al aparcamiento del Rose Bowl.

Pensándolo bien, ahora me doy cuenta de las locuras que hacíamos. Estábamos en Las Vegas, teníamos mil sistemas para conseguir pasta de forma ilegal y Tony nos metió en el negocio de los robos en domicilios particulares, asaltos a mano armada en locales 7-Eleven. Una insensatez.

Todas las industrias prósperas crean puestos de trabajo, y las actividades de Spilotro no constituían una excepción. En un año, Spilotro proporcionó puestos de trabajo no sólo a su propio equipo sino a montones de agentes que tuvieron que seguirle, instalar escuchas en su entorno e intentar atraparlo mediantes sofisticadas celadas. Llegó un momento en que Spilotro apostaba 30.000 dólares semanales en una correduría de apuestas que no era más que una celada del fisco; le había atraído el hecho de que ofrecían las mejores probabilidades de la ciudad. Cuando el agente del fisco que estaba al cargo de la celada tuvo la osadía de pedir garantías a Spilotro, éste le respondió sacando un bate de béisbol. «¿Sabes quién soy yo? -le dijo-. En esta ciudad mando yo.»

Spilotro había trasladado su joyería de Circus Circus a la avenida West Sahara, junto al Strip. La joyería Gold Rush era un edificio de planta y piso con acera y plataforma y unos pilares de amarre de imitación. Tal como cuenta Bud Hall.

Teníamos la causa verosímil y necesaria e instalamos un micro en el techo de la sala del fondo del Gold Rush. La sala delantera se utilizaba estrictamente para la venta de anillos y relojes de pulsera. Arriba, Tony disponía de mecanismos de intercepción de vigilancia, desmoduladores telefónicos, prismáticos de barco de guerra para poder captar un supuesto control a más de un kilómetro, y también radios de onda corta capaces de captar las llamadas de la policía e incluso desmodular las frecuencias del Bureau. Tony consiguió la información sobre las frecuencias a través de unos agentes de la poli metropolitana que tenía en nómina. Contaba también con un experto en electrónica de Chicago, Ronnie DeAngelis, Cabeza de Globo, que venía en avión a la ciudad cada dos o tres semanas y limpiaba el lugar de aparatos de escucha y derivaciones. Todo quedaba perfecto cuando DeAngelis abandonaba la ciudad. «El Cabeza de Globo dice que lo ha dejado limpio como una patena», anunciaba orgullosamente Tony, y todo el mundo respiraba.

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