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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Ni siquiera creo que Tony hubiera previsto lo que iba a suceder. Tengo la impresión de que no tenía un plan marcado. Yo diría que las cosas fueron tomando su curso a medida que iban pasando los días y, lo que es más importante, lo habían dejado solo para montárselo sin ningún tipo de interferencia.

Tony, Nancy y su hijo de cuatro años, Vincent, se instalaron en un piso, y Nancy se convirtió en la típica esposa de Las Vegas. El Zurdo y Geri los ayudaron en ello: El Zurdo llamó al Bank of Nevada para hablar de Tony y Geri presentó a Nancy sus peluqueros y manicuras del Caesar's Palace. Geri y Nancy se hicieron amigas íntimas. Iban de compras juntas, salían a cenar las noches en que sus maridos estaban ocupados (muy a menudo) y jugaban al tenis tres o cuatro veces por semana en el Las Vegas Country Club, donde El Zurdo consiguió inscribirlas como socios.

A diferencia de los elegantes Rosenthal, con sus coches caros y su casa en el campo de golf, Nancy y Tony vivían modestamente. Llevaban coches normales y corrientes y compraron una casa de tres habitaciones en Balfour Avenue, un barrio de clase media. Nancy matriculó a Vincent en la escuela católica Obispo Gorman, se apuntó a la asociación de padres del centro y acudió a la comisaría de policía cuando a su hijo le robaron la bici delante de casa. Tony asistía con regularidad a los partidos de la liga infantil, donde se instalaba en las gradas o detrás del entrenador con los demás padres que animaban a sus hijos.

Tony abrió una tienda de objetos de regalo en Circus Circus, llamada Anthony Stuart Ltd., y Nancy a veces trabajaba allí. Tony pasaba la mayor parte de su tiempo en la sala de póquer del Circus o en el Dunes prestando dinero a los que habían quedado sin blanca, cobrándoles unos intereses desorbitados. Al cabo de poco, prácticamente hasta el último croupier de los dos casinos le debía dinero.

Sus especulaciones con los préstamos, chantajes y sus juegos sucios iban atrayendo tanto la atención que pronto se desmoronó la comedia de la parejita feliz. Colocó un bloque de cemento junto a la pared trasera de su casa para poder observar por encima de la valla si le seguían aquel día. En general, era así. Los agentes lo pescaron a últimas horas de la noche con las muchachas más jóvenes e ingenuas de la ciudad. Mientras tanto, detuvieron a Nancy por conducir en estado de embriaguez; en aquella ocasión citó el nombre de Geri -no el de Tony- como persona a quien llamar en caso de urgencia.

Tony llevaba apenas quince días en la ciudad cuando los federales recibieron un telegrama a propósito de él. El FBI de Chicago avisaba a Las Vegas de su llegada. Lo siguieron en una de sus primeras reuniones, en pleno desierto, donde se le pidió que introdujera una empresa de productos cárnicos en los grandes hoteles. Más tarde, en un encuentro con los dirigentes del sindicato de hostelería.

Posteriormente, dichos dirigentes sindicales se reunieron con los principales jefes de compras de los hoteles-casino, y a principio de verano, todos los hoteles compraban la carne a esta empresa. Como declara el sargento William Keeton, de la policía metropolitana de Las Vegas:

Lo deteníamos cada tres o cuatro meses como norma general, presentando cargos contra él; Tony alegaba que aquella gente le estaba ayudando a salir de un apuro y entonces lo soltábamos.

Pero a Tony le gustaba la publicidad. Era un tipo inestable. Engreído. Tenía incluso cierto encanto. El Comité contra la Delincuencia de Chicago nos había mandado la foto de un individuo a quien supuestamente Tony había fijado la cabeza en un torno de banco. Yo, de vez en cuando, la miraba para recordarme a mí mismo lo peligroso que era. Había encajado la cabeza del individuo en un espacio de unos doce centímetros, entonces le había rociado la cara con un líquido inflamable y le había pegado fuego. Se le habían salido los globos de los ojos.

En septiembre de 1972, lo detuvimos por una orden de arresto por homicidio en Chicago del 1963. Quedó detenido sin que se estableciera fianza -lo normal en casos de homicidio- a la espera de la extradición a Chicago. Supongo que Tony no tenía ninguna intención de pasar la noche en la cárcel, porque en seguida se presentó Rosenthal en el juzgado ofreciendo una fianza para Spilotro. No era lo más inteligente que podía hacer El Zurdo, pero al parecer no tuvo otra alternativa.

Según Frank Rosenthaclass="underline"

Cuando Tony llevaba aproximadamente un año en la ciudad, un día me llamó por teléfono. Estaba en la cárcel.

– Tendrás que responder por mí. No tienes más remedio -me dijo-. Necesito que atestigües sobre mi buena conducta.

Resultó que lo relacionaban con un homicidio en Chicago de 1963. Le dije:

– No me jodas, Tony, estoy trabajando en el casino. He solicitado la licencia.

Intento hacerle comprender que presentarme ante el tribunal en una vista por homicidio no es lo más adecuado para mí en aquel momento. Sería el toque de alerta para el Departamento de Control del Juego.

– Lo necesito muchísimo -dice-. Tienes que hacerlo.

De modo que me fui al Juzgado. Respondí por él y le fijaron una fianza de diez mil dólares. Tony me juró que no tenía nada que ver con el caso. Era muy convincente. Al día siguiente, leí todos los periódicos para comprobar si aparecía mi nombre en relación con el caso. Tuve suerte. No apareció.

El agente del FBI Bill Roemer declara:

Llevaron a Spilotro a Chicago para el juicio. Se declaró inocente y dijo que no tenía idea de dónde estaba el día del homicidio. Dijo que sabía que una semana después había sido asesinado el presidente Kennedy y que intentaría tomar la fecha como referencia para reconstruir los hechos y saber dónde estaba el día del asesinato.

Era muy astuto. Dijo que pediría a su familia que lo indagaran. Según él, podían descubrir algo que demostrara que no se hallaba en el lugar del crimen.

Poco más o menos un mes antes del juicio, uno de los otros dos acusados que debían presentarse junto a Tony ante el juez, Sam DeStefano, El Loco, muere en su garaje. Dos rápidos disparos de escopeta. La esposa de éste y su guardaespaldas habían salido media hora antes a visitar a unos familiares.

A Tony le tenía intranquilo Sam El Loco. Había intentado por todos los medios que no lo relacionaran con Sam en el caso. A Sam lo acababan de sentenciar a tres años por amenazar a un testigo gubernamental en un caso de drogas, y se había presentado al juicio en una silla de ruedas, en pijama y con un megáfono. A Tony le inquietaba que Sam pudiera predisponer al jurado contra él. Existían también unos informes que afirmaban que Sam tenía un cáncer y el miedo a morir en la cárcel lo llevaría a traicionar a los demás acusados, es decir, a su hermano Mario y a Tony. Nos enteramos de que Tony había recurrido con gran cautela al jefe de la organización, Anthony Accardo, para decirle que Sam El Loco iba a desprestigiarle.

Spilotro ganó el caso. Su cuñada Arlene, casada con su hermano John, subió al estrado. Declaró que el día del asesinato, ella, su esposo, Nancy y Tony habían estado juntos, comprando muebles y electrodomésticos y que durante la comida habían estado discutiendo sobre combinaciones de colores. El tribunal absolvió a Tony.

Yo estuve allí aquel día. Cuando se hizo público el veredicto, Tony levantó los brazos en señal de victoria. Luego nos dirigió una mirada a nosotros, los de las fuerzas del orden que estábamos allí sentados. Vi una gran sonrisa sarcástica en su rostro. Centró un momento la mirada en mí.

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