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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Añadió que como yo no le caía bien, se ocuparía personalmente de que no consiguiera los préstamos adicionales del fondo para la renovación y la ampliación.

– Sacadlo de aquí -dijo finalmente y ordenó a De Luna que nos llevara El Zurdo y a mí al aeropuerto y «se fuera inmediatamente a Milwaukee, sacara de la cama aquel maniquí hijoputa y se lo llevara a él».

En aquella ocasión, en cinco minutos llegamos al aeropuerto, y DeLuna estuvo todo el tiempo refunfuñando sobre lo de conducir hasta Milwaukee a recoger a Balistrieri, como si se tratara de un saco de ropa sucia.

A la mañana siguiente, cuando vi a Rosenthal le dije que no podía aceptar las condiciones de Civella en cuanto al dinero y los socios y Rosenthal me respondió que yo ya no tenía autoridad alguna. Dijo que yo ya no disponía sobre mi destino.

Cuando conté a Balistrieri mi encuentro con Civella y le informé de que me había amenazado con negarme los préstamos adicionales, me respondió que ya no podía hacer nada para ayudarme. Dijo que le habían quitado de las manos todas las cuestiones de la caja de pensiones.

11

«¿Sabes quién soy? En esta ciudad mando yo.»

Cuando Tony Spilotro en 1971 llegó a la ciudad, Las Vegas era una ciudad relativamente tranquila. Los jefes habían reunido tanto dinero con sus propios negocios ilegales, como las apuestas fuera de la ley, los préstamos con usura y los chanchullos en los casinos que la propia mafia se había puesto de acuerdo para mantener la ciudad limpia, segura y tranquila. Las reglas eran simples. Había que solucionar pacíficamente las peleas. No podían producirse tiroteos ni explosiones de coches en la ciudad. Los cadáveres no había que dejarlos en el portaequipajes del coche en el aeropuerto. Los asesinatos autorizados se llevaban a cabo fuera de la ciudad o bien los cadáveres desaparecían para siempre en el amplio desierto que la rodeaba.

Antes de la llegada de Tony, las cuestiones del hampa se gestionaban con tal suavidad que Jasper Speciale, el prestamista más importante de Las Vegas, llevaba su negocio en su pizzería La Torre Inclinada y sus camareras hacían pluriempleo encargándose de las recaudaciones una vez finalizado el trabajo. Los delincuentes menores de la ciudad -traficantes de drogas, corredores de apuestas, macarras e incluso estafadores de naipes- trabajaban por libre. Las Vegas era una ciudad abierta: los gángsters procedentes de las distintas familias del país no necesitaban permiso alguno para deambular por allí, extorsionar a los jugadores importantes, llevar alguna operación de crédito fraudulento en un casino y volver para casa. Allí nadie había oído hablar del sistema de impuesto callejero establecido por la mafia en Chicago.

Bud Hall junior, el agente jubilado del FBI que durante años estuvo al cargo de las escuchas telefónicas en el domicilio de Spilotro, puntualiza:

Tony cambió todo aquello. Cambió la forma de llevar los negocios en Las Vegas. Tomó el relevo. Lo primero que hizo fue llevar a allí a algunos de sus hombres e imponer un impuesto callejero a cada corredor de apuestas, prestamista, traficante de drogas y macarra de la ciudad. Unos cuantos, como un corredor de apuestas llamado Jerr Dellman, se resistieron a ello, pero él mismo acabó acribillado en un atraco en pleno día en el garaje que tenía detrás de su casa. Nadie intentó esconder el cadáver. Era el mensaje de que había llegado un auténtico gángster a la ciudad.

Tony comprendió enseguida que podía gobernar Las Vegas de la forma que le apeteciera, pues los jefes estaban a dos mil quilómetros de allí y en Las Vegas no había los confidentes que abundaban en Elmwood Park.

Según Rosenthaclass="underline"

Cuando Tony llegó por primera vez a Las Vegas, muy pocos sabían quién era. Recuerdo que conmigo trabajaba un tipo de lo más arrogante, John Grandy, que se ocupaba de todo lo referente a construcción y compras. Nadie le tomaba el pelo a John Grandy. Cuando alguien le preguntaba algo, respondía: «¿Por qué coño me molestas? ¡Vete a dar un barrigazo por ahí!». Yo lo trataba con sumo cuidado.

Una mañana vino Tony a verme. Grandy estaba allí dando órdenes a tres o cuatro empleados que organizaban unas mesas de blackjack para los croupiers. Llevaba un montón de material de construcción en los brazos; echó un vistazo, vio que Tony se acercaba a mí y le dijo:

– ¡Eh, tú, ven aquí! ¡Aguántame eso! Ya te diré dónde tienes que colocarlo.

Nunca olvidaré aquella escena. Lo que estaba sujetando pesaría entre quince y veinte kilos. A Tony le sorprendió muchísimo que lo aguantara siquiera durante un segundo.

– Oye -respondió Tony-, eso lo llevas tú, a mí qué me cuentas. ¿Quién cojones te has creído que eres? La próxima vez que salgas con una de ésas, te arrojo por la puta ventana. -Ni más ni menos.

Grandy me mira a mí. Yo miro a Tony. Tony está hecho un basilisco. Grandy hace lo que le dice Tony. Recoge de nuevo el material y no dice ni mu. Tony me cita en la cafetería y se va.

Cuando se ha ido Tony, Grandy dice:

– ¡Eh! ¿Quién coño es el menda ése? ¿Qué se ha creído?

– El menda ése no trabaja aquí -respondí-. Déjalo correr.

Pero Grandy sabe que allí pasa algo. Baja al casino, encuentra a Bobby Stella y lo arrastra hacia la cafetería a buscar a Tony.

– Bobby, ¿quién es el menda que está allí? ¿Qué cojones se ha creído?

Grandy está que echa humo.

Bobby, al darse cuenta de que se está refiriendo a Tony, intenta calmarlo.

– Despacio. Tranquilo.

– ¿Qué significa eso de «despacio»?

– Es Tony Spilotro -dice Bobby.

Grandy se quedó allí plantado y exclamó:

– ¡Copón bendito! ¡Copón bendito!

Al parecer, conocía el nombre pero no el rostro. Se fue directo a Tony y estuvo cuatro o cinco minutos disculpándose:

– Lo siento muchísimo. No tenía intención de insultarte. Las cosas se habían complicado un poco y no sabía quién eras. ¿Querrás aceptar mis disculpas?

Tony dijo que sí y miró hacia otro lado. Grandy echó a correr.

Frank Cullotta salió de la cárcel tras cumplir una condena de seis años por un asalto a un camión Brinks, y Spilotro se fue en avión a Chicago para la fiesta de bienvenida. Cullotta lo explica:

Me presentaron un pastel de cumpleaños que decía, «Por fin libre». Todo el mundo asistió a la fiesta, todos me entregaron sobres, y al final de la velada tenía en el bolsillo unos veinte mil dólares, pero lo que me hizo sentir mejor fue comprobar que tenía a mucha gente conmigo que me apreciaba. Seguía en libertad vigilada; por tanto, no podía salir de Chicago en aquellos momentos, pero Tony me dijo que en cuanto consiguiera la definitiva, me llevaría a Nevada.

Cuando llegué allí, Tony ya dirigía la ciudad. Tenía a todo el mundo en nómina. Había situado a un par de tipos en la oficina del sheriff. Tenía gente en los juzgados que le entregaban actas del Gran Jurado y a unos cuantos en la compañía telefónica que le informaban sobre las escuchas instaladas.

Tony tenía la ciudad cubierta. Todos los días salía en los periódicos. Tenía chavalas que aparecían en Rolls-Royces con la única intención de salir con él. Todo el mundo quería estar alrededor de un gángster. Estrellas de la pantalla. Todos sin excepción. No entiendo qué provoca el maldito atractivo pero iba así. Apuesto a que es la sensación de poder. La gente tiene la sensación, no sé, de que estos tipos son triunfadores, y de que si les hace falta algo, ellos se lo resolverán.

Él sabía que yo era un ladrón profesional y me dijo que juntos podíamos sacar mucho dinero. A Tony siempre le hacía falta el dinero. Lo fundía con mucha rapidez. Le gustaban las apuestas en deportes y nunca estaba en casa. Siempre iba rodeado de gente. Se encargaba normalmente de pagar la cuenta en los establecimientos. Le daba igual que fuéramos diez o quince personas, él siempre pedía la nota.

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