Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Más tarde apareció el negocio de Recrion. Yo había oído decir que el Recrion estaba en venta y que Morris Shenker, el propietario del Dunes, estaba en negociaciones para comprar la empresa a Del Coleman. Resultó que Shenker ofrecía tan sólo a Coleman participaciones de cuarenta y dos dólares. Mis contables examinaron las cifras y se dieron cuenta de que se podía pedir el préstamo que fuera para comprar el Stardust y el Freemont y seguir disponiendo de efectivo para cubrir los costes.
Era el negocio de toda una vida. Llamé inmediatamente a Del Coleman en Nueva York para organizar una reunión. Cogí un vuelo nocturno y lo primero que hice aquel viernes por la mañana al llegar fue presentarme en su casa, en la calle Setenta y siete Este. Del Coleman era un hombre de un gusto exquisito y creo que por aquella época estaba casado o comprometido con una modelo famosa.
Le dije que quería comprar toda su participación en la empresa. Le conté que era el propietario del hotel y el casino Hacienda y que mi empresa me apoyaba en una oferta que yo sabía que por lo menos era dos dólares superior por participación que la que le había ofrecido Shenker. Añadí que necesitaba un poco de tiempo para conseguir el dinero pero que estaba seguro de poder conseguirlo.
Coleman dijo de entrada que estaba en negociaciones con Morris Shenker. Es más, que los abogados estaban redactando los documentos en aquel preciso instante, algo que yo ignoraba. Me dijo que si yo podía poner en sus manos el dinero él se vería obligado a comunicarlo a los accionistas, lo cual significaría que podía encontrarme en la posición adecuada para la oferta pública.
Dijo que si yo iba en serio disponía de tiempo hasta el lunes a las doce del mediodía para entregarle dos millones de dólares en un pago en efectivo no reembolsable, y que él me concedería ciento veinte días para conseguir el resto. Me mostré de acuerdo con el trato pero tragué saliva. Tenía que entregar dos millones de dólares en efectivo a Coleman el lunes al mediodía, y aun en el caso de poder reunir tal suma, era viernes por la tarde y los bancos cerraban durante todo el fin de semana. Llamé a Denny Wittman. Le dije que necesitaba un préstamo de dos millones de dólares. Él sabía lo que significaba aquello y me planteó que dispusiera de dos certificados de depósito de quinientos mil dólares que tenía nuestra empresa en el First National Bank de Nashville, Tennessee. Luego añadió que podía conseguir una póliza de crédito de un millón de dólares del mismo banco, con el que teníamos excelentes relaciones.
Telefoneé a Steven Neely, el presidente del banco, y le dije lo que necesitaba.
– Está loco -me contestó.
Le repliqué que era el negocio de toda una vida.
– Si me está hablando en serio, tendrá que venir aquí esta misma noche.
Colgué, llamé a la compañía aérea y descubrí que ya no había ningún vuelo que me acercara a Nashville para poder llegar a tiempo.
Cogí un autobús para el aeropuerto de Teterboro, en Nueva Jersey, y allí alquilé los servicios de un Learjet para llegar a destino. No llevaba dinero, pero les presenté la tarjeta de crédito y afortunadamente disponía de crédito suficiente para pagar el viaje.
Cuando aterricé en Nashville y Neely me vio salir del Lear me preguntó de dónde había sacado el avión; respondí que me lo había prestado un amigo. No me interesaba decir que había utilizado la tarjeta de crédito. Nos fuimos a su casa y estuvimos toda la noche trabajando, calculando las participaciones y garantías de la póliza de crédito.
Al día siguiente, llegó Whitman en avión. Presentó las garantías que yo necesitaba, el banco me concedió el crédito y todo quedó listo el domingo por la mañana. Volví en avión a Nueva York.
Llamé a Coleman desde el aeropuerto:
– Ya tengo su dinero, Del, y no me apetece esperar hasta el lunes por la mañana.
– ¿Tiene dos millones de dólares? -preguntó.
– En el portafolios -respondí.
Me acerqué a su casa, rellenamos los papeles y Coleman dijo que el lunes por la mañana notificaría la operación a la Comisión de Seguridad e Intercambio y paralizaría la operación del Recrion.
Volví a San Diego en avión el lunes de madrugada y me dispuse a confeccionar listas con posibles inversores. Llamé a Al Baron, pues el fondo de pensiones llevaba las hipotecas del Stardust y el Fremont, aparte de que sabía que les había complacido la operación de urbanización para el Gobierno que les había puesto en la mano. Se me ocurrió que podían estar interesados en el negocio.
Cuando conté a Al Baron lo que había hecho y que me disponía a licitar las acciones del Recrion, saltó:
– Escúchame bien, voy a darte el mejor consejo que has recibido en tu vida: olvida este negocio. Anula el trato. No sabes lo que haces. No sabes dónde te has metido.
Dijo que él no se metía ni loco en aquel embrollo. Visto con perspectiva, me doy cuenta de que me previno con todos los medios a su alcance.
Puesto que la caja de pensiones del Sindicato no se prestó a mis propósitos, intenté que otras personas del campo de la inversión me consiguieran fuentes de financiación diferentes. Uno de mis contactos en Los Ángeles me proporcionó a un tal J. R. Simplot, un inversor de Idaho interesado en la operación. Fui a verle. Se mostró muy contemporizador. Llevaba un traje de doscientos dólares. Dijo tener participaciones en hoteles y estar dispuesto a avanzarme el dinero, con la condición de acceder al cincuenta y uno por ciento de la propiedad.
No tenía la menor idea de quién era aquel individuo. Al volver al despacho llamé a Kenny Solomon del Valley Bank y le dije que me investigara a un tal Simplot. Respondió que no hacía falta investigar, que el señor Simplot podía entregarme 62,7 millones de dólares con sólo rellenar un cheque de su cuenta personal. Simplot era el productor de patatas más importante de los Estados Unidos, y tal vez McDonald's no freía una sola patata que no procediera de sus explotaciones.
De todas formas, a mí no me interesaba ceder el control de la empresa. Así pues, volví a llamar a Al Baron para decirle que a la mañana siguiente se iba a enterar de que me había convertido en socio de J. R. Simplot, de que íbamos a comprar las acciones del Recrion y a apoderarnos de la parte que tenía el Sindicato en el Stardust y el Fremont.
– No hagas ningún movimiento hasta que te llame.
Me llamó de nuevo diciéndome:
– Ven a Chicago a una reunión.
– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Vas a concederme el préstamo?
Dijo que aún no lo sabía.
Al día siguiente cogí el avión hacia Chicago, me fui a la oficina de la caja de pensiones y allí encontré a Al Baron.
– Ahora que te has metido en el juego, tendrás que utilizar el bate.
Luego me explicó cómo funcionaba aquello.
Me dijo que tenía que conocer a un administrador de fondos de inversiones, pues sólo ellos pueden formular propuestas de préstamo. Por lo visto, dichos administradores entregaban las propuestas al gestor de bienes para las diligencias requeridas; seguidamente, las peticiones pasaban a una comisión ejecutiva, que podía o no darles el visto bueno, y luego todo el consejo de dirección tenía que votarlas.
Luego, Baron me llevó a dar una vuelta por el edificio y me presentó a Frank Ranney, quien acababa de comer con Frank Balistrieri. Baron me contó que Ranney era el síndico del fondo de pensiones del Sindicato de Milwaukee, uno de los tres miembros de la comisión ejecutiva que supervisaba todos los créditos que se concedían al oeste del Mississippi, lo que incluía también a Las Vegas.
Baron me dijo que Balistrieri podía ser mi enlace con Frank Ranney. Balistrieri era un hombre muy apuesto y discreto. Me dijo que estaría encantado de echarme un cable y que la próxima vez que fuera a Las Vegas nos reuniríamos.
Volví a ver a Balistrieri cuando apareció en el Hacienda. Hablamos del crédito y del montante de la solicitud y me dijo que me ayudaría. Me dijo que en cuanto hubiera presentado la petición en Chicago me acercara a Milwaukee donde conocería a sus hijos. No sabía exactamente cómo o de qué forma encajaba Balistrieri en todo aquello, pero las cosas que no quería plantearme no me las planteaba, y Baron había precisado que Balistrieri era mi contacto clave con Frank Ranney, el síndico y miembro de la comisión ejecutiva encargada de mi crédito.