Placer Y Trabajo
- Автор: D'alessandro. Jaquie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
– Como quieras, cuando quieras y cuantas veces quieras…
Jilly se abrazó al cuello de su amante y arqueó la espalda para pegarse a él. Acto seguido, entrelazaron sus lenguas en un nuevo beso cargado de pasión. Matt deslizó las manos por debajo de la ropa de Jilly y se deleitó con el contacto de aquella piel cálida y suave. Ella ronroneó de placer y él se apartó de su boca para lamerle el cuello y la nuca.
En aquel momento, el ascensor se detuvo. En cuanto se abrieron las puertas, salieron al pasillo y caminaron hacia la habitación, besándose y tomados de la mano. Él sacó la llave de un bolsillo y se las ingenió para abrir la puerta mientras Jilly lo torturaba con sus caricias.
Preso de la ansiedad, Matt cerró la puerta con una patada. Al igual que había hecho en el ascensor, ella aprovechó la privacidad para empujarlo contra la pared. Tras besarlo frenéticamente durante algunos segundos, se apartó un poco y trató de quitarle la camiseta. Él levantó los brazos para facilitarle la tarea y la observó arrojar la prenda al suelo. Después, intentó aferrarse a la cintura de Jilly pero ella se adelantó, le tomó las muñecas y las llevó hacia la pared.
Cuando se miraron a los ojos, Matt soltó un gemido de satisfacción. Con los labios húmedos y enrojecidos por los besos, los ojos encendidos de deseo y el pelo revuelto, Jilly parecía más excitada, ansiosa y lujuriosa que nunca.
– Deja que te toque -susurró la mujer.
Él estaba tan excitado, que apenas podía hablar.
– Soy todo tuyo, preciosa.
Ella sonrió con malicia y, en menos de un segundo, pasó de la seducción salvaje a las caricias tiernas. Comenzó por besarle dulcemente la barbilla y el cuello y acariciarle el torso con la yema de los dedos. Matt cerró los ojos y apretó los puños contra la pared. Estaba desesperado por tocarla, pero le fascinaba la idea de dejarla hacer.
Entretanto, ella le recorrió el pecho con los labios entreabiertos. Le lamió las tetillas y se llevó uno de los pezones a la boca mientras le acariciaba el vientre con las manos. Siguió descendiendo con sus juegos de labios, dientes y lengua hasta alcanzar el borde de los vaqueros. Matt gimió a viva voz al sentir el roce del cabello contra los músculos del abdomen.
Abrió los ojos, bajó la vista y la observó bajar la cremallera. Contuvo la respiración y disfrutó del incomparable placer de entrar en la cálida boca de su amante. Con el aliento entrecortado, hundió los dedos en la cabellera de su amante y se deleitó con la visión de aquellos labios carnosos rodeándole el sexo.
La sensación de la lengua de Jilly deslizándose lentamente resultaba tan insoportablemente excitante, que Matt apenas podía controlar sus impulsos. Le temblaba todo el cuerpo y sabía que no podría contener el orgasmo por mucho más tiempo, de modo que le rogó que se detuviera.
– No puedo más, Jilly -jadeó-. Te deseo, te necesito y quiero entrar en ti ahora mismo.
Sin decir una palabra, ella se apartó, se incorporó y comenzó a desvestirse. Matt aprovechó para quitarse lo que le quedaba de ropa. Cuando estuvo completamente desnuda, Jilly lo tomó de la mano y lo llevó a la cama.
– Acuéstate -susurró.
A continuación, la mujer agarró uno de los preservativos que habían comprado y, en cuanto Matt lo tuvo puesto, se acomodó sobre él.
El ritmo pausado de Jilly era una dulce tortura para Matt. Mientras él se estremecía viéndola moverse, ella se apoyó sobre las rodillas y descendió lentamente sobre el pene hasta introducirlo, una vez más, en el calor de su sexo.
Matt le agarró los senos y le acarició los pezones, duros por la excitación. Sentía que Jilly era una especie de ninfa que lo rodeaba y acariciaba con su pubis húmedo y aterciopelado. Era una visión maravillosa y arrebatadora.
Extasiado, la tomó de las caderas, se enderezó y se llevó uno de los pezones a la boca. Ella le clavó las uñas en los hombros, arqueó la espalda y gimió con desesperación. Matt la sintió estremecerse y apretarse contra él ansiosamente y ya no pudo seguir conteniendo el orgasmo. Hundió la cara entre los pechos de Jilly, tensó las piernas y mientras temblaba de placer, murmuró el nombre de su amante.
Cuando recuperó el aliento, levantó la vista. Ella estaba con los ojos cerrados y se había llevado una mano a la cabeza. Matt le acarició la barbilla para llamarle la atención. En aquel momento, se miraron a los ojos y él tuvo la impresión de que una intensa corriente eléctrica le atravesaba el corazón. En toda su vida, jamás había sentido nada semejante.
Acto seguido, le soltó las caderas y le dibujó los rasgos de la cara con los dedos como si fuese un ciego tratando de ver a través de sus manos. Sentía la imperiosa necesidad de decir algo, pero la emoción le impedía hablar. Se inclinó hacia delante, recostó la frente en el pecho de su amante y murmuró una sola palabra. La única palabra capaz de resumir todo lo que estaba sintiendo.
– Jilly…
Ella le acarició el pelo y lo besó tiernamente. Después, dijo una sola palabra, pero fue más que suficiente.
– Matt…
Una hora más tarde, Jilly estaba frente al espejo, terminando de arreglarse antes de bajar a cenar con Jack. Estaba vestida con un conjunto blanco de chaqueta y minifalda y unos zapatos de tacón alto haciendo juego. Del cuello para abajo, tenía una actitud tranquila y profesional. Del cuello para arriba, parecía una mujer a la que acababan de hacerle el amor. Se había recogido el pelo, pero eso no bastaba para disimular el brillo en sus ojos, el color en sus mejillas y la leve hinchazón de sus labios. Y aunque en esa hora lo habían hecho dos veces, Jilly se moría de ganas de hacerlo otra vez.
Matt estaba detrás de ella y la miraba con detenimiento. A través del espejo, la mujer podía ver el intenso deseo que había en aquellos ojos azules. En aquel momento, él le rodeó la cintura con los brazos, la atrajo hacia sí y comenzó a besarle la nuca. Aunque Jilly sabía que necesitaba alejarse de él, no pudo evitar inclinar la cabeza para facilitarle la tarea.
– Estás preciosa, Jilly -le susurró él al oído.
Acto seguido, deslizó las manos hacia arriba y le acarició los senos por encima de la chaqueta.
– Y hueles muy bien -agregó-. ¿Qué perfume usas?
Ella estaba tan excitada, que apenas podía hablar. Respiró hondo y trató de recobrar el sentido.
– Se llama Ropa Limpia.
Él levantó la cabeza y la miró sorprendido. -¿Bromeas?
– No.
Jilly no necesitaba decirle que las caricias la desconcentraban, tanto que era incapaz de hacer algo tan complicado como bromear.
– Es exactamente a lo que hueles: a ropa limpia secada al sol -afirmó Matt.
Ella lo miró en el reflejo del espejo y sonrió, tratando de no concentrarse en la visión y la sensación de las manos sobre sus senos.
– Pues así se llama la colonia -afirmó-. Es de una perfumería que tiene varias fragancias muy interesantes. Otra de mis favoritas es «Sandía fresca».
– Suena delicioso -murmuró él mientras le mordisqueaba un lóbulo-. Adoro la sandía.
Jilly cerró los ojos y durante algunos segundos se dejó llevar por el placer del momento. Después, volvió a mirarlo a los ojos y trató de ignorar la evidente excitación de Matt.
– Me temo que, si no dejas de tocarme y de mirarme de ese modo, nunca bajaremos a cenar -dijo, como si rogara-. Y aunque bajemos, si sigues con esto, Jack se dará cuenta de qué es lo que hemos estado haciendo estos días.
– Desde que conoció a esa mujer, ha dedicado su tiempo a hacer lo mismo que nosotros, así que dudo que vaya a escandalizarse.
Sin dejar de mirarlo en el espejo, Jilly se quitó las manos de Matt del pecho y aclaró:
– No se trata de eso, pero te recuerdo que esta es una cena de negocios. Es mejor que, no mezclemos las cosas, así que nada de toqueteos hasta que regresemos a la habitación.
Él suspiró resignado.
– Supongo que los besos también están prohibidos -comentó.