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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Hacia 1962-1963, Tony se dedicó a avalar fianzas. Realmente. Recorría todas las salas de justicia del condado de Cook. Accedía a los despachos. Ojeaba los expedientes. Los muchachos de su equipo se lo facilitaban. Trabajaba con Irwin Weiner en South State Street. Weiner era el fiador de todo el mundo. Se ocupaba de las finanzas de los muchachos de Phil el de Milwaukee, y de las de Joey Lombardo y Turk Torello.

Tony tenía a seis o siete tipos que apostaban por él en distintos locales y se dedicaba al prestamismo. En una ocasión, Tony apareció por casa y me entregó seis mil dólares de una operación en la que habíamos trabajado juntos. Me dijo:

– Oye, Frank, esto es un montón de dinero. ¿Por qué no lo inviertes, como yo, en la historia del prestamismo? Ahora mismo yo tengo dinero en la calle. No te estoy pidiendo que lo inviertas todo, pero podrías poner, por ejemplo, cuatro de los grandes. Sacarías cuatrocientos dólares a la semana y dispondrías siempre de los cuatro mil, para cuando te hicieran falta.

La verdad es que no me apetecía lo más mínimo entregarle los cuatro mil dólares, así que le ofrecí invertir dos mil. Tony dijo que de acuerdo, pero comentó también que estábamos en 1961, que el dinero escaseaba y aquello implicaba que existía una gran demanda. Creyó que era una broma.

En fin, le di los dos mil y los puso a trabajar en la calle. Cada semana yo recibía doscientos dólares en efectivo. Además, teníamos las cuentas de los préstamos y conseguíamos un porcentaje de las ganancias, es decir que aquello funcionaba a todo tren. Yo también gastaba a todo tren. Siempre me han gustado los coches nuevos y flamantes. De modo que me desprendí del Ford del sesenta y uno de potente motor y me dirigí al representante del Hope Park Cadillac, al que le compré un cupé de Ville azuclass="underline" el coche que había deseado siempre.

Una noche, Tony me llevó al Steak House de la North Avenue con Mannheim Road, que era propiedad de la organización. Allí Tony quería presentarme a unos cuantos peces gordos. Aquella noche decidí pasarme a otra banda.

Jackie Cerone estaba en la barra con Sam DeStefano, El Loco, y una rubia. Los tres estaban borrachos y no hay nada peor que Jackie Cerone cuando ha bebido demasiado. Cuando entramos, pregunté a Tony quién era el menda calvo que hablaba a gritos en la barra.

Supongo que hablé demasiado fuerte, pues Tony me dijo que bajara la voz y me contó quiénes eran los dos tipos. En aquel preciso instante, Jackie Cerone cogía del brazo a la camarera y le decía que le chupara la polla. La chica se negó y él le pegó un bofetón en la cara y la echó del local.

Entonces se nos acercó Sam DeStefano, El Loco, y se puso a hablar de lo gilipollas que era Jackie Cerone. Sam también iba servido aquella noche. De pronto aparece de nuevo Jackie Cerone y pregunta a Tony quién es su amigo, refiriéndose a mí. Tony me presenta a Sam y a Jackie. Así fue como conocí a Jackie Cerone.

Permanecimos allí una hora poco más o menos. Ellos montaron un gran jaleo y mucho ruido en el local. El tal Jackie Cerone era un tipo realmente ignorante. Metía mano a todas las chicas que entraban. Le daba igual que fueran acompañadas o no.

Era bastante incómodo estar cerca de él, porque siempre tenías que andar alerta. Vigilar lo que decías. Nos quedamos allí como pasmarotes. Riéndole las gracias a Jackie para que se sintiera importante. Por fin nos largamos. Nos metimos en el coche y nos fuimos a algún otro local simplemente para alejarnos de él.

Dejé que mi dinero circulara por la calle un par de meses más, pero me fue exaltando aquello de tener que lamerles el culo, andar con tanto cuidado y la bronca constante de que tenía que deshacerme del coche. Tony sí que quería llegar a ser alguien importante en el tinglado. Yo, no.

O sea que finalmente me dije: «¡A tomar por culo el barrio! ¡A tomar por culo los mendas ésos!». Y le solté a Tony:

– Yo me lío la manta a la cabeza y me voy al este.

– ¿Pero qué dices? -respondió él.

Y le comenté que quería seguir en contacto con los suyos, pero que no hacían gran cosa y yo necesitaba actividad. Seguimos siendo muy amigos, pero como yo necesitaba acción, me empecé a relacionar con una banda de atracadores del East Side.

Según William Roemer, agente del FBI retirado, que siguió la carrera ascendente de Spilotro durante los sesenta y escribió sobre ella en su libro The Enforcer:

Tony sabía cómo chinchar a la gente. Por aquella época era fiador, yo me percaté de que me seguía al salir del gimnasio. Iba en un Oldsmobile verde. Lo hacía bien. Se mantenía bastante alejado de mí, pero hizo un par de giros que me confirmaron que iba por mí. Le permití que me siguiera hasta Columbus Park, donde lo esperé en una zona desierta.

Sabía lo que quería. Intentaba descubrir a quién veía, qué informadores tenía, porque habíamos presentado cargos contra Sam Giancana y Phil, el de Milwaukee, y ellos sabían que teníamos informadores dentro. Eso es lo que hacía para la banda, paseándose todo el día por las salas de justicia.

Me perdió de vista un rato, pero siguió en su intento. Cuando estaba a unos diez metros de mí, le apunté con la pistola gritando:

– ¿Me estabas buscando, colega?

El sobresalto le duró un segundo. Se recuperó en el acto.

– Estaba dando un paseo. Es un parque público, ¿no?

Eché una ojeada al tipo. En aquel momento no sabía que se trataba de Spilotro. Llevaba un sombrero flexible. Del estilo de los que llevaba Sam Giancana. Vestía pantalón gris, jersey gris, corbata y mocasines negros. Era terriblemente bajo, si bien de lo más eléctrico. Musculoso. No se le veía enclenque. Al contrario.

Cuando me hube identificado y le pedí el carné, me dijo:

– ¡Y a ti qué coño te importa quién soy yo! Me da igual quién seas, cabrón; a mí no tienes por qué preguntarme nada a menos que tengas una orden de detención.

Le dije que evidentemente me importaba, lo agarré por el brazo izquierdo, se lo mantuve levantado hacia atrás y le cogí la cartera. Su permiso de conducir iba a nombre de Anthony John Spilotro. Tenía que haberlo imaginado. Lo había visto fuera de la casa de Sam DeStefano. Le pregunté por DeStefano y respondió que no tenía ni idea del tipo. Quise saber por qué me seguía y dijo:

– ¿Quién te está siguiendo? Yo me paseaba por el parque. -Y cuando añadí que no me lo creía, concluyó-: Me importa un carajo lo que tú creas.

Tony era así. En lugar de seguir la corriente, camelarme, intentar hacerse el simpático, me salía con patas de gallo. Yo incluso intenté ser amable con él. Le dije que aún era joven. Era un fiador. Podía librarse del embrollo en el que estaba metido.

– Vaya, como tú, capullo -me responde-. No sabré yo cómo vives. He visto tu casa. ¡Vaya potentado! Vives en una barriada de mala muerte allí en la siderúrgica. ¿Eso es lo que tendría que hacer yo?

Tal como decía antes, Tony sabía cómo chinchar a la gente. Le advertí que si alguna vez lo veía cerca de mi casa, me lo tomaría como algo personal. Pero él, a lo suyo:

– ¡Que te la pique un pollo! -respondió.

Yo, allí entre los árboles, apuntándole con una pistola. Yo que mido metro ochenta y peso cien kilos. Si me ha estado siguiendo, está al corriente de que todos los días voy a practicar boxeo en el Y. Él no llega a metro sesenta y cinco, pesa sesenta kilos y me está hinchando las pelotas en un lugar solitario del parque. Tony era así. Te desafiaba a que lo mataras.

Le pegué un empujón y lo arrastré hacia el aparcamiento.

– ¡Lárgate de aquí, puto renacuajo! -le dije; se fue hacia el coche y se marchó.

Tras el incidente, siempre que me referí a Spilotro, hablando con mis amigos de la prensa, lo hice llamándole «puto renacuajo». Sandy Smith del Tribune, Art Petacque del Sun Times y más tarde John O'Brien del Trib empezaron a utilizar «el renacuajo» cuando escribían sobre él. Creo que en aquella época la palabra «puto» no resultaba adecuada para la prensa.

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