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Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:

Willow y Mike no podían saber quién de los dos se sentía más aliviado después de dejarse plantados en el altar el uno al otro. Después de pensarlo fríamente, se decidieron por sus carreras profesionales y dejaron la boda a un lado…
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
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– La vida sería muy sencilla si pudiéramos quedarnos aquí para siempre -dijo por fin, tumbándose de espaldas.

– La vida es sencilla. Somos nosotros los que la complicamos -murmuró él-. He estado pensando…

– Eso es peligroso con el estómago vacío.

Willow no quería complicaciones en aquel momento. Solo quería una noche hermosa, deliciosa, en la que ninguno de los dos se detuviera a pensar.

– Tienes razón.

– Me prometiste salmón ahumado.

– Salmón ahumado -suspiró él, sacando una cesta que había colocado detrás del árbol-. Pan. Y queso.

– ¿Y los aguacates?

– Mira en la cesta -sonrió Mike.

– Hay aguacates. ¿Pero las cerezas?

– No he encontrado melocotones.

– Da igual. Es perfecto.

Después de tomar un poco de queso y unas cerezas, Willow apoyó la cabeza sobre su pecho, el brazo del hombre alrededor de su cintura.

– Tú eres perfecta -dijo él entonces-. Por un momento, olvidé por qué estaba dispuesto a dejarlo todo por ti. Pero hoy… -Mike recordó entonces lo que había sentido cuando Jake Hallam lo retó, cuando tuvo que enfrentarse con el peligro de perder a Willow de verdad, cuando la imaginó con su hijo en brazos-. Hoy he descubierto que no te dejaría por nada del mundo.

– Lo sé -murmuró ella, volviéndose para mirarlo.

Sabía que su plan no era perfecto, sabía que no quería discutir y por eso lo besó en los labios.

– Willow…

– Quiéreme, Mike -susurró ella, rozando su lengua con la del hombre-. Ahora mismo.

Una vez que hubieran hecho el amor, Mike no podría alejarse.

Y Mike no deseaba otra cosa en aquel momento. Solo quería amarla. Por eso había elegido el jardín, cubierto de hierba. Solo tenía una cosa en mente y con ella en los brazos sabía que nada más tenía importancia…

En sus brazos, había una oportunidad de que Willow dijera que sí. Pero no sería suficiente, quería más. Quería algo más que una noche para recordar.

– Willow, cariño, espera… tenemos que hablar.

Ella lo miró, la luz de las velas reflejándose en sus ojos azules.

– Más tarde -murmuró, colocándose sobre él y desabrochando los botones de su camisa-. Hablaremos más tarde.

No podía ser. Tenían que hablar, pero no era fácil decir eso con las manos de Willow deslizándose su cuerpo. Las manos frías sobre su piel caliénte, la boca femenina distrayéndolo… un hombre podría ser perdonado por olvidar sus prioridades.

Sin pensar, Mike metió las manos por debajo de su camiseta, para acariciar la sedosa espalda. Cuando encontró el sujetador, lo desabrochó y, de un tirón, le quitó camiseta y sujetador por encima de la cabeza.

– Vamos a jugar -susurró ella, cuando Mike empezó a acariciar sus pechos.

– Llevas demasiada ropa.

– Caliente, caliente…

– Te quiero, Willow. Y quiero casarme contigo.

Ella tragó saliva, con los ojos húmedos.

– Caliente, caliente…

– Estoy ardiendo.

– Esa no es la respuesta.

– ¿No quieres casarte conmigo?

– Helado.

– ¿Quieres que vivamos juntos?

– Eso es -sonrió Willow-. No era tan difícil, ¿no?

No era difícil. Después de todo, era como habían empezado.

– No -dijo entonces, deslizando las manos hasta su cintura. Ella esperó que Mike desabrochara el botón de los pantalones, incluso se movió un poco, impaciente, pero él la sujetó. Si no se estaba quieta, explotaría de deseo-. Me parece que no lo entiendes, Willow. He dicho que no, gracias.

Willow frunció el ceño.

– Mike, es lo que tú querías. Dijiste…

– Tú me convenciste de que estaba equivocado. Vivir con alguien no significa nada. No es un compromiso. Lo que tú y yo sentimos el uno por el otro se merece algo más. Se merece una promesa de amor eterno. Yo te pedí que te casaras conmigo. ¿Qué ha pasado con el «me lo pensaré»?

¿Cómo podía hacerle aquello? ¿Cómo podía estropearlo todo?

– ¿Es que no te das cuenta, Mike? Yo voy a vivir en Londres, tú en Maybridge. Podríamos estar juntos los fines de semana. Podrías venir a Londres algunas veces. Pasaríamos tres o cuatro noches juntos a la semana.

– Es un concepto interesante. Pero hay que pensárselo. Y ahora, ¿por qué no volvemos al asunto de la ropa?

– ¿Qué asunto?

– Intento aguantar, pero no soy de piedra, cariño -susurró él, mirando descaradamente sus pechos desnudos.

Willow se apartó entonces y volvió a ponerse la camiseta. ¿Cómo podía hacerle eso?

Pero no era culpa de Mike. Era culpa suya.

A su lado, en la hierba, su móvil empezó a sonar. Llevaba días evitando llamadas, pero en aquel momento cualquier cosa era mejor que hablar con Mike.

– ¡Sí!

– ¿Willow?

– ¡Crysse!

– Willow, tengo que decirte una cosa. Es tan increíble… -su prima estaba llorando.

– ¿Qué te pasa, Crysse?

– Nada. Todo es perfecto. Ojalá estuvieras aquí. Estamos en Santa Lucía…

– Lo sé. ¿Lo estáis pasando bien?

– Sí. Pero… no sé cómo decirte esto.

– Dilo, Crysse. Di lo que sea.

– Sean me ha pedido que me case con él. Vamos a casarnos aquí…

– ¿Qué pasa? -preguntó Mike.

– Crysse y Sean van a casarse.

– ¿Willow? -la llamó su prima.

– Perdona, le estaba dando a Mike la noticia.

– ¿A Mike? ¿Es que habéis vuelto? ¡Eso es maravilloso! Sean quería que él fuera el padrino, pero yo le dije que era imposible… ¡Pero ahora podéis venir!

Mike estaba oyendo los gritos y le quitó el teléfono de las manos.

– Crysse, ¿cuándo es la boda…? Allí estaremos. Sí, no te preocupes, hablaré con Sean… Y felicidades.

– Gracias -dijo Willow cuando colgó, tomando su mano.

– ¿Por qué?

– Porque esto es obra tuya. No sabes lo que significa para mí… Gracias -murmuró. Después, apartó la cara para que no viera que estaba emocionada-. Está empezando a hacer frío.

– Y mañana es un gran día para ti.

– Sí -dijo ella. Willow intentó apartar la mano, pero él no la soltaba.

– ¿Estás llorando?

– Claro que no. ¿Por qué iba a llorar?

– De felicidad -sonrió Mike, secándole las lágrimas con la mano-. O eso, o se te ha roto un grifo.

– No…

– ¿Qué?

– No me hagas reír.

– Ni se me ocurriría -dijo él, apretándola contra su pecho-. Venga, llora lo que quieras. Te sentirás mejor.

Por un momento, Mike pensó que ella iba a sucumbir a la tentación y soltar todo lo que llevaba guardado durante días. Y, por un momento, sintió que él quería hacer lo mismo. Pero entonces Willow se puso de pie.

– ¿Seguro que no te importa ir a Santa Lucía?

– Claro que no. Es mi obligación. Y si a última hora se arrepiente, no le aconsejaré que salga corriendo. Le diré que, por experiencia, lo mejor es quedarse y hacer que el matrimonio funcione.

– Supongo que yo debería hacer lo mismo por Crysse. Pero ella no es tan tonta como yo.

– Tú no eres tonta. El tonto soy yo -dijo Mike. Willow iba a discutir, pero él la tomó por la cintura y la empujó hacia la casa-. Vete. Yo limpiaré todo esto. Te despertaré mañana por la mañana.

– Tenemos que hablar con Emily…

– Yo lo haré.

– Al menos, no tendremos que hacer las maletas.

– No, es verdad.

Sus maletas estaban hechas, esperando una luna de miel que no había tenido lugar.

Willow caminó despacio hacia la casa. Necesitaba a Mike. Lo necesitaba a su lado, sujetando su mano, pero él tenía razón. Tenían que aclarar dónde iban y lo que querían. Y ella tenía que hablar con su familia. Hacer las paces con su madre.

Antes de marcar el número, tuvo que respirar profundamente.

– ¿Mamá? Soy Willow. Perdóname…

Mike guardó las cosas en la cesta y se apoyó en el árbol, pensando en su futuro. Unos segundos después, en la oscuridad apareció un punto de luz. Willow estaba en la casa. La imaginaba preparándose para su gran día, el almuerzo con Toby Townsend del Globe. Se merecía una oportunidad. No creía que, al final, fuera tan importante, pero era ella quien tenía que decidir eso.

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