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Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:

Willow y Mike no podían saber quién de los dos se sentía más aliviado después de dejarse plantados en el altar el uno al otro. Después de pensarlo fríamente, se decidieron por sus carreras profesionales y dejaron la boda a un lado…
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
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– ¿La semana pasada? -repitió Willow. Era allí donde había estado cuando fue a buscarlo a la oficina y no lo encontró-. Estuve buscándote. Incluso te escribí un mensaje, como solías hacer tú.

– No lo recibí.

– Porque no lo envié. Quizá me di cuenta de que todo se había terminado. ¿Me habrías contestado? ¿Me habrías dicho dónde estabas?

– Probablemente, no.

– Ya. Y yo nunca habría imaginado que estabas aquí -dijo ella, con tristeza-. ¿Qué son todas estas herramientas?

– Sierras, tornos, planchas… -Mike le enseñó el taller, explicándole para qué valía cada cosa, como si fuera una simple cliente.

– ¿Y tus diseños? Si yo quisiera encargarte un mueble…

– Willow, por favor.

– Quiero saberlo todo.

– Estoy intentando explicártelo.

– Entonces, háblame de tus diseños.

Mike le dio una carpeta llena de diseños y fotografías.

– ¿Tú has hecho todo esto?

– Sí.

– ¿Esto también? -preguntó Willow, señalando un escritorio.

– Sí. Me lo encargo Fergus Kavanagh. El propietario de la residencia. Para su mujer.

– ¿Cuánto costaría un escritorio como éste?

Mike le dio una cifra y Willow abrió los ojos como platos.

– Se tarda mucho en hacer una pieza como esa.

– ¿Trabajas solo? ¿No tienes ayudantes?

– No. Supongo que siempre he sabido que, algún día, tendría que dejarlo todo.

– Pues harías mal. El Chronicle no puede compararse con esto. ¿Cuándo lo supiste?

– ¿Que no podía abandonarlo?

– No. ¿Cuándo supiste que esto era lo que querías hacer?

– En el colegio. Cuando debía estar estudiando latín, no podía salir del taller. El olor de la madera me atraía como si fuera el olor de una tarta. Y como mi profesor se dio cuenta de que nunca iba a ser un buen alumno de lenguas muertas, debió pensar que podía aprender a hacer algo con las manos. Una vez que hice mi primer objeto de madera, me quedé enganchado.

– Pero luego estudiaste Económicas en la universidad. ¿Por qué?

– Porque me lo pidió mi padre. Yo quería estudiar diseño, pero a él le parecía una locura e insistió en que me dedicara a algo más práctico. Mientras estudiaba, visitaba museos, galerías de arte y trabajaba con artesanos para aprender el oficio. Cuando terminé la universidad, mi padre me pidió que trabajase un año en el periódico. Era mi obligación y… en fin, cuando me di cuenta de que cada vez que yo capitulaba, él se convencía más y más de que, al final, iba a ganar, decidí marcharme.

– ¿Y viniste a vivir aquí?

– Sí -contestó Mike-. Cuando llegué, solo era un establo y nadie lo quería. Conseguí reunir dinero, intercambié mano de obra por alquileres baratos y… fíjate, al final mis estudios de económicas me vinieron muy bien.

– ¿Todo el edificio es tuyo?

– El banco y yo tenemos un acuerdo. Mientras siga pagando la hipoteca todos los meses, me dejan creer que lo es -sonrió Mike-. ¿Quieres ver dónde vivía antes de conocerte?

– No vivías. Vives. Has decidido quedarte, ¿no? Nunca volverás al periódico.

– Nunca es una palabra imposible. Creí que no volvería nunca, pero lo hice en cuanto mi padre se puso enfermo -contestó él-. Y lo haría otra vez, pero solo para buscar un comprador. ¿Crees que hago mal?

– Ha habido un periódico de la familia Armstron en Melchester desde que se inventó la imprenta.

– Lo sé. Ojalá las cosas fueran diferentes. Me gustaría ser el hijo que desea mi padre, el marido que tú esperabas que fuera. Lo intenté, de verdad, pero mi corazón no estaba en ello.

– Entonces, haces bien en alejarte. Un periódico como el Chronicle debe tener corazón.

– Estoy empezando a darme cuenta de eso -murmuró él-. No ocurre lo mismo con el Globe -añadió. Willow no dijo nada-. ¿Seguimos con la visita turística? -preguntó, ofreciendo su mano.

Willow sabía que no debía tomarla, que no debía subir a su mundo. Sabía que eso le rompería el corazón.

Pero nada hubiera podido detenerla.

Capítulo 7

Willow subió los peldaños de madera, imaginando que el apartamento sería un sitio especial. Nada podía haberla preparado para la elegancia y la sencillez del hogar que Mike había creado en aquel antiguo pajar.

– Es precioso.

Era más que eso. Era todo lo que ella siempre había querido. Pequeño, con todo a mano, sin demasiados adornos, un lugar para vivir, en lugar de un sitio para enseñar a los invitados. Un contraste total con la enorme casa que la había esperado en Melchester, dispuesta a absorberla, a convertirla en una esclava.

El suelo era de madera clara, las paredes pintadas de color crema, los muebles preciosos, de madera pulida.

Willow sabía que Mike la estaba mirando mientras recorría el sitio que él había construido con sus propias manos. Entre el salón y el dormitorio había un biombo de madera. Dos escalones separaban ambas habitaciones. En el dormitorio, un colchón colocado sobre una plataforma de madera bajo una claraboya.

– Es tan… agradable.

Tenía la boca seca, pero debía decir algo.

– Era la única forma de hacer sitio para un baño. Además, es precioso estar tumbado mirando las estrellas.

Hubo una pausa que pareció durar una eternidad mientras Mike se preguntaba qué diría Willow si la invitaba a quedarse. Y ella se preguntaba qué diría si él se lo pidiera.

– Deber ser como dormir al raso.

– Mejor. Aunque haga mucho frío fuera, debajo de las mantas siempre hace calor. Y cuando llueve, no te mojas.

En aquel momento, Willow no podía pensar en nada mejor que meterse en aquella cama con Mike y quedarse allí durante una semana.

Una semana o un mes, los problemas seguirían esperándolos.

A un lado de la habitación estaba el baño, de color blanco con grifos de hierro y tras un biombo, en el salón, la cocina, como las que aparecían en las revistas. Mike había hecho todo aquello. Y era precioso.

– ¿Por qué no me lo habías contado?

– ¿Que era carpintero por vocación y solo estaba en el periódico durante unos meses? ¿La verdad?

Willow pensó que su definición como carpintero era muy poco acertada. Un carpintero era alguien que hacía puertas y ventanas. Mike era un artista.

– Toda la verdad.

– No va a gustarte.

– Supongo que no. Por eso no me lo habías contado antes. Pero si no quieres que me vaya ahora mismo, no tienes elección.

Willow esperó, conteniendo el aliento, hasta que él asintió. Después, dejó caer el bolso y se sentó en el sofá, esperando.

Mike se sentó en un sillón, frente a ella, con las piernas estiradas. Nervioso, se pasó una mano por el pelo.

– No te lo dije porque pensé que no estarías interesada en un hombre que se gana la vida con sus propias manos.

– ¿Y por qué me has juzgado de esa forma? -preguntó ella, sorprendida-. No, es mucho más que eso, Mike. No te molestaste en contármelo porque nunca te tomaste nuestra relación en serio.

Mike no se defendió. No había defensa, en realidad. Willow tenía razón.

– Empezó así -admitió por fin-. ¿No es así como empiezan todas las relaciones?

– La nuestra también terminó así. Háblame de lo que pasó en medio.

– ¿Te refieres a cuando me di cuenta de que estaba enamorado de ti?

– ¡No digas eso! ¡No me quieres! Me mentiste.

– Entonces, te refieres a cuando me di cuenta de que no podía vivir sin ti.

– Pasemos a cuando te diste cuenta de que sí podías vivir sin mí -dijo ella, con amargura-. ¿Lo decías de corazón cuando me pediste que me casara contigo?

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