Vidas soñadas
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
– Claro que sí -contestó él, apoyando los codos sobre las rodillas-. ¿Y tú? ¿Lo decías de corazón cuando aceptaste?
Willow hubiera querido tirarse sobre él, sacudirlo por ser tan tonto.
– Me gustaría tomar algo -dijo con voz temblorosa. Pero necesitaba respuestas. Todas ellas.
– ¿Té, café? No tengo leche…
– Creo que esta situación está pidiendo a gritos algo más fuerte que un té.
Mike no discutió. Una copa significaba que ella tendría que quedarse y darle tiempo para explicar todo lo que tenía que explicar. Abrió un armario v sirvió dos vasos de coñac. Cuando lo puso en sus ma nos, se dio cuenta de que Willow las tenía heladas
Sin pensar, cerró sus manos sobre las de ella y las apretó. Tocarla era lo único que deseaba en el mundo. Tocarla, abrazarla, decirle que la quería.
Pero eso sería un error. Le había dicho que la quería y tenía que demostrárselo. De modo que se sentó a su lado.
– Tienes frío.
– Sí -murmuró Willow, tomando un sorbo de coñac. No protestó cuando él puso sus piernas sobre sus rodillas, acariciándola para hacerla entrar en calor.
Para Mike era más fácil hablar con ella sin tener que mirar aquellos ojos azules que parecían exigir su alma en bandeja.
– Tienes razón. Al principio, no me tomé en serio nuestra relación. No pensaba quedarme en Melchester el tiempo suficiente.
– Eso es sinceridad… brutal, diría yo.
– Y como ser el jefe me daba una injusta ventaja…
– Eres un…
– Lo sé. Pero me equivoqué. Tú tenías una imagen de mí… ¿qué iba a decirte? «Lo siento mucho, Willow, pero en realidad no soy el director de la editorial». «Ven a ver lo que soy de verdad…»
– Ojalá lo hubieras hecho.
– Lo siento, Willow. Lo he estropeado todo y lo siento de verdad.
– Yo también. Pensaba confiar en ti el resto de mi vida…
– Solo hasta que tuvieras una oferta mejor -la interrumpió Mike.
– No es tan sencillo.
– No, cariño, nunca lo es.
– Ojalá me lo hubieras dicho. Al principio. Ojalá me hubieras traído aquí.
Mike pensó cómo sería haber tenido a Willow en sus brazos, con nada entre ellos y las estrellas más que un trozo de cristal.
– Yo también.
– Deberías haber confiado en mí -murmuró ella, bajando las piernas.
Mike se sentía enfermo por haberlo estropeado todo.
– Me equivoqué contigo. Cal me lo advirtió. Él veía… pero yo creí que solo estabas haciendo tiempo en el periódico hasta que encontraras al hombre de tus sueños -dijo entonces. Willow lo miró, atónita-. Alguien con el apellido adecuado, una adecuada cuenta corriente… Alguien de tu círculo.
– Ah, ya -murmuró ella, ofendida-. Y yo me decía a mí misma ayer que no te gustaban las tontas. No se me había ocurrido pensar que me habías tomado por una.
– Y no lo eres. Solo que…
– ¿Qué? Has empezado, Mike. Termina lo que estabas diciendo. Estoy deseando saber por qué crees que no tengo nada en la cabeza.
Él no había dicho eso. No lo había pensado. Los dos lo sabían.
– Cada vez que iba a buscarte a la oficina, estabas cubriendo algún baile de sociedad, algún asunto benéfico… -Mike recordó el día que se conocieron, ella con una copa de champán en la mano, rodeada de admiradores-. La vida social es lo tuyo. Es tu mundo.
– ¿Y qué? Me enviaban a cubrir esos eventos porque todo el mundo me conoce en Melchester. Hablan conmigo y me cuentan cosas porque me conocen desde que era pequeña. Pero también he escrito artículos sobre adolescentes con problemas, sobre mujeres maltratadas… Quizá esos días no leíste el periódico. No escribo solo naderías.
– ¿El día de San Valentín no es una nadería?
Willow se puso colorada.
– ¡Es una maldita fiesta y alguien tiene que cubrirla! No creí que fuera verdad cuando dijiste que no leías el periódico. Pero veo que es así.
– No es… yo… pensé que si me distanciaba no acabaría hundiéndome… -no podía seguir. Era absurdo. No había forma de explicarlo-. No acabaría cayendo en la tradición familiar. Es difícil resistir cuando todo el mundo espera algo de ti. Cuando tus padres llaman para decir que te necesitan… y no hay nadie más.
– Lo que quieres decir es que, si te casabas conmigo, tendrías que seguir en el periódico para siempre, ¿no es eso? ¿Que ibas a sacrificar tu vida por mí?
– Sí.
– ¡Idiota!
– Cal no pensaba eso…
– A mí me da igual lo que piense tu amigo. ¡Quiero saber por qué no me lo dijiste!
– Lo intenté. Iba a traerte aquí, a contártelo todo. Y entonces mi padre nos regaló la casa y vi la ilusión que te hacía, cómo te gustaba… -Willow lo interrumpió con una mueca de sarcasmo- excepto los grifos.
– Yo odiaba esa casa, Mike.
– Por favor, no tienes que disimular. Estabas loca con la casa. Dijiste: «No me lo puedo creer. Esto es más de lo que yo esperaba. No sé qué decir, estoy abrumada» -dijo Mike, imitando la voz que Willow había puesto para disimular su angustia-. Esas fueron tus palabras exactamente. Lo recuerdo muy bien.
– Pues deberías haber pasado menos tiempo aprendiendo a imitar mi voz y un poco más a pensar qué quería decir en realidad.
– Te vi, Willow. Sé que te gustó la casa. Y que habrías cambiado los grifos en un momento.
– Los grifos, los nichos en la pared, la chimenea de mármol, las lámparas… No te enteras de nada. Eso son detalles. No era de ti de quien quería alejarme, era esa casa y todo lo que significaba. No soy una mujer de su casa y esa mansión… era como estar en una película de Doris Day.
– Entonces, ¿de verdad no te gustaba? ¿Y por qué no me lo dijiste?
Willow dejó su vaso sobre la mesa. No necesitaba coñac, necesitaba que Mike la entendiera.
– Tu padre acababa de regalarnos una casa que valía medio millón de libras, Mike. ¿Qué iba a decir?: ¿Muchas gracias, señor Armstrong, pero tiene usted un gusto horrible y no viviría en esta casa ni por todo el oro del mundo? Me enseñaron a dar las gracias cuando alguien te regala algo, aunque sea un exprimidor espantoso.
Mike la miró, sin saber qué decir.
– ¿El exprimidor también?
A Willow le hubiera gustado soltar una carcajada. Afortunadamente, no lo hizo.
– ¿Cómo has podido hacerme esto? Ahora entiendo por qué parecías tan distante -murmuró, levantándose. Tenía que salir de allí, ir a alguna parte y llorar como había querido llorar desde el sábado-. No te culpo por marcharte de la iglesia. Debías odiarme… -se le rompió la voz y Mike la rodeó con sus brazos.
– Cariño, yo no podría odiarte nunca.
– No confiabas en mí. No me conoces en absoluto
– Te quería. Y solo quería que fueras feliz.
«Te quería». En pasado. El corazón de Willow se rompió y tuvo que apartarse de él a toda prisa. A pesar de todo, si Mike hubiera dicho «te quiero», en presente, podrían haber podido rescatar su amor. Pero «te quería»… eso le decía exactamente dónde estaban.
– Para ser feliz necesito un hombre en el que pueda confiar, un hombre en el que pueda creer… sea cual sea su trabajo. Siento decirte que tú me has fallado en todo.
Willow se dirigió hacia la escalera.
– ¿En todo?
Ella contuvo el aliento. ¿Cómo se atrevía a reducir lo que había habido entre ellos a eso?
– El matrimonio no es solo sexo. En la riqueza y en la pobreza… El matrimonio es como los diamantes. Para siempre -dijo Willow, sacando el anillo del bolso y dejándolo sobre una repisa-. Aprende la lección, Mike. La próxima vez, asegúrate de ser sincero…
– No habrá una próxima vez. Solo desearía… habértelo contado antes. Tenías razón. Podríamos haberlo tenido todo. Aún podemos, Willow. No te vayas.