Entre el amor y el deber
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
– No lo dudo, pero, en cuanto veas a tu marido, vas a tener otras cosas en las que pensar. Vamos, Jaime, vamos a buscar al tío Marcos.
Heather observó cómo se alejaban.
– Elana…
– ¿Qué pasa?-dijo la mujer volviéndose-No me digas que estás asustada…
– ¿Cómo lo sabes?
– Eres transparente en lo que a Raúl se refiere.
Cuando llegaste aquí, Marcos me dijo literalmente: «Hay una mujer que quiere ver a Raúl. Ojala algún día alguien me quiera como ella lo quiere a él».
– ¿Dijo eso?
– Y mucho más. Por lo visto, cuando Raúl entró y os vio juntos, se enfadó tanto que Marcos temió que le fuera a pegar.
– No sabía que Raúl pudiera ponerse así.
– Nosotros, tampoco. Fue entonces cuando Marcos se dio cuenta de que él también estaba enamorado de ti. Por eso, no debes preocuparte por nada. El amor encontrará el camino.
– Gracias, Elana. Eres maravillosa. Te debo un favor.
– Te tomo la palabra.
Aunque sintió una punzada de dolor al separarse de su hijo, pronto se puso manos a la obra con la ayuda de Tekoa y Pango y todo estaba preparado cuando oyó el motor de la avioneta.
Nunca el vuelo desde Formosa se le había hecho tan largo. En cuanto aterrizaron, Raúl salió corriendo del aparato para enseñarle a su mujer los planos de su nuevo hogar. También le llevaba una carta en la que le informaban de que una de las plantas que había mandado a la universidad porque no podía identificarla había resultado ser una especie que no estaba catalogada. Querían hablar con ella cuanto antes para que Heather decidiera el nombre que le quería dar a su hallazgo.
Estaba tan orgulloso de ella que se moría de ganas por ver su cara cuando le diera la carta. Sin embargo, se olvidó de todo al entrar en la cabaña.
Vio a su mujer en el centro de la habitación con el mismo vestido que llevaba el día que la vio tocando por primera vez.
La luz de las velas alumbraba la estancia y arrancaba reflejos de su precioso pelo rubio mientras ella lo miraba con sus maravillosos ojos azules.
Dios. Qué maravilla.
Heather le sondó haciendo que se estremeciera.
– Buenas noches, doctor Cárdenas. Soy Heather Sanders. Aunque no habíamos coincidido nunca, los Dorney me han hablado tanto de usted que es como si lo conociera de toda la vida. Pase y póngase cómodo -le dijo indicándole una silla. Cuando lo tocó, Raúl sintió una descarga eléctrica y se tuvo que sentar porque las piernas no lo tenían en pie-. Me han dicho que la vida en la selva es muy dura, así que espero que le guste la cena. Primero, tome un poco de vino.
Raúl no necesitaba beber. Ya estaba flotando solo de verla. El aroma a flores que emanaba su cuerpo era como una droga.
– He dejado el piano de forma profesional, pero sigo tocando de vez en cuando. Me han dicho que a usted le encanta la música, sobre todo Rachmaninoff. Qué coincidencia porque esta noche me apetece interpretar algo suyo. Voy a ejecutar dos piezas para usted que sé que le van a encantar y luego tendrá que perdonarme porque tengo que ir a reunirme con mi esposo. Verá, es la primera noche de nuestra luna de miel y no quiero perdérmela por nada del mundo. Supongo que lo entenderá.
A Raúl se le cayó la copa de vino.
A los pocos segundos, estaba oyendo la misma maravillosa música que le había hecho presentir que la mujer que la estaba interpretando era la mujer de su vida.
Movido por un deseo incontrolable, se colocó detrás de ella, pero no la tocó hasta que terminó.
– Me siento como cuando te estaba oyendo interpretar a Brahms en la puerta de tu cubículo de ensayo en Nueva York. Se me sale el corazón del pecho y me tiembla todo el cuerpo. Te deseo por encima de todo.
Ella se levantó y le pasó los brazos por el cuello.
– Mientras viva, nunca me olvidaré de lo que pasó en Nueva York, pero entonces no era tu mujer y no teníamos un hijo. Te quiero como no te puedes ni imaginar, Raúl. Quiero demostrártelo, enseñarte lo que hay en mi corazón.
– Lo acabas de hacer con la música -susurró él-Ahora me toca a mí. ¿Dónde podemos estar solos y tranquilos?
– Aquí.
– ¿Sabes lo que quiero hacer?
– Sí. Yo también lo deseo.
– Entonces, ven aquí, muchacha.
REBECCA WINTERS