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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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– Y qué mal lo llevas tú de rebote, Elana -bromeó Heather.

Las dos se habían hecho muy amigas en aquellos cinco meses. Cinco meses viviendo con Raúl, quien se comportaba como si fuera su hermano mayor.

Había habido dos breves momentos de intimidad, pero tras la llegada del piano, Raúl se había limitado a besarla de vez en cuando en la mejilla o a hacerle alguna caricia. Hacía meses que no le acariciaba la tripa.

Aquello era la prueba fehaciente de que no estaba interesado en ella. Le costaba creer que hubiera compartido una noche ardiente con él.

No era el mismo. Si supiera el daño que le producía saber que ya no la deseaba.

Raúl solo pensaba en su hijo. Se había vuelto taciturno y Heather solo le encontraba una explicación: que creyera que podía haber dificultades en el parto.

Con alguna dificultad, se bajó de la mesa.

– El otro día, Raúl me llevó a ver un poblado Toba y en el camino vimos un armadillo olfateando un hormiguero. La pobre estaba tan embarazada que apenas se podía mover. Raúl no paraba de reírse. Seguro que me estaba comparando con ella. ¡Fue horrible!

– Yo no le daría demasiada importancia. No te quita el ojo de encima.

– Yo podría decir lo mismo de Marcos contigo.

– Ya veremos lo que le dura.

– Yo llevo aquí cinco meses y he visto que, siempre que puede, está contigo. Raúl me ha dicho que Marcos ha renovado contrato por otro año, pero esto es un secreto.

– ¿De verdad?

Heather vio que Elana estaba contenta con la noticia.

– Bueno, ¿qué me dices?

– Todo va bien, pero el jefe tiene razón. Nada de tocar el piano.

– ¿Lo dice él o mi ginecóloga?

– Lo siento, pero estás entrando en el noveno mes. Tienes que procurar tener los pies en alto para que no se te hinchen.

– Eso no me deja muchas opciones.

– Se me ocurre una que todavía no has probado-aventuró Elana-. No lo digo para que te sientas incómoda, pero, para ser una mujer tan apasionada por la decoración, el tema de la equipación infantil lo tienes un poco abandonado.

– Raúl se está ocupando de eso -contestó Heather pensando en cómo estaba de llena la cabaña de cosas para el niño-. ¿Ha hablado contigo?

– Últimamente, no habla con nadie -dijo Elana enarcando las cejas.

Heather se sintió culpable.

– Perdona, no quería que te pusieras a la defensiva.

– No pasa nada.

– Todo cambiará cuando nazca el niño.

En cuanto ella volviera a Estados Unidos, la vida de Raúl volvería a la normalidad. Solo lo había visto feliz en Nueva York, cuando se había producido aquel encuentro de consecuencias impensables.

– Gracias por todo -le dijo a Elana.

– De nada. Raúl me ha dicho que te ha llegado algo por correo. Tekoa te lo ha dejado en tu cabaña.

– Estupendo. Te veo en la cena.

– No. A partir de ahora, solo me verás cuando vaya a visitarte.

Heather asintió y se fue. Tardó más de lo habitual en llegar a la cabaña, donde encontró un pequeño paquete sobre la mesa.

Con curiosidad miró el remitente. Era de su padre.

Le temblaban las manos de la emoción mientras lo abría. Era un precioso faldón de bautizo con gorrito a juego.

Con este faldón te bautizamos. Tu madre lo tenía guardado para dártelo cuanto tuvieras un hijo. Ese momento ha llegado. Iré en breve.

Tu padre, que te quiere con todo su corazón.

Su padre creía que todo iba bien. De nuevo se encontró viviendo una mentira, mintiéndole a él y a Raúl…

Se tumbó en la cama y lloró amargamente lo que no había llorado en semanas.

– Dios, Heather…

Al oír a Raúl, intentó controlarse porque no quería que la viera así.

– ¿Qué haces aquí? -lo increpó.

– Pensé que podías necesitarme.

De nuevo, su agobiante protección.

– Estoy bien. Deberías estar terminando el censo.

– ¡Al diablo con el censo!

A Heather no le dio tiempo a sentarse y él ya estaba en la cama, abrazándola y dándole besos de consuelo por la cara. Cuanto más la besaba, más débil se sentía. Sus defensas se desplomaban.

– Heather, has sido muy valiente. Todo el mundo aquí te adora, todos quieren cuidarte. Sé los sacrificios que has hecho. Lo sé todo, amor mío.

– ¿Qué sacrificios?

– ¿ Crees que no recuerdo que, nada más llegar, dijiste que vivir en este sitio era durísimo? ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo has intentado llenar las horas aun a riesgo de enfermar? La reacción ante el regalo de tu padre no hace sino confirmarlo. Ojala pudiera meterte en un avión y mandarte a Estados Unidos, pero es muy arriesgado en tu estado.

Dios mío. Su matrimonio estaba realmente condenado.

Había interpretado tan bien su papel que Raúl se sentía culpable por haberla hecho ir al Chaco con ella.

Peor. Le acababa de decir que la dejaría inmediatamente si no fuera porque le preocupaba su embarazo. Eso quería decir que, cuando llegara el momento, no tendría problema en dejarla ir.

– Elana me ha dicho que me meta en la cama. ¿Estoy grave? -Preguntó con voz débil-Tengo toxemia, ¿ verdad?

– Sí.

– ¿ Cuánto tiempo llevo con la tensión por las nubes?

– Bastante, pero no hay que preocuparse.

– Pero el niño nacerá por cesárea y será prematuro, ¿no?

– Eso no es grave, como si quiere nacer esta noche. Lo que me preocupa es tu salud -dijo abrazándola con fuerza-. Túmbate y descansa, mi amor. No vaya dejar que te pase nada. ¿Sabes cuánto tiempo llevo queriendo abrazarte así? -Añadió con voz temblorosa acariciándole la tripa-. ¡Vaya, cómo se mueve! No me extraña que no durmieras bien. ¿Has pensado en algún nombre?

Heather sintió ganas de llorar de nuevo.

– Si es niño, me gustaría ponerle Jaime Ramón, en honor de tu padre y de tu tío. Además, Jamie, en inglés, también me gusta.

– Me has leído el pensamiento -dijo acariciándole la frente. La más mínima caricia la hacía sentirse en la gloria-A ver si adivinas qué nombre me gusta si es niña.

– Ni idea -dijo ella sin mirarlo.

– Phyllis me dio la idea sin saberlo.

– ¿Cuándo?

– En nuestra boda. ¿Te da eso alguna pista?

– No -murmuró torturada ante su cercanía.

Aunque sabía que no la quería, si seguían así un minuto más se lanzaría a su cuello.

– Te voy a dar otra pista: «Boda en Troldhaugen».

Heather parpadeó. La pieza preferida de su madre.

– ¿Solveig?

– Sí… Phyllis me dijo que tu madre quería llamarte así, pero, al final, tu padre eligió Heather tras pasar unas vacaciones en Gran Bretaña. -Sabía que mi nombre lo había elegido mi padre, pero no sabía nada de las preferencias de mi madre -dijo mirándolo a los ojos.

– ¿Te gusta? -le preguntó mirándole la boca.

– Sí. Es muy bonito -contestó bajando la mirada-Perdona, tengo que ir al baño -añadió levantándose con ímpetu. Raúl no tuvo más remedio que soltarla.

Cuando, al cabo de unos minutos, salió del baño se lo encontró de pie y pálido.

– No me había dado cuenta de que te diera asco que te tocara. No te preocupes, no volveré a hacerlo a no ser que sea estrictamente necesario.

– No ha sido…

– Tienes que acostarte y mantener los pies en alto -la interrumpió-. Obviamente, cuando estoy cerca de ti, no descansas, así que me voy a ir. Te traerá la comida y la cena. ¿Necesitas algo más?

Heather negó con la cabeza.

– No te tienes que ir, Raúl. Tú también vives aquí.

– Ahora, es tu habitación. Juan vendrá luego a ver cómo van tus constantes vitales -le dijo en su perfecto papel de médico. Heather no pudo oponer resistencia. Se tumbó y él la descalzó. Tenía los pies hinchados-A ver las manos.

Heather se las dio. Hacía tres meses que se había tenido que quitar la alianza y la había guardado en un cajón.

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