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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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«Por favor, no me digas esas cosas», pensó ella viéndolo marchar.

Sus gestos y su amor eran completamente falsos. Raúl era noble e iba a desempeñar su papel hasta el final porque le iba a dar un hijo, pero no podía quitarse de la cabeza que no había hecho nada para impedir que se fuera de Zocheetl. Si la avioneta no se hubiera estrellado, estaría en Salt Lake sin saber siquiera que estaba embarazada.

Cuando hubiera nacido el bebé, le habría escrito para decirle que tenía un hijo y él habría ido a visitarlo inmediatamente. Para entonces, ella tendría su vida y habrían podido acordar algún régimen de visitas.

¿Por qué se habría estrellado la avioneta?

Se secó las lágrimas con la colcha y sacó de su bolso un cuaderno. Había llegado el momento de escribir a Franz.

Su mentor merecía conocer la verdad. Nunca había querido ser concertista de piano. Si hubiera seguido adelante para satisfacer a Franz y a su padre, habría terminado con los nervios destrozados.

Antes de que aquello ocurriera, Raúl había aparecido en su vida y el embarazo había decidido su futuro.

Querido Franz:

Supongo que tu doncella te diría que me he tomado unas pequeñas vacaciones. Así ha sido. No estaba previsto, pero esas vacaciones han terminado en matrimonio.

Me he casado con el doctor Raúl Cárdenas, en Buenos Aires, pero vivimos en el Chaco de Argentina, en un pequeño poblado indígena llamado Zocheetl. Estoy embarazada y daré a luz dentro de cinco meses y tres semanas.

Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que no quería ser concertista de piano, pero cuando conocí a Raúl en junio me di cuenta de que lo necesito como la tierra al sol. No puedo decir de él más que es lo mejor del mundo.

La música siempre estará presente en mi vida, pero el matrimonio y la maternidad es a lo que de verdad quiero dedicarme.

Espero tener noticias tuyas. Prometo escribirte.

Recibe todo mi cariño,

Heather

También escribió a su padre, a los Dorney, a los tíos de Raúl y a su agente. Par cuando terminó todas, se le había hecho la hora de ducharse y arreglarse para la cena.

Lo mejor en la selva era llevar pantalones largos, pero, como era una ocasión especial para Raúl y el hospital estaba cerca, decidió ponerse un vestido que se había comprado en Buenos Aires.

Era un vestido sencillo, de verano, blanco y que llegaba a la altura de la rodilla, que iba estupendamente con sus sandalias de piel italianas, también en blanco.

Aunque con la escayola le fue difícil, consiguió hacerse una coleta y ponerse perfume. Solo se puso un poco de pintalabios porque con aquel calor no necesitaba colorete y sus pestañas estaban bien por sí solas.

Tenía que dar la impresión de que su matrimonio iba de maravilla. Como Raúl no había llegado a recogerla, decidió ir ella al hospital para ahorrarle un viaje.

Al entrar, se encontró con dos hombres de aspecto europeo que debían de andar por los cuarenta y que iban vestidos con camisas de manga corta y sombreros de paja. La miraron como si nunca hubieran visto una mujer. Uno, en especial, la miraba con ojos lujuriosos. Heather se estremeció y se dirigió hacia la puerta que daba al vestíbulo.

– ¿Señorita? -dijo el de la mirada ofensiva poniéndose en pie.

– Señora. Soy la señora de Cárdenas -contestó ella asqueada.

– ¿Es usted la mujer del doctor? -preguntó el tipo sorprendido.

– Exacto. ¿Necesitan algo?

– Están operando a uno de mis ayudantes.

– Voy a ver qué tal está. Le diré a una de las enfermeras que salga a hablar con ustedes.

Heather se perdió por el pasillo rápidamente y se encontró con Raúl, que acababa de salir del quirófano.

Nunca lo había visto con mascarilla y gorro.

Por primera vez, se dio cuenta de lo que significaba que su marido estuviera entregado a salvar vidas.

– ¿Qué te pasa? -Le preguntó él-Estás pálida.

– Ya estoy bien -contestó ella mojándose los labios con nerviosismo.

– No me mientas -dijo Raúl quitándose la mascarilla.

– Bueno, hay un hombre ahí fuera que…

– Ernst Richter -ladró Raúl-. ¿Qué te ha dicho?

No se habrá atrevido a tocarte… -añadió con ira.

Heather se dio cuenta de que debía haber alguna historia desagradable entre ellos.

Tenía que conseguir que aquello no fuera a mayores. No quería causar problemas nada más llegar.

– No… no ha hecho nada.

– ¡Pero quería y lo sabes! -gritó.

– Raúl… -imploró-. No pasa nada. Le dije que mandaría a una enfermera para que le dijera qué tal está su hombre.

– Espérame aquí -le indicó Raúl llevándola a su consulta. La besó y cerró la puerta al salir.

Heather se quedó allí, paralizada. Estaba temblando, pero había sido por el beso que le había dado en la mejilla, no por el repugnante hombre del vestíbulo.

No tardó en escuchar un motor y, al mirar por la ventana, vio a los dos hombres que se alejaban en un jeep.

– No te volverá a molestar -le indicó Raúl entrando y tirando a la basura la mascarilla y el gorro de quirófano.

– ¿Qué le pasa a su ayudante?

– Richter tala árboles para una maderera que hay a unos veinte kilómetros de aquí. Ha talado árboles que estaban en tierra de los indios y que no tenía permiso para tocar, así que ellos se han defendido como han podido. Su ayudante ha recibido un dardo envenenado en el pecho.

– ¿ Y es mortal?

– Sí. Le he quitado el dardo, pero está paralizado y no respira bien. Supongo que está noche entrará en coma y morirá -contestó mirándola-Estás guapísima. No me extraña que Richter perdiera los papeles.

Si Raúl hubiera estado enamorado de ella, aquel cumplido habría significado mucho para Heather.

– Gracias -contestó evitando mirarlo-Como había una pequeña celebración en tu honor, decidí arreglarme un poco. Por cierto, ¿dónde puedo echar estas cartas?

– Déjalas en mi mesa. Nos están esperando -le dijo abriéndole la puerta.

Heather tomó aire y salió al pasillo. Él le puso la mano en la cintura. Así parecería que estaban en una verdadera luna de miel, pero Heather sabía que aquellas muestras de afecto formaban parte de su papel.

En cuanto entraron en el comedor, los que los estaban esperando comenzaron a aplaudir. Estaban Marcos, Elana y otras cuatro personas a las que Heather no conocía. Habían dispuesto una mesa con comida, champán y una tarta.

– Enhorabuena -los saludó Marcos con una gran sonrisa. Bienvenida a nuestra familia. No sabéis lo contentos que estamos por vosotros y por el pequeño que está en camino, Heather. Todo el poblado está deseando que nazca.

– Sí porque aquí nacen muchos niños, pero este es el primero del doctor -sonrió Elana-. Eso lo convierte en una ocasión especial. Prepárate para ser el centro de atención del poblado.

A Heather, aquel momento se le hizo un tanto agridulce porque había mal interpretado la relación que había entre Raúl y Elana y, para colmo, su matrimonio no pasaba por un buen momento.

– Gracias por tomaros todas estas molestias -Dijo. Sois muy amables.

Raúl también les dio las gracias y le presentó al resto del personal. Cuando se sentaron, le sirvió zumo de fruta.

– Lo siento, querida, pero tú no podrás tomar champán hasta pasados unos meses tras el parto.

Todos rieron.

– ¿ Vas a atenderla tú en el parto? -preguntó E1ana.

– Por supuesto -contestó él dando un beso a Heather en la mejilla-Todavía queda mucho. No te preocupes.

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