Entre el amor y el deber
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
– Bueno, con un poco de suerte, todavía quedan unos días.
– ¿Tan pronto?
– Sí. He avisado a tu padre para que venga cuanto antes. Sé que quieres que esté contigo -dijo saliendo de la cabaña.
Heather se quedó inmóvil de la sorpresa. Se moría de ganas por tener a su hijo en brazos, pero iba a ser un mes antes de lo que esperaba. Pronto se iría a Estados Unidos y dejaría aquel mundo que le había llegado al corazón.
Solo le quedaban unas cuantas semanas con Raúl. Luego, la separación y, para terminar, el divorcio. No podía soportar la idea de vivir sin él, aunque fueran unas horas.
La vida sin él no tenía sentido. No podría hacerlo.
– Madre de Dios… i ya deberíamos oír al niño! Raúl sintió la mano del doctor Sanders en el hombro.
– Vamos a tu consulta a esperar.
– No, tal vez tenga que entrar.
– No creo. Venga, yo estaba igual que tú cuando Heather nació. Evan tuvo que sostenerme para que no me metiera en el quirófano. Vamos a dejar que Marcos y Elana hagan su trabajo.
Raúl asintió.
– Me alegro de que estés aquí. Haberte visto antes de entrar a quirófano ha sido lo mejor que le podía haber pasado a Heather.
– Mi hija me quiere mucho, pero su mundo gira en tomo a ti, Raúl. De verdad, todo lo hace por ti. Así debe ser el amor. Mi hija te adora.
– Ya, no -murmuró Raúl.
– ¿Qué estás diciendo?
Raúl estaba a punto de desahogar su angustia con su suegro cuando se oyó un niño llorar.
– ¡John!
– Lo he oído. Ya está. A mí me suena un niño completamente normal.
A los pocos minutos, Juan asomó la cabeza sonriendo. Raúl respiró aliviado.
– Enhorabuena, doctor. Su esposa me ha pedido que le diga que Jaime Ramón Cárdenas ya está aquí.
Raúl abrazó a su suegro.
– ¡Soy padre, John!
– ¡Y yo, abuelo!
– Espero que Heather esté bien.
John le dio una palmada.
– Lo mejor para que se cure la toxemia es dar a luz. Elana y tú decidisteis bien. Era mejor hacer una cesárea. El peligro ha pasado. Ahora todo irá bien.
– Sí.
– Pero no te lo vas a creer del todo hasta que veas a Heather, lo entiendo.
– Hay algo más, John. Tengo la corazonada de que me va a dejar.
John se rió con ganas.
– Has estado sometido a demasiada presión.
Recuérdame que te enseñe una cosa luego, cuando hayas visto a tu familia.
– Podéis pasar -anunció Elana.
Raúl sintió que el corazón le daba un vuelco. La espera se le había hecho eterna.
Pero había merecido la pena. Se sintió en la gloria cuando vio a Heather en la mesa de operaciones con una cosa pequeña entre los brazos.
– ¡Marcos dice que es perfecto, Raúl! -Dijo ella con lágrimas deslizándose por sus mejillas-Míralo tú.
– Primero, tú. ¿Cómo te encuentras?
– Estupendamente. De verdad! -Fingió por el bien de Raúl-. Venga, tómalo. Sé que te mueres de ganas. Mira que guapo es.
– Como tú, mi amor -dijo inclinándose y besándola en los labios.
– No creo que esté muy guapa en estos momentos.
– Lo estarás en breve -le aseguró mirando a su hijo.
– Tan moreno, no hay duda de que es tuyo, jefe-dijo Marcos-. Enhorabuena.
– Gracias por atenderla, Marcos. Nunca lo olvidaré.
– Ha sido un honor. Me parece que tu hijo quiere conocerte.
Raúl tomó a su hijo con manos temblorosas. Era increíble que minutos antes estuviera dentro de Heather.
Elana le había dado un calmante y le estaba empezando a hacer efecto porque estaba adormilada.
Raúl y John examinaron al niño.
– Está perfecto -dijo John-. Si no tiene los ojos de mi hija, siempre puedes intentarlo para el próximo.
Raúl se estremeció. Si Heather se sa1ía con la suya, no habría otro.
«No pienses en eso ahora. Te acaba de dar un hijo».
Raúl miró orgulloso a su hijo, que era el vivo retrato de su madre. Sintió en lo más profundo de sí la necesidad de vivir los tres juntos.
– Raúl, Tekoa y Pango están fuera. Quieren hablar contigo -le comunicó Elana.
– Voy a hablar con ellos -contestó carraspeando varias veces. Sabía a lo que habían ido-. Heather está bien -les dijo nada más verlos-Me ha dado un hijo precioso.
Ambos sonrieron.
– Un hijo trae más hijos -comentó Tekoa.
– Sí -sonrió Raúl.
Pango le entregó un ramo de flores.
– Dáselas. Le encantan.
– Estas sí que le van a encantar -dijo Raúl emocionado ante el cariño que sentían por su mujer.
Raúl sabía que era una mujer excepcional y no se podía imaginar Zocheetl sin ella.
Capítulo Diez
– No te vayas, papá!
Heather acababa de dar el pecho al niño y lo había acostado en la preciosa cuna de madera que Raúl había mandado hacer. No había parado de hacerle regalos. Aquello tenía que cesar.
– Llevo fuera tres semanas, cariño. No puedo dejar a Lyle con todo más tiempo. Tendría que haber vuelto la semana pasada.
– ¿No puedes encontrar a alguien que te sustituya una semana más?
– No, me iré en la avioneta del correo. Volveré dentro de dos meses con Evan y Phyllis. Ahora, tu marido y tú necesitáis estar solos.
– No es así. Dentro de una semana, podré volar.
Quédate y, así, nos vamos juntos a Estados Unidos.
Se produjo un gran silencio.
– ¿De vacaciones?
– No, para siempre.
– No me lo puedo creer -dijo John-. Raúl me había comentado que temía que lo fueras a dejar, pero creí que serían imaginaciones suyas por la tensión del momento.
Heather tragó saliva.
– Tiene razón. Nuestro matrimonio estaba roto antes de salir de Buenos Aires.
– Pero si estáis el uno loco por el otro. ¿Por qué?
– Te equivocas. Raúl solo me quiso para una noche, no para toda la vida.
Su padre se puso en pie.
– Raúl no es de esos hombres que se embarcan en un matrimonio sin amor.
– No, papá. Antes de saber que estaba embarazada, se quiso deshacer de mí en cuanto me vio aquí.
– Bien hecho -dijo su padre sorprendiéndola-Sabía el riesgo que corría confinándote a vivir aquí. Tenía que estar seguro de que lo soportarías. Esto no lo aguanta cualquiera.
Heather no entendía por qué su padre estaba del lado de Raúl.
– Pero si nunca ha tenido intención alguna de dejarme vivir aquí.
– ¿Cómo que no?
– Después de la boda, me llevó al ático que tiene en Buenos Aires -dijo con lágrimas en los ojos al recordar la pelea que tuvo lugar allí. Su padre la abrazó y ella le contó todo-. No me quiere, papá, pero Raúl es un hombre de honor y lo será hasta el final. Me tengo que ir para devolverle su libertad.
– Dios mío. Todo ha sido culpa mía.
– ¿Qué dices? -dijo Heather confusa.
– Siéntate, cariño, esto va a ser largo.
Heather obedeció y él se quedó de pie con las manos en los bolsillos.
– Me temo que la culpa de que tu matrimonio se haya torcido he sido yo sin saberlo.
– ¡Pero si nos diste tu bendición!
– Sí, pero también aterroricé a tu marido.
– ¿Cómo?
– Cuando fuimos a recoger a Raúl al aeropuerto, me quedé a solas con él en el restaurante donde estábamos comiendo, porque Evan y Phyllis se fueron. Aproveché para decirle que estaba encantado de tenerlo como yerno, pero que esperaba que te animara a seguir tocando. Él me dijo que tú le habías comentado que lo querías dejar. Yo le dije que no, que eso lo decías porque estabas cegada por el amor, pero que acabarías echándolo de menos. Entonces, le conté lo que nunca le había contado a nadie, ni siquiera a ti.
– ¿Qué?
– Cuando conocí a tu madre, estaba a punto de ser concertista de piano. Egoístamente, le pedí que se casara conmigo y ella aceptó. Siempre he tenido la impresión de que sacrificó su profesión por mí. Cuando vi que tú tenías el mismo don que ella, me prometí a mí mismo que tú tendrías la oportunidad que yo le había arrebatado a tu madre.