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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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– Pero…

– Nada de peros cuando estamos hablando de tu vida y de la nuestro hijo. Puedes seguir paseando y haciendo lo que quieras, pero prométeme que te echaras una hora por lo menos dos veces al día.

– La cabaña del cocinero está a medias y…

– Yo me ocuparé en mis ratos libres. Tú tienes que descansar. Por cierto, mis tíos nos han invitado a ir a su casa el próximo fin de semana porque es el cumpleaños del tío Ramón.

Heather tenía la impresión de que le estaba ocultando algo y aquello de sus tíos la desconcertó. Se miró las manos. Prefería quedarse en Zochteetl, donde el trabajo de Raúl los mantenía separados casi todo el día. Así le resultaba más fácil fingir que era feliz delante del personal. Hacer que Teresa y Ramón lo creyeran iba a ser más difícil.

Prefería no ir a Buenos Aires con él porque temía lanzarse en sus brazos. Sería volverse a poner en evidencia más que nunca.

– Parece que no te hace mucha gracia la idea.

– No es eso. Tus tíos son maravillosos y me apetece mucho verlos, pero no me apetece viajar.

Sabía que era una excusa muy pobre. Y él, también. Nunca había mostrado la menor queja cuando volaba a Formosa para comprar cosas.

– Ya pensaré una buena excusa que darles -dijo Raúl mirándola de forma taladradora.

– Ve tú! -le dijo sintiéndose culpable.

– Hasta que nazca el niño, no pienso separarme de ti.

Heather se levantó.

– Tengo… que volver a ir al baño de nuevo-dijo sin convicción. Raúl se dio cuenta de que era otra excusa, pero a ella le daba igual. Tenía que irse para no irse abajo delante de él.

Cuando salió, le pareció oír que la llamaba, pero no se paró. No tenían nada más que decirse. No podían hacer nada por salvar su matrimonio hasta que naciera su hijo.

«Seguramente estarás contando las horas que te quedan con esa soga al cuello. No te culpo, mi amor. En cuanto pueda, te devolveré tu libertad. Te lo juro».

Capítulo Nueve

– ¿Que pasa, Tekoa? -preguntó Heather al ver entrar al hombre en la cocina del hospital donde ella estaba preparando una tarta para Marcos.

Raúl le había dicho que tenía el brazo completamente curado. Estupendo porque aquella misma noche iban a dar una fiesta sorpresa de cumpleaños al compañero de su marido.

– ¡Deprisa! Avión llegado.

– Un momento -le indicó metiendo la tarta en el horno.

– Jefe ido. Tú dices qué hacer.

Heather no era la única que hubiera preferido que Raúl no se hubiera ido de buena mañana a comprobar si Ernst Richter estaba cumpliendo con las prohibiciones que le acababan de imponer.

Desde aquel encuentro con aquel hombre tan repugnante, no había oído nada bueno sobre él. Hasta que Raúl no hubiera vuelto, no estaría tranquila.

– ¿Qué pasa? -le preguntó a la piloto que la había llevado allí la primera vez.

– El doctor Cárdenas encargó una mercancía que sus hombres no se atreven a tocar. Venga conmigo.

Heather siguió a la mujer dentro del aparto y vio, sorprendida, un piano de madera que había conocido días mejores.

«Raúl. No se ha dado por vencido. Justo ahora que ya no llevo la escayola».

– Me estaban ayudando, pero, al oír su sonido, se asustaron.

Tekoa y Pango las miraban desde la puerta.

– Malos espíritus.

Claro. Nunca habían visto un piano.

– Pango, ¿hay espíritus malos dentro de tu flauta?

El hombre se rascó la cabeza y se sacó el instrumento del bolsillo.

– Sí, tócalo -le indicó Heather.

El hombre obedeció y tocó una melodía que él mismo había inventado.

– Qué bonita es. Tekoa, ¿tú crees que la flauta de Pango tiene un espíritu del mal?

– No.

– Esto… -dijo acariciando el piano- tiene espíritus buenos.

Con cuidado, dado que ya estaba embarazada de cinco meses, se sentó frente al piano. Le parecía que hacía siglos que no lo hacía. Algunas de las teclas de marfil estaban desgastadas por el uso.

Sonrió para sí misma.

– Escuchad.

Con una mano, tocó la misma melodía que Pango había interpretado y vio que comenzaban a perder el miedo. Se acercaron sonriendo.

– Otra vez… -dijeron a la vez cuando terminó.

Estaban como niños.

– Primero tenernos que bajarlo del avión porque esta mujer tiene trabajo -dijo señalando a la sonriente piloto.

– Gracias.

– De nada -le contestó bajándose del aparato.

Cuando la avioneta se hubo ido, ambos le suplicaron que tocara. Ella le indicó a Pango que la acompañara con la flauta.

– Vamos a tocar juntos.

Pronto, medio poblado los rodeaba. Todo el mundo quería tocar el piano y los niños rozaban las teclas y se echaban hacia atrás riendo.

Se maravilló de ver cómo disfrutaban con la música. Sin poder evitarlo, se encontró interpretando nanas infantiles con una mano. Cuando comenzó a tocar con las dos, todos se quedaron con la boca abierta.

Una cosa llevó a la otra e interpretó para ellos la obra preferida de su madre. Hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos tocar el piano.

Cuando terminó, se puso a reír. En ese momento, oyó a alguien que aplaudía a sus espaldas.

Se giró y vio a su marido. Heather dio gracias porque hubiera vuelto sano y salvo.

«Raúl.»

– ¿ Cuánto llevas ahí?

– Suficiente para saber que, esta vez, no me he equivocado con mi regalo de bodas.

Heather no negó lo que era obvio.

– ¿Dónde lo ponernos? Me temo que, si lo ponernos en el hospital, tus pacientes no van a estar muy contentos.

Raúl sonrió con aquella sonrisa que ella adoraba.

– Podemos ponerlo ahí para la fiesta de esta noche y mañana lo llevamos a la cabaña de invitados. Así, cuando a ti te apetezca, podrás tocarlo.

Heather observó cómo Raúl daba las indicaciones oportunas. Todos se fueron hacia el hospital, menos él, que fue hacia ella.

La agarró el brazo y se lo acarició. Heather sintió una descarga eléctrica.

– ¿Qué tal tienes el brazo después de haberlo sometido a semejante esfuerzo? -le preguntó mirándola a los ojos.

– Bien -consiguió contestar.

– Menos mal -murmuró antes de besarla con dulzura en la boca.

Tal vez fuera el calor o la alegría de ver que estaba bien, pero, cuando se vio en sus brazos, la pasión le ganó la batalla al hecho de que no la quisiera.

Raúl la apretó contra sí todo lo que pudo, que no era mucho dada la barriga de seis meses que Heather tenía ya.

– ¿Lo has notado?

«¿No te das cuenta de que yo siento todos y cada uno de sus movimientos?, pensó ella.

– Está ahí. Nuestro hijo, mi amor. Cada día, más grande. Sé que tengo que esperar, pero me está costando.

Sus palabras la hicieron recordar que no debía dejarse llevar por la emoción. Lo que le interesaba era el niño. Heather era solo el vehículo.

– ¡La tarta! -Gritó apartándose-La tarta de Marcos. Se habrá quemado.

– Te ayudo a hacer otra. Hay tiempo -se ofreció él agarrándola de la cintura.

Mientras iban hacia el hospital, Heather pensó que sería muy fácil creer que la había besado de verdad, pero no era cierto. Era solo gratitud porque iba a tener su hijo.

Antes de saber que estaba embarazada, solo había querido perderla de vista. Aquel rechazo le había enseñado que mantener relaciones sexuales con alguien no siempre quería decir que hubiera amor. Sería una idiota si lo olvidaba.

– Perdona por hacerte esperar -dijo Elana.

– ¿Alguna urgencia?

– Sí, de las peores.

– ¿Qué ha pasado?

– Tu marido ha pedido un informe sobre ti antes de irse con Pango. Qué mal lleva lo de esperar.

Heather no sabía que Raúl ya no trabajaba allí.

Llevaba buena parte de la semana ayudando con el censo anual de la población indígena.

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