Entre el amor y el deber
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
– Si te refieres a las vacunas y las pastillas de la malaria, estoy preparada para que sea lo que Dios quiera.
«Pero prefiero hacer como si no estuviera embarazada. Prefiero pensar en otras cosas. Deseo este niño con toda mi alma y quiero que sea perfecto. Quiero que me quieras, Raúl y temo no conseguir ni lo uno ni lo otro. Me avergüenzo de mis miedos».
– Querida, todo va a ir bien. Las vacunas que te pusiste para venir son un riesgo mínimo para el bebé. No debes preocuparte.
– Pero hay un riesgo, aunque sea mínimo. Conozco a mi padre y no quiero que se asuste. Prefiero hablarle de cosas alegres.
– Has debido de sufrir mucho.
«No te lo puedes ni imaginar. No me lo pongas más difícil».
– No, he decidido ser positiva y no mirar atrás.
Al igual que tú, nunca pensé en casarme y, menos en tener hijos. Hay miles de mujeres que nunca sabrán lo que es tener un hijo. Para mí, este embarazo es un milagro. Sobre todo, teniendo en cuenta… que… -se interrumpió ruborizada.
– Sé lo que quieres decir, amor. No olvides que estamos juntos en esto.
«Solo porque la avioneta se estrelló».
– Como estoy bien y me puedo mover todavía, pensé que las cabañas necesitaban una mejora. -No me había dado cuenta hasta que he visto lo que has hecho con la de invitados. Verás cuando la vean los demás. No se lo van a creer.
– Entonces, ¿no te importa?
– La has transformado en un lugar encantador.
Tienes tantos talentos que no dejas de asombrarme, sobre tu habilidad para hacerte amigos. Tekoa y Vatu te adoran.
«No tanto como a ti».
– Es fácil quererlos.
– Porque les has abierto tu corazón y lo notan.
No te puedes imaginar lo orgulloso que estoy de ti, cariño.
«Por favor, déjate de cumplidos. No hace falta».
– ¿Te importaría que hiciera lo mismo con esta?
– Puedes hacer lo que quieras. Solo te pido tres cosas: que utilices mi tarjeta de crédito de ahora en adelante, que durmamos en mi cama aunque nos traslademos a la cabaña de invitados y que te lo tomes con tranquilidad y duermas la siesta.
«Gracias, Raúl. Ahora seguro que llevaré mi embarazo mucho mejor».
– De acuerdo. Si te parece bien, mañana iré a Formosa a comprar la pintura para esta habitación.
– Mientras sea del color de tus ojos…
«No lo hagas».
– El azul quedará bien en la habitación del niño-musitó para sí mismo.
– ¿ Te importa que compre zapatillas de deporte para los niños? Había pensado en esas en las que se enciende una fila de lucecitas rojas al pisar. Yo creo que les encantaría y, así, no volverían a pisar plantas venenosas, como la pobre A ti.
La risa de Raúl hizo que a Heather se le acelerara el pulso.
– Para eso tienes las huellas de pintura.
– No te puedes ni imaginar lo que me costó conseguirlas. Se creían que era un juego. -Compra todo lo que necesites, pero cómprate tú también un par.
– ¿Por qué?
– Para que se atrevan a ponérselas. Harán lo que tú hagas. Por cierto, ¿cómo es que Vatu lleva un pañuelo tuyo?
– Porque me lo cambió por una flor para mi colección.
– Ten cuidado. Es capaz de venir todos los días con algo hasta dejarte sin nada.
– No pasa nada. Entonces, recurriré a tu armario -contestó yendo a lavarse los dientes acompañada por su franca risotada.
– Tengo que ir un momento a hacer una cosa, Ahora vuelvo.
– Muy bien.
De muy bien nada. No quería que se fuera, quería decirle que le hiciera el amor. Debía de estar loca.
Pensó en que si algo le pasaba al bebé en el parto, el hospital de allí no podría atenderlo. Su padre, que no había dicho nada al respecto, y Raúl, que le había recordado el peligro, pero solo para tranquilizarla, debían de pensar lo mismo.
Razón de más para volver a Salt Lake en cuanto ella y el bebé pudieran volar.
Se metió en la cama. Raúl no había vuelto. De las siete noches de aquella semana, él había dormido con ella solo tres y, en todas ellas, Heather se había metido en la cama antes de que llegara y no se había levantado hasta que él se había ido de la cabaña.
Aquella noche no iba a ser diferente. Las lágrimas se apoderaron de sus ojos, apoyó la cabeza sobre la almohada y se quedó dormida.
Al abrir los ojos, vio uno de los cuadros que ella misma había comprado en Buenos Aires y había colgado en la cabaña de invitados. Tenía una nota pegada al cristal.
Me lo quedo porque me recuerda a ti, mi amor. Me ha encantado mi regalo de bodas. R.
Cuando llegó al Chaco, Heather no sabía que se iba a dedicar a la decoración, pero la verdad era que le encantaba elegir colores y telas y crear entornos vivos. Aquella nueva afición la había mantenido tan ocupada durante el último mes y medio que había terminado de decorar casi todas las cabañas.
Estaba sola desayunando y se apresuró a terminarse el zumo de naranja para ponerse manos a la obra con la cabaña de los cocineros.
Apareció Raúl y le indicó que pasara a su consulta para examinarla. Al verlo se quedó sin aliento y se maravilló cuando hacía pocas horas que lo había estado observando dormir.
– ¿Qué pasa? -preguntó Heather mientras él cerraba la puerta.
– Súbete aquí -le contestó él tomándola en brazos y depositándola en la mesa con mucho cuidado. Era la primera vez en seis semanas que sentía sus brazos y, aunque el contacto había durado solo unos segundos, había sido suficiente para que Heather sintiera el cuerpo entero electrizado.
Raúl la besó suavemente en la boca por sorpresa.
– ¿ Te gustaría que… te quitara la escayola?
– .h, Raúl… eso sería estupendo!
– Sabía que te iba a gustar la idea. Túmbate -dijo ayudándola.
Aunque llevaban tiempo casados y durmiendo juntos, había más intimidad en aquella consulta que en la cabaña.
Cada día lo quería más y temía que él lo viera reflejado en sus ojos y sintiera lástima por ella. Para ocultar sus sentimientos, giró la cabeza hacia la pared.
Al poco tiempo, sintió que ya no tenía la escayola.
– ¿Qué tal? -preguntó la voz de su amado.
– Como si no tuviera brazo.
– Es normal -dijo él viéndola mirarse el brazo pálido y delgado-. Como nueva, pero hasta mañana procura no hacer excesos.
– Gracias -murmuró ella incorporándose. Sin embargo, Raúl se lo impidió.
– Ya que estás aquí, te voy a examinar y así se lo ahorramos a Elana -le indicó. Durante varios minutos así lo hizo-. Nuestro hijo tiene un corazón fuerte. Todo parece normal. Está usted estupenda, señora Cárdenas -dijo dándole un beso en la tripa. No se había afeitado y aquellos besos hicieron que el cuerpo de Heather se despertara y lo deseara.
Cuando él levantó la cabeza, vio algo raro en sus ojos.
– ¿Qué pasa?
– Si haces lo que yo te diga, tendrás un niño sano, mi amor -le contestó-. Déjame una muestra de orina y espérame en mi consulta.
– Si me tienes que decir algo, ¿por qué no me lo dices ya?
– Porque eres mi mujer y nunca te he deseado más. En estos momentos, me parece que no me estoy comportando en absoluto de manera profesional, así que voy a ver a mis pacientes y ahora te veo.
Sorprendida por su declaración, lo vio irse. Lo hizo tan rápido que se le olvidó ayudarla a bajar de la mesa. Lo consiguió ella sola, pero al poner un pie en el suelo se dio cuenta de que le temblaban las piernas después del modo sensual en que le había besado a ella y a su hijo.
Cinco minutos después, entró en la consulta, donde ella lo estaba esperando. Heather sintió que la chispa que había visto en sus ojos momentos antes había desaparecido y aquello la apenó. Tal vez, habían sido solo imaginaciones suyas.
– No te levantes, Heather.
– Eso no suena bien -se quejó ella.
– No es nada grave. Tienes la tensión un poco alta, así que, a partir de ahora, comerás sin sal y dejarás el tema de la decoración.