Entre el amor y el deber
- Автор: Уинтерз Ребекка
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
– No estoy preocupada -contestó Heather preguntándose por qué se veía obligado a decir nada.
Si supiera que la quería, tal vez aquel comportamiento proteccionista no la agobiara, pero no puedo evitar pensar que no era una niña sino una futura madre y que no le apetecía hablar de su embarazo con todo Zocheet1, ni siquiera con ellos, que eran médicos.
– La cena está deliciosa, Eduardo -le dijo al cocinero-. ¿Has marinado los filetes?
– Sí, es una receta secreta. Quería preparar algo especial para usted.
– Pues has triunfado. Ojala algún día me des esa receta secreta.
– ¿Le gusta cocinar? -preguntó el hombre encantado.
– Me encanta. Incluso llegué a plantearme estudiar en una escuela de cocina francesa para ser chef.
Raúl le agarró la mano.
– Por suerte para el mundo, acabó siendo pianista. No sabéis como toca. Algún día, os dará un concierto y, entonces, sabréis de lo que os estoy hablando.
«Solo le interesa mi profesión». Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retirar la mano.
– Ahora voy a ser madre -dijo intentando no hablar de música. Sin embargo, Raúl se pasó buena parte de la cena hablando del tema, contándoles lo del premio Bacchauer y su gira por Europa.
Sintió gran alivio cuando un enfermero entró corriendo para avisar que había una urgencia.
Raúl y Marcos se disculparon y se levantaron de la mesa. Todos hicieron lo propio, excepto Elana.
– Elana, ¿la cabaña de invitados se suele utilizar? -le preguntó Heather aprovechando que se habían quedado a solas.
– No, suele estar vacía. ¿Por qué?
– Porque me gustaría darle una sorpresa a Raúl-contestó. Sí, iba a ser una gran sorpresa aunque no sabía si le iba a gustar-¿La podría utilizar? -Claro.
– Cuánto me alegro. Voy a necesitar aproximadamente una semana. ¿Me ayudarás a que nadie, ni Raúl, se acerquen por allí?
Elana sonrió.
– Cuenta conmigo.
– Muchas gracias por todo lo que has hecho por mí, sobre todo después del accidente.
– La verdad es que creía que no me ibas a caer bien, pero me he dado cuenta de que no hay motivos para que sea así.
– Para ser sincera, me alegro de que estés aquí. Siempre se agradece poder hablar con otra mujer. -Mientras Raúl se ocupa de la urgencia, vamos a su consulta a buscar la llave de la cabaña de invitados -dijo Elana levantándose.
Encantada de la cooperación de Elana, Heather la siguió y en pocos minutos tenía la llave en sus manos.
– Si no necesitas nada más, me voy a ir a dormir.
– Me voy contigo -dijo Heather.
– No sé si tu marido creerá que lo estás esperando en el comedor.
– Mi padre es tocólogo, como tú.
– ¿De verdad?
– Sí, y hace tiempo que aprendí a no esperarlo.
– Muy inteligente por tu parte.
«No te creas. Si fuera inteligente, no me habría liado nunca con Raúl».
– Buenas noches, Elana. Gracias por todo.
– De nada. Una cosa. Te hablo como tu ginecóloga. Procura beber mucha agua y no dudes en preguntarme cualquier cosa.
– De acuerdo. Buenas noches.
Se separaron y Heather llegó a su cabaña sin necesidad de linterna al estar las luces del hospital encendidas.
Una vez dentro, se puso el camisón, se lavó los dientes, apagó las luces y se metió en la cama.
No sabía lo que iba a tardar Raúl en llegar. Era inútil rezar para estar dormida cuando llegara el momento. Era la primera noche que pasaban como marido y mujer en Zochteel y estaba demasiado nerviosa para relajarse.
Pasó cerca de una hora hasta que oyó ruidos en la puerta.
– ¿Heather? -dijo él en voz baja.
– ¿Sí? -contestó ella intentando sonar somnolienta.
– Siento haber tardado tanto -dijo él poniéndose el pijama.
– No pasa nada. Estoy acostumbrada a vivir según los horarios de mi padre.
– Habría terminado antes, pero el hombre del dardo envenenado ha muerto.
– Por mucho que tú quisieras salvarlo, hay cosas, como dice mi padre, que solo están en manos de Dios.
– Tienes razón -dijo Raúl tras un largo silencio-, pero hay algo que puedo hacer para que esto no se repita. Mañana me vaya Formosa. El cadáver de este hombre es lo que necesito para demostrar que Richter está talando árboles en tierras en las que no puede entrar. Puede que esté varios días fuera hasta que logre hablar con las autoridades.
Aquello fue un gran alivio para Heather. Podría trabajar tranquilamente en la cabaña de invitados.
– Me alegro de que luches por la tribu -le dijo con voz temblorosa.
– Tú no te preocupes. Ya he hablado con Marcos y con Elana.
– No me va a pasar nada -contestó ella agobiada.
– ¿Qué vas a hacer mientras yo esté fuera?
– Voy a preparar tu regalo de bodas.
– Heather…
– No te preocupes -lo interrumpió intentando no sonar demasiado irritada- No vaya hacer nada que ponga en peligro al bebé. Que no se te olvide echar mis cartas al correo, ¿de acuerdo?
– Ya lo he hecho -contestó Raúl-. ¿Quieres que te traiga algo de la ciudad?
– No, gracias. Tengo todo lo que necesito -contestó ella. «Menos tu amor».
En ese momento, Raúl se acercó a ella y le puso la mano en la tripa.
– Ya se te nota un poco -murmuró,
– Dentro de poco, pareceré un bulbo de yuca.
Lo siento, pero estoy muy cansada. La tensión se apoderó del ambiente. Heather sintió que la mano de Raúl se tensaba sobre su tripa y acabó retirándola para darse la vuelta.
Bien. Lo había pillado a la primera.
Sin embargo, media hora después, tras escuchar atentamente su respiración y darse cuenta de que estaba dormido, experimentó una gran angustia.
Era su noche de bodas.
Si estuviera realmente enamorado de ella, habría encontrado la forma de convencerla.
Y ella que creía que sabía lo que era sufrir…
Capítulo Ocho
En el Chaco anochecía pronto. Nada más salir de la avioneta, Raúl fue a buscar a Heather al hospital. A causa de su distanciamiento, había decidido realizar varios viajes desde la boda para que se habituara a aquello sin agobios. Sin embargo, estando en La Paz, la había echado tanto de menos que había decidido volver un día antes de lo previsto.
Se enteró de que ya había cenado y pensó que estaría en la cabaña de invitados, donde solía ir para evitarlo. Aquella locura debía acabar.
Fue a grandes zancadas hacía allí. Olía a pintura.
– Su mujer no está aquí -le dijo Tekoa.
Raúl vio que con él estaba su hija, Vatu, muy cambiada, por cierto. Llevaba su larga melena recogida en una coleta con una de las horquillas de Heather y tenía las uñas de pies y manos pintadas.
– ¿Dónde está? Es casi de noche.
El otro hombre se encogió de hombros.
– Va a muchos sitios, como las abejas.
Raúl pensó que estaría dentro. Tekoa estaba mintiendo para encubrirla. En una semana, se había ganado su completa lealtad. En el fondo, se alegró porque a Elana le había llevado meses.
– Gracias, Tekoa, pero vaya entrar a ver si está dentro.
– Ella ha dicho que todavía no.
– No pasa nada. La sorpresa es para mí.
La puerta estaba cerrada, pero tenía una llave. Al entrar, se quedó petrificado y le costó reaccionar.
No estaba allí y, además, había transformado la funcional cabaña en un lugar acogedor decorado en blanco y amarillo, que parecía sacado de una revista de decoración.
– ¿El jefe no está contento? Tekoa ayudó a pintar paredes y techo.
– Me gusta mucho, Tekoa -contestó Raúl con los ojos cerrados.
El indio lo miró.
– Demasiados viajes. Echa de menos esposa. No bueno.
– Tienes razón -murmuró cerrando la puerta. Vatu lo agarró de la mano.
– Está en el bosque con Pango -le dijo en guaraní.