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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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Raúl sintió que se le disparaba el corazón. Se fiaba plenamente de Pango, pero sabía que aquello era peligroso. Fue corriendo a su cabaña para agarrar el rifle e ir a buscarla, pero al oír la ducha se tranquilizó.

«Menos mal. Está aquí».

Miró a su alrededor y se maravilló de lo que una mujer podía hacer en la vida de un hombre.

Heather había ordenado los libros y los papeles. Quería hablar con ella porque había pensado construir una cabaña más grande.

Pero antes debía reparar el daño. Heather necesitaba que la cuidaran.

Fue hacia la mesa y vio varias hojas de papel con huellas de manitas infantiles en pintura. Vio una carta abierta y la leyó.

Querido papá:

Raúl está en Bolivia y no volverá hasta dentro de un par de días. Ha ido para protestar contra un maldito proyecto que está causando graves problemas a los pueblos indígenas de tres países diferentes que viven junto al río. Elana, la doctora Avilar, me ha dicho que ha viajado ya cinco veces en un par de meses. Es una batalla muy dura.

Raúl hace el trabajo de diez hombres. Aquí hay mucho que hacer. Me levanto por las mañanas encantada de formar parte de ello. Aquí la vida va mucho más lenta y un día se enlaza con otro sin que me dé cuenta.

Los niños son adorables. He hecho una lista que no para de crecer de todo lo que quiero hacer para ellos.

Tekoa y Pango me están enseñando un poco de guaraní y yo les enseño más inglés. Pronuncian muy bien porque tienen muy buen oído.

Con su ayuda, ya que ellos saben lo que puedo y no puedo tocar, he empezado una colección de flores y plantas. Las estoy secando y, la próxima vez que vaya a la ciudad, me vaya comprar un libro de botánica. A ver cuántas soy capaz de identificar por aquí.

¿Qué tal estás? Te llamaré la próxima vez que vaya a la ciudad. No te preocupes por mí. No he estado mejor en mi vida aunque confieso que espero que me quiten pronto la escayola.

Te mando unas fotos que hice ayer con la explicación por detrás. Si Vatu no tuviera ya una familia adorable, la adoptaría.

Espero que sepas lo mucho que te quiero y que puedas perdonarme algún día por defraudarte.

Te quiere mucho,

Heather

No había querido leerla, solo saber para quién era, pero no lo había podido evitar.

Aquellas palabras revelaban los sentimientos más profundos de Heather, lo que no era el piano.

A pesar de declararse encantada de la vida que llevaba allí, rogaba a su padre que la perdonara y eso hizo que Raúl se sintiera culpable. Sabía que Heather estaba apenada por su padre y sabía que él era el culpable de aquella situación.

En ese momento, oyó un ruido en el pasillo, pero no le dio tiempo de guardar la carta antes de que ella entrara en el dormitorio. Lo pilló con la carta en la mano y lo miró con intensidad.

Dios.

El embarazo le estaba sentando de maravilla, tenía un nuevo color en las mejillas y, en camisón y con el pelo mojado, le pareció la mujer más guapa del mundo.

– No sabía que ibas a volver hoy -lo saludó en tono acusador.

– Al llegar a La Paz, me di cuenta de que quería estar contigo. Si no hubiera temido asustarte, me habría duchado contigo.

– Sé que me ves como la niñita de papá, pero no vas a encontrar lo que buscas en esa carta -le dijo mirándolo con frialdad-Ya le he hecho bastante daño como para decirle que mi vida personal es una porquería.

Raúl sintió que se ponía a sudar. Estaba más distante de él que nunca.

– No ha sido mi intención espiar.

– Claro que sí -le espetó ella.

La intensidad con la que se estaban mirando lo hizo pensar en aquel primer encuentro en el estudio de Evan hacía una eternidad. La diferencia era que, en aquella ocasión, no los había separado el abismo.

– Tienes razón -dijo yendo hacia ella. Necesitaba tocarla y olvidarse del mundo-Mi amor -añadió con voz ronca.

Ella dio un paso atrás.

– Ya te puedes duchar, el baño está libre. Raúl tragó saliva.

– Antes de nada, supongo que deberías saber que he visto mi regalo de bodas. Tekoa hizo todo lo que pudo para impedirlo.

– Ya veo que era cierto aquello que me dijiste de que eras un hombre impaciente -sonrió ella-. Te diré que estoy emocionada ante tu reacción. Debe ser cierto eso que dicen de que es peligroso casarse con un desconocido. Nosotros ni siquiera hemos sido capaces de acertar con nuestros respectivos regalos -dijo con voz temblorosa.

– No me has entendido. Lo que has hecho con la cabaña es maravilloso.

– Un piano de cola también es maravilloso, pero no era lo que yo quería tampoco -le reprochó-. Al menos, ambos tenernos buen gusto y lo hemos hecho con buena intención, pero no te preocupes, lo he pagado yo todo. Lo devolveré y quitaré la pintura de las paredes. Estará hecho en un par de semanas.

– No quiero que toques la cabaña, Heather. Está perfecta.

– ¡Raúl, no me hagas la pelota! -le gritó-. Mi gran error fue creer que podría llevar bien un encuentro de una noche y, obviamente, no ha sido así. Aquí nos vemos, atrapados y sin dejar de cometer todos los errores posibles. ¿Por qué no aceptamos que las sorpresas no nos van a ayudar?

– Madre de Dios -murmuró él atormentado-No podemos seguir así. Tenernos que hablar.

– No tenernos nada de lo que hablar.

– Te equivocas. Vamos a la cama en lugar de estar aquí, uno enfrente del otro, como enemigos.

– Esa no es la solución -dijo con voz temblorosa-Por desgracia, es lo que nos ha conducido a esto. No te echo a ti la culpa, Raúl. Fui yo la que te pidió que me hicieras el amor, pero he aprendido mucho de ese error.

Raúl se dio cuenta de que, tal y como estaba, era mejor no intentar tocarla, así que se sentó.

– ¿Preferirías no estar embarazada?

– ¿Cómo me puedes preguntar algo así? -dijo ella dolida ante la crueldad de su pregunta.

– Porque no te veo feliz -contestó él-. No me hablas del niño, no muestras curiosidad por tu estado, no te he oído comentar nada sobre cómo lo vamos a llamar o los sueños que tienes para él o ella. Ni siquiera le has hablado del bebé a tu padre, que, además de ser tocólogo, es su abuelo. Seguramente, le haría ilusión que compartieras detalles de tu embarazo con él -Heather no tenía ni idea de que Raúl se había dado cuenta de todo aquello-. En Buenos Aires, cuando me dijiste que te ibas a comprar maquillajes, sabía que no era cierto porque nunca te pintas, no lo necesitas. En el avión me dijiste que me habías comprado un regalo de bodas, pero que no podría verlo en un tiempo. Supuse que habrías comprado cosas para una habitación infantil, cuadritos, un tacataca o una cuna-Heather no quería seguir escuchando aquello-. Esta noche, como no podías más, he ido a ver mi regalo y me he encontrado con que allí no había nada para el niño, ni siquiera un paquete de pañales -añadió mirándola a los ojos-Siento mucho que hayas creído que no me ha gustado cómo has decorado la cabaña. Nada más lejos de la realidad, pero la verdad es que estoy muy emocionado ante la idea de ser padre. No creía que me fuera a casar, así que imagínate cómo me alegra tener hijos. Claro que no todos reaccionamos igual…

– Yo estoy encantada de ser madre… -lo interrumpió-, pero no estoy ni de cuatro meses. Tengo mucho tiempo para hacer todo eso.

Ella miró preocupado. -Heather… ¿tienes miedo?

– ¿Miedo?

Sí, tenía miedo, pero no quería preocupar a su padre con preguntas. Había deseado muchas veces que su madre estuviera allí para tranquilizarla. No podría soportar que le pasara algo al niño.

– Heather…, cuando te dije que estabas embarazada, estaba todavía conmocionado por tu accidente. Tal vez, te dije cosas que te asustaron.

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