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Электронная книга - «Entre el amor y el deber». Краткое содержание книги:

El doctor Raúl Cárdenas fue el primero en descubrir las consecuencias de la noche de pasión que había compartido con Heather Sanders. Al examinarla después de un accidente se dio cuenta de que se había quedado embarazada.
Raúl no tenía la menor duda de que él era el padre y estaba dispuesto a reclamar sus derechos… eso significaba que tenía dos noticias que dar a Heather: que estaba embarazada y ¡que estaba a punto de convertirse en su esposa!
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– Heather, estás exagerando. No hablas en serio. Todavía nos quedan dos horas hasta que nos tengamos que ir al aeropuerto. Vamos a aprovechar el tiempo -propuso él con aquella voz ronca a la que, normalmente, no podía resistirse. Sin embargo, su mundo se había desmoronado y no creía que pudiera volver a colocarlo.

– Raúl, por favor, suéltame.

– No quieres que te suelte, mi amor…

– ¡Claro que quiero que me sueltes! -Le grito apartándose con inmenso dolor-Hasta que he visto el piano y me he dado cuenta de que todo lo que me habías dicho era mentira, lo único es lo que podía pensar era en hacer el amor contigo, pero ya no es así. Para ti, solo sirvo para dos cosas: acostarte conmigo y que te toque el piano. Solo pensar en tus caricias, me da asco. Pero no te preocupes, te doy permiso para que tengas las aventuras que quieras, como antes de conocerme.

Tal vez, encuentres a alguna que sepa tocar Rachmaninoff -concluyó con sarcasmo. Le produjo un gran placer ver su cara sombría-Cambiando de tema. Ya que me has dicho que esta ciudad es famosa por sus compras, me voy a ir a comprar cosas que necesito. Así, podrás hacer esas llamadas en privado.

– ¿No quieres que vaya contigo?

– No, a no ser que te interese el maquillaje -contestó ella agarrando el bolso-¿Podrías hacerme el favor de llamar a un taxi y decirle que esté aquí dentro de cinco minutos?

– Tienes que comer antes algo.

– Ya he comido en el banquete de boda.

– Pero si apenas has tocado la comida.

– Porque solo podía pensar en la noche que iba a pasar con mi marido y eso me había quitado el apetito. Ahora que sé que no va a producirse esa noche, me parece buena idea comer algo -dijo sarcásticamente-Dile al taxi que sean diez minutos -añadió metiéndose en el baño y cerrando la puerta.

Cuando se repuso un poco del inmenso dolor que le había destrozado el corazón, salió y fue a la cocina para tomarse lo que le había preparado Raúl.

– Cuando haya terminado las compras, iré al aeropuerto directamente. ¿A qué hora hay que estar allí?

– A las cuatro.

– Te acompaño abajo.

Cuando se metió en el taxi, Heather no le dejó que la besara en la boca y le puso la mejilla.

Al cabo de dos horas, llegó al aeropuerto muy contenta con sus compras, que había pagado con su dinero y no con la tarjeta de crédito que Raúl le había dado el día anterior. Lo vio en mitad de la multitud. Con su altura, era imposible no verlo. Aunque el amor ya no formaba parte de sus vidas, supuso que nunca dejaría de temblar al ver al hombre más guapo que había visto en su vida.

Le dio al taxista una buena propina mientras Raúl iba hacia ellos. Le abrió la puerta y se quedó mirando la cuna que llevaba ella en el regazo. -Hay dos cajas más en el maletero, así que vamos a necesitar un carro.

– Ya veo -contestó él llamando a un mozo-Nos vamos a tener que dar prisa si querernos facturar todo esto -añadió agarrándola del brazo y entrando rápidamente en la terminal.

Con mucha fuerza de voluntad, consiguió mantener conversaciones triviales con él hasta que llegaron a Formosa. Él no preguntó nada de las cajas hasta que tomaron la avioneta con destino a la selva.

Una vez sentados en ella, Raúl le tomó la mano y ella no la apartó, pero no respondió a sus caricias y siguió mirando por la ventana.

– ¿Cuánto voy a tener que esperar para que me lo cuentes?

– ¿Te refieres a las cajas?

– A las cajas y a otras cosas -contestó él dándole un beso sensual en el cuello.

Heather supuso que él esperaba que se le hubiera pasado el enfado y las cajas contuvieran algo como una oferta de paz. Nada más lejos de la realidad ya que había comprado aquello para mantenerse ocupada en la selva, pero se le ocurrió algo.

– Como tú te has tomado la molestia de hacerme un regalo de boda, yo también te he querido hacer uno -mintió.

– Lo abriré en cuanto lleguemos a Zocheetl -dijo él contento.

– Me temo que vas a tener que esperar mucho más.

– Entonces, déjame que satisfaga una necesidad que tengo desde que te fuiste de compras -le dijo agarrándola y besándola.

Mientras la avioneta tomaba altura, Heather se sometió a aquella invasión de su boca, que le causó un gran sufrimiento porque estaba convencida de que no la quería y de que solo la estaba utilizando.

Capítulo Siete

Había pasado solo una semana desde que Heather le había suplicado que la llevara a pasar la noche a su cabaña?

Qué ironía que cinco días después hubiera vistos cumplidos sus deseos, pero que ya fuera el último lugar donde quisiera estar.

Si hubiera podido alojarse en la de invitados lo habría hecho, pero era la mujer de Raúl y no lo iba a poner en evidencia ante los demás.

Sin embargo, le pidió a Raúl que llevaran las cajas a la cabaña de invitados.

– ¿ Y por qué no a la nuestra? -preguntó él sombrío.

– ¿ Te importa? -le espetó ella irritada.

Raúl la miró unos instantes y dio las órdenes oportunas a Pango y a Tekoa en guaraní. Le pasó el brazo por los hombros y juntos fueron hacia su cabaña, corno una pareja perfecta de recién casados.

La acompañó hasta la puerta y fue a poner en marcha el generador. Heather sintió el fresquito y se preguntó cómo sería vivir allí sin aire acondicionado. El calor era tan fuerte que prefirió no pensarlo.

Miró a su alrededor y comprobó que la única diferencia con la cabaña de invitados era que la cama era mucho más grande.

No tendría que haberla sorprendido, puesto que un hombre alto y fuerte como su marido necesitaba espacio, pero también quería decir que podría acercarse a ella en cualquier momento de la noche.

Apretó los dientes. No quería ni imaginárselo. Sintió sed y fue al baño en busca de una botella de agua. Al volver a la habitación, Raúl estaba metiendo sus maletas seguido por otros dos hombres que llevaban unas cajas.

Esperó a quedarse a solas con su marido para preguntarle qué era la cesta que les habían entregado nada más bajar del avión.

– Yuca, el alimento principal de su dieta. Es su regalo para nosotros.

– Creía que se llamaba mandioca -dijo Heather, que había leído sobre el tema.

– Es lo mismo. Esta es dulce. Los niños chupan las raíces como si fueran caramelo. Por desgracia, suelen tener parásitos que pueden ser mortales si se los tragan.

– ¿ Tienes muchos niños así?

– Demasiados porque, cuando sus padres deciden traerlos al hospital, suele ser demasiado tarde -contestó él dejando las maletas sobre la cama. La población indígena está desapareciendo por muchos motivos.

– ¿Cómo cuáles?

– Mejor que no lo sepas.

Heather sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

– Lo que haces por ellos es maravilloso.

– No, Heather, es puro egoísmo. Es una manera de intentar no sentirme culpable. Así de simple.

Heather se puso a meter su ropa en los cajones por miedo a que el amor que sentía por él le nublara la razón y creyera que él también la quería.

Aquel hombre con el que se había casado era un ser excepcional.

– Cariño -murmuró él poniéndole las manos en los hombros-. Estás muy callada. ¿Te encuentras mal?

Al sentir su contacto por detrás, Heather sintió un tremendo deseo, pero no fue capaz de darle rienda suelta al recordar que estaba allí única y exclusivamente porque estaba embarazada.

– No, en realidad, me siento como una idiota.

Te he echado en cara que habías estado diez años sin ir a ver a Evan sin saber que estabas aquí haciendo cosas maravillosas -contestó con voz temblorosa. Al no poder aguantar más su cercanía, se apartó y cerró la maleta-Quiero ayudar.

– Todo a su tiempo. Ahora tienes que descansar.

– No soy una inválida -dijo Heather enfadada.

– No -contestó él con una calma exasperante-, pero estás embarazada de mi hijo y eso quiere decir que te tienes que cuidar. Aquí, hay que dormir la siesta, futura mamá -añadió besándola con pasión-. Mis compañeros han preparado una cena de bienvenida. Vendré a buscarte en un par de horas. Dios… ya te echo de menos -concluyó saliendo por la puerta.

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