Placer Y Trabajo
- Автор: D'alessandro. Jaquie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
Con todo, forzó una sonrisa y trató de parecer despreocupado.
– Ya que nuestro fin de semana se termina mañana, propongo que volvamos al hotel y disfrutemos del tiempo que nos queda -dijo él-. ¿Crees que podríamos usar todos los preservativos que he comprado?
Jilly lo miró con una expresión más relajada.
– Sólo hay una manera de averiguarlo. Sin embargo, son treinta y seis preservativos y apenas tenemos veinticuatro horas -señaló y negó con la cabeza-. Me temo que van a sobrar algunos.
– Eso no me preocupa, estoy dispuesto a batir el récord. ¿Qué dices?
– Digo que terminemos de comprar y nos marchemos de aquí.
Matt eligió dos bandejas de cerámica pintada a mano para regalarles a su hermana y a su madre en Navidad, y Jilly, un juego de té para su familia y un par de tazas de café para ella.
– El café combina muy bien con el chocolate -comentó ella, con una sonrisa traviesa.
Después, escogieron varias botellas de vino y fueron hacia la caja. Mientras les envolvía los paquetes, Joe los entretuvo contándoles algunas historias de su infancia en Italia.
En cuanto terminó, les señaló una enorme copa de cristal junto a la caja registradora y dijo:
– Hacemos un sorteo todos los meses y el ganador se lleva seis botellas de vino. Para participar, lo único que tenéis que hacer es meter una tarjeta con su nombre.
Tanto Matt como Jilly sacaron sus tarjetas comerciales y se las pasaron a Joe, que las observó con sumo interés.
– Agencia de publicidad Maxximum – leyó-. ¿Trabajáis juntos?
Matt se sintió incómodo porque, en aquel momento, no deseaba que le recordasen el tema.
– Sí -contestó Jilly.
Con un además solemne, Joe introdujo las tarjetas en el recipiente.
– Mi esposa también trabaja en la bodega -comentó-. En ocasiones es difícil, pero en general suele ser gratificante.
Acto seguido, les entregó los paquetes y agregó:
– Buena suerte, Mathew y Jillian. Espero volver a veros. Si venís en verano, cuando las vides están verdes y cargadas de uvas blancas y moradas, prometo que os llevaré a recorrer los viñedos Galini personalmente.
– Gracias, Joe. Es una oferta muy atractiva -dijo Jilly, con una sonrisa.
A Matt se le hizo un nudo en el estómago al pensar en la posibilidad de que ella volviera a ese lugar con otro hombre.
Se esforzó para disimular la irritación y se despidió de Joe amablemente. Después, Jilly y él caminaron hacia la salida. Cuando Matt abrió la puerta, sonaron las campanillas y los dos miraron hacia arriba. Otra vez estaban parados debajo del muérdago. Jilly sonrió, acercó la cara esperando el beso de rigor y Matt no pudo resistir a la tentación. La atrajo hacia él y la besó apasionadamente. Al enderezar la cabeza, descubrió que ella lo miraba con deseo y se llenó de satisfacción.
– ¡Guau! -jadeó Jilly-. Este muérdago funciona de maravilla.
Por el rabillo del ojo, Matt pudo ver que Joe sonreía de oreja a oreja.
– El muérdago siempre funciona -aclaró el italiano.
Volvieron a despedirse y salieron rumbo al coche. En cuanto cerró el maletero, Matt comentó:
– Estoy ansioso por que lleguemos a la habitación, nos desnudemos y comencemos a gastar los treinta y seis preservativos. ¿Qué opinas?
– Opino que es bueno tener metas en la vida.
Capitulo 9
Rejuvenecida tras la limpieza de cutis, Jilly caminó hacia el bar del hotel donde había quedado en encontrarse con Matt para beber algo antes de regresar a la habitación a prepararse para la cena con Jack.
Una vez allí, se sentó en una banqueta de la barra cercana a la entrada para que Matt pudiera encontrarla enseguida. Comprobó la hora y vio que todavía faltaban de diez o quince minutos para que él llegara. De modo que sacó el móvil del bolso y aprovechó para llamar a Kate. Su amiga respondió rápidamente.
– Estaba ansiosa por saber algo de ti -dijo Kate-. ¿Cómo va todo?
Jilly suspiró antes de contestar. -¿Recuerdas cuando sugeriste que tal vez debería permitirme tener una aventura con Matt este fin de semana? -preguntó, con ironía-. ¿Que podría satisfacer mi deseo y luego ser perfectamente capaz de olvidarme de él? ¿Y que además insististe en que los dos aceptaríamos que sólo era por estos días y que después todo estaría bien?
– Sí, sí y sí. Lo recuerdo muy bien. Pero insisto, ¿cómo va todo?
– Bien y mal.
– Cuéntame lo bueno primero.
– Ya no puedes acusarme de celibato.
– Me alegra oírlo. ¿De qué puedo acusarte ahora?
– De ser una criatura insaciable -afirmó Jilly.
– ¿Cómo de insaciable?
– Mucho, créeme.
Kate rió por lo bajo.
– ¿Y eso qué tiene de malo? -replicó- ¿O es qué hay algo más?
– El plan era quitarme las ganas de hacer el amor con Matt y después volver a la rutina de siempre sin que nuestra aventura alterara nada -explicó-. Tengo que confesar que, lejos de quitarme las ganas, hacer el amor con él sólo ha servido para aumentar mi deseo y que me va a resultar muy difícil volver a mirarlo como si nada hubiera pasado.
– Matt te gusta más de lo que esperabas, ¿verdad?
Jilly se llevó una mano a la frente.
– Me temo que sí -admitió.
– Imagino que sabes que no existe ninguna ley que prohíba que sigáis con esta relación cuando volváis al trabajo.
– Kate, ya sabes que opino que mezclar el trabajo con el placer es un suicidio. Al menos, en términos profesionales -argumentó Jillian-. Y más, considerando que el que consiga la cuenta de ARC se convertirá en jefe del otro. Me estremezco de solo pensarlo. Pero hay algo más: Matt no es mi tipo.
– ¿Quieres decir que sólo te gusta en la cama?
– No exactamente.
– Entonces, ¿cuál es el problema con él? – insistió su amiga.
Jilly se sentía muy contrariada. Odiaba que Matt la conmoviera tanto y se odiaba por permitirle que lo hiciera.
– Es excesivamente caballeroso y ya sabes cuánto me disgusta que los hombres no me traten como a un igual.
– ¿Dices que atenta contra tu independencia? -preguntó Kate.
– Sí.
– ¿Cómo? ¿Qué ha hecho?
– Me está invadiendo. Hoy por ejemplo, salimos a comer y quiso pagar la cuenta. Después, me organizó una cita para que me hicieran una limpieza de cutis. Y más tarde me compró una botella de vino. Resulta que yo soy perfectamente capaz de pagarme mi comida, mi vino y mis tratamientos estéticos.
– Desde luego que lo eres. ¡Qué desgraciado! ¿Cómo se atreve? ¿Es que su crueldad no tiene límite? -ironizó Kate-. ¿Quieres que vaya al hotel y le patee el trasero?
Jilly frunció el ceño.
– Muy graciosa… -gruñó-. ¿No comprendes que esas pequeñas cosas evidencian qué clase de persona es?
– ¿Alguien romántico y amable?
– Te recuerdo que mi relación con Aaron empezó con este tipo de gestos y al poco tiempo pretendía que mi vida estuviera organizada en función de la suya.
– Es cierto, aunque por si lo has olvidado – señaló Kate-, Aaron también demostró no tener ni una pizca de amabilidad y romanticismo.
– Pero, ¿de qué lado estás?
– Del tuyo, tonta. Ocurre que odio ver cómo desaprovechas algo que podría ser precisamente lo que estás buscando.
– ¡Yo no estoy buscando nada! -objetó Jilly.
– Todos estamos buscando algo. Me acuerdo claramente que hace poco dijiste que en cuanto apareciese el hombre indicado no lo dejarías escapar.
– Puede ser, pero Matt no es el hombre indicado.
– ¿Sabes cuál es tu problema en mi opinión? -preguntó Kate con seriedad.
– No me atrevo a preguntar.
– Haces bien porque dudo que vaya a gustarte la respuesta. De todas formas, ¿puedo continuar?
– Sabes que sí -dijo Jilly, a regañadientes-. ¿Para que están los amigos si no para hacerte sentir fatal?