Placer Y Trabajo
- Автор: D'alessandro. Jaquie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
Mientras hablaba, Jilly podía sentir la adoración con la que Matt la miraba. Sabía que, si le prestaba atención, no podría evitar distraerse por completo, así que decidió concentrarse únicamente en Joe.
– Supongo que en esta época estaréis ocupados podando las vides.
El italiano asintió con la cabeza.
– Sí. Es una tarea ardua y delicada. Las plantas se podan a mano y una por una. Hay que ser muy cuidadoso al hacerlo, por eso no es una labor que pueda hacer cualquiera.
– Imagino que para hacerlo bien hay que tener paciencia dijo Jilly.
– Sí, y no imaginas cuánta. En todo un día de trabajo no alcanzas a podar ni un cuarto de hectárea.
– Es un trabajo duro, pero los resultados prueban que vale la pena -replicó Matt-. Los vinos que hemos probado estaban deliciosos.
El tinto que estoy tomando ahora es una verdadera maravilla y el primer blanco, una exquisitez.
Joe sonrió agradecido.
– La verdad es que nos sentimos orgullosos de nuestros vinos.
– El blanco que mencionas ha madurado en toneles de roble, por eso tenía un sabor tan especial -puntualizó ella-. He leído sobre eso. El roble aporta su sabor durante el proceso de fermentación porque es una madera ligeramente porosa que absorbe parte del agua y el alcohol y, a la vez, permite que el vino se oxigene y se «integre» mejor.
De pronto, Jilly tomo conciencia de lo que había dicho que estaba siendo y se rió de sí misma.
– Perdón -se disculpó-, a veces me dejo llevar por la emoción.
– No digas tonterías -dijo Joe, frunciendo el ceño-. Tu entusiasmo es encantador.
En aquel momento, sonaron las campanillas de la puerta y tres adolescentes entraron al local. Cuando Joe se alejó para atender a los nuevos clientes, Jilly se volvió hacia Matt y vio que la miraba con una expresión extraña.
– Según parece, le has dedicado mucho tiempo a preparar este fin de semana con Jack -dijo él.
– Sé muy bien que tú has hecho lo mismo. -Es verdad, pero eso fue porque estuve acatarrado y aproveché los días de reposo para preparar estos días.
Jilly sonrió con ironía.
– Pobrecito, estuvo acatarrado. Imagino que te habrás sentido lo bastante enfermo como para no salir de tu cama antes de tener todo planeado.
– Me has descubierto -admitió Matt.
Y mientras le acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja, añadió:
– ¿Te he mencionado ya que adoro negociar en la cama?
Jilly se estremeció por la intimidad del gesto.
– Ni falta que hace, las acciones valen más que las palabras -respondió-. He negociado en la cama contigo y sé cuánto disfrutas.
Acto seguido, la mujer le rodeó el cuello con los brazos, se paró de puntillas y le dio un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja. El gemido de Matt aumentó la tensión sexual que había entre ellos.
– Por ejemplo, ¿qué te dice mi mordisco, grandullón? -dijo, apretándose contra él.
Que es hora de salir de aquí.
Jilly inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió.
– ¿Sabes algo, Davidson? Una de las cosas que me gustan de ti es que eres inteligente.
A Matt le brillaron los ojos.
– Inteligencia. Esa es sólo una de las cosas que me gustan de ti, Jilly.
Ella sintió que se le paraba el corazón. Otra vez estaban hablando en términos románticos y eso la incomodaba. Ni quería gustarle a Matt, ni quería que él le gustara. Lo único que quería era hacer el amor el resto el resto del día y después olvidarlo para siempre.
De repente, se dio cuenta de que no había nada de malo en que se gustaran. Bien por el contrario, era algo lógico entre dos personas que mantenían relaciones sexuales. Además, eso no suponía ningún compromiso entre ellos. De hecho, a ella le gustaban las margaritas y eso no suponía que estuviera enamorada de una flor. Y así como le gustaban las margaritas, le gustaba Matt. Comprendió que, mientras se limitara a mirarlo de ese modo, no tenía motivos para preocuparse.
Entonces lo tomó de la mano y lo llevó hacia una mesa en la que había botellas de vino y cerámica.
– ¿Qué estamos haciendo? -preguntó él.
– Decidiendo qué comprar.
– Preferiría llevarte a la bodega y hacerte el amor detrás de los toneles de roble.
Jilly hizo un esfuerzo por apartar la imagen de su mente y simuló una mueca de preocupación.
– Estoy segura de que podría ser muy nocivo para los vinos -dijo, en tono burlón-. Probablemente, afectaría a los taninos.
– Sean lo que sean.
Ella puso voz de maestra de escuela y explicó:
– Los taninos son unas sustancias que se encuentran en la piel, las semillas y los tallos de las uvas. Son importantes porque reaccionan ante el oxígeno y evitan que el vino se estropee como consecuencia de una oxidación prematura.
Él la miró con los ojos cargados de deseo y comenzó a besarle el cuello.
– Odio cuando suceden esas cosas. La oxidación prematura es uno de los peores males de la humanidad.
Ella tuvo que contener las carcajadas.
– No me distraigas que aún no sé qué comprar.
A pesar de lo que acababa de decir, Jilly se recogió el pelo para que Matt pudiera besarle la nuca con facilidad.
– Puedo resolver el problema de la compra en cinco segundos -dijo él, sin apartar la boca-. Compremos una botella de cada vino y larguémonos de aquí.
Ella lo miró con el ceño fruncido.
– Evidentemente, no sabes lo que es vivir con un presupuesto limitado -protestó.
– Tienes razón. Te prometo que en cuanto nos desnudemos podrás hablarme de tus problemas económicos.
– Y pensar que creía que yo era la insaciable…
– ¿No te lo he dicho? Insaciable es mi segundo nombre.
– ¿Sí? ¿Desde cuándo?
De pronto, Matt se puso serio.
– ¿De verdad quieres saberlo, preciosa? – preguntó.
Jilly se sorprendió por el repentino cambio de tono y, por mucho que supiera que lo mejor era responder que no, no pudo controlar lo que le pedía su corazón.
– Sí -accedió, finalmente.
– Me he vuelto insaciable desde que entré en la habitación 312 del hotel el viernes por la noche.
La respuesta de Matt la dejó sin aliento. Era exactamente lo que temía oír, aunque también lo que deseaba que dijera porque a ella le ocurría lo mismo.
– A ti te pasa igual -murmuró él, mirándola a los ojos.
El pánico se apoderó de Jilly. Sentía la imperiosa necesidad de mentir, de salir corriendo, de suplicar piedad. Sin embargo, no tenía sentido que mintiera porque él se daría cuenta. Por otra parte, no era una mentirosa.
De modo que relajó la frente y dijo:
– Es cierto, siento lo mismo.
Matt respiró aliviado, le tomó la cara entre las manos y le acarició las mejillas.
– La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con esto, Jilly?
Al escuchar lo que él mismo acababa de decir, Matt deseó poder volver el tiempo atrás. Se dijo que no tendría que haber preguntado eso, que no debería haber verbalizado aquello que lo venía inquietando. Jilly se había quedado en silencio y lo miraba con recelo, y esa reacción le confirmaba que acababa de cometer un error tremendo. Justamente, porque sabía que podía perder el control, había hecho las reservas en el salón de belleza del hotel para así poder pasar una hora alejada de ella y del poder que ejercía sobre él.
– Vamos a hacer lo que habíamos acordado -respondió Jilly-. Vamos a disfrutar juntos del resto del fin de semana y, el lunes, volveremos a la relación laboral de siempre.
– Tienes razón.
El problema era que Matt sospechaba que iba a resultarle imposible respetar ese acuerdo después de los momentos que habían compartido. De hecho, sabía que sería incapaz de volver a referirse a ella como «la princesa de hielo» o «la enemiga número uno» y, en cierta forma, esos apodos eran uno de los aspectos fundamentales en la relación que mantenían como compañeros de trabajo.