Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Lo recogimos rápidamente gritando: «¡Un ataque cardíaco! ¡Un ataque cardíaco!» y le llevamos a uno de los almacenes del fondo. Los de seguridad hicieron como que se ocupaban de sus ganancias y en cuanto lo tuvimos en el suelo, el juego se reanudó como si ni él ni sus ganancias hubieran pasado por allí.
Le desgarramos el pantalón y descubrimos el dispositivo electrónico que utilizaba para recibir las señales. Para mí ya era una prueba suficiente. Le pregunté si era diestro o zurdo. Cuando respondió que era diestro, un par de guardianes le agarraron la mano derecha y se la colocaron contra el borde de la mesa mientras otro se la machacaba con todas sus fuerzas con un gran mazo de goma amarillo. «Pues bien, ahora serás zurdo», le dije. Seguidamente cogimos a su compinche y les dijimos que haríamos lo mismo con él a menos que los dos se largaran del Stardust y comunicaran a todos sus colegas que no intentaran entrar de nuevo en nuestro casino. Nos dieron las gracias, se disculparon y aseguraron que lo comentarían a todos sus conocidos. Les hicimos la foto de rigor, les pedimos el carné de identidad y los dejamos marchar. No volvieron más.
Los que jugaban fuerte procedían de cualquier campo. Entre ellos había dentistas, abogados, cirujanos que operaban a corazón abierto, corredores de bolsa, hombres de negocios, comerciantes, fabricantes, toda gente anónima. No solían acudir al Stardust jugadores de primerísima fila y genios del oficio como Adnan Khashoggi.
Claro que allí teníamos el Lido Show y a Khashoggi le gustaba. Entonces, el Lido era la principal atracción de Las Vegas. Nos llamaban del Caesar's y reservábamos la primera fila a Khashoggi. Acomodábamos y hacíamos los honores a las celebridades o artistas, tanto si se hospedaban con nosotros como si no. Khashoggi aparecía con veinte personas o con ocho y le agasajábamos con Dom helado y caviar, con lo que hiciera falta.
Al final de la velada, él ofrecía una de las apuestas a la casa, como cortesía por la hospitalidad. Podían ser unos cientos de dólares o incluso mil. Era un jugador y podía perder desde cinco mil dólares hasta dos millones. Khashoggi era único con los dados. Yo me quedaba allí delante admirado. Su crédito no tenía límite.
En una ocasión entró en la joyería. De la misma forma que nosotros vamos a comprar un yogur. Le compró a una chica una joya de cien mil dólares. La dependienta, al ver que iba a pagar con tarjeta de crédito, pensó adiós negocio, pero al comprobar la Visa resultó que el límite de crédito era de un millón de dólares.
Cuando Khashoggi aterrizaba en un casino, casi todas las beldades de Beverly Hills tomaban el avión. Era un jugador increíble, pero algunos asiáticos estaban a su altura. Superándole incluso. Elementos que aparecían por allí, ponían sobre la mesa dos, tres, cuatro millones y al cabo de unos meses volvían y repetían la operación.
Casi todo el personal del Stardust opinaba que la súbita aparición de Rosenthal El Zurdo como encargado en el casino no podía obedecer al deseo de cambiar de sistema de vida de un hombre maduro a petición de su esposa. Tal como afirma George Hartman, ex croupier de blackjack del Stardust, quien instruyó a El Zurdo en aquellos menesteres:
El Zurdo nunca se comportó como un principiante. Conocía a toda la dirección del establecimiento. Llegó como encargado de sala. Al cabo de una semana, todo el mundo lo trataba como a un jefe, a pesar de que el cargo no se ajustaba a ello. Y la noticia se fue propagando.
Todos sabíamos que Chicago dirigía el Stardust. Alan Sachs era de Chicago. Bobby Stella, el director del casino, y Gene Cimorelli, el jefe de turnos, venían de Chicago, así como la mayor parte de jefes de mesas, supervisores y croupiers. Con la constancia de que El Zurdo procedía de Chicago quedaba más claro que tenía sus conexiones, pero, ¿quién se atrevía a preguntar?
En la época, el problema que tenían casi todos los casinos era que nadie sabía quién era su propietario. Independientemente de lo que constara en la hipoteca, la propiedad de la mayoría de ellos era algo tan enmarañado y se remontaba a tantos años atrás, tantos socios y medio socios silenciosos, tantos titulares y tenedores que desde el exterior nadie era capaz de sacar nada en claro, y desde dentro la mayoría tampoco esclarecía nada.
La importancia y el poder de El Zurdo en el Stardust quedaron tan patentes que, al cabo de dos o tres meses, los agentes del Departamento de Control del Juego empezaron a plantearse si debían exigirle que presentara una solicitud de licencia para un empleo clave.
Rosenthal poseía permiso de trabajo, pero la diferencia entre una licencia de juego y un permiso de trabajo es la misma que se establece entre un jugador profesional y uno que se dedica a las máquinas tragaperras. Según Shannon Bybee, miembro del Departamento de Control del Juego en aquella época:
Tanto el permiso de trabajo como la licencia exigen un control de huellas dactilares por parte del FBI; ahora bien, para extender una licencia de juego para la propiedad o dirección de un casino, queremos saberlo todo, incluso todos los lugares donde ha trabajado y vivido la persona desde los dieciocho años. Hacemos una valoración global del individuo, comprobamos sus cuentas bancarias, acciones y créditos. Interrogamos a los directores de banco y corredores de bolsa. Enviamos investigadores a comprobar el activo, esté donde esté. Mandamos investigadores por todo el mundo a verificar las pertenencias del solicitante, y éste debe pagar de antemano la propia investigación.
Jeffrey Silver, asesor del Departamento de Control del Juego en Nevada, se hallaba en su despacho cuando apareció Downey Rice, un agente retirado del FBI de Miami. En palabras de aquéclass="underline"
Downey buscaba una información clave para un caso en el que estaba trabajando en Florida. Empezamos a charlar, él me preguntó qué sucedía y yo le respondí que no gran cosa, que tenía entre manos un trabajo rutinario sobre un individuo llamado Frank Rosenthal que iba a solicitar la licencia. Downey permaneció allí sentado un momento y luego dijo:
– Ah, te refieres a El Zurdo.
Le pregunté si conocía a Frank Rosenthal y respondió:
– Fui uno de los agentes que trabajó en la investigación que se le hizo en Florida. Disponemos de mucho material sobre él.
Yo ya había recibido unos informes preliminares sobre Rosenthal de manos de nuestro jefe de investigación, si bien se limitaba exclusivamente a su historial en Nevada. En él no se mencionaba ninguno de sus problemas en Florida ni en otros lugares. Estábamos a punto de pasar a la vista pública la licencia cuando por casualidad me enteré del pasado de El Zurdo.
Luego, Downey empezó a hablarme de que se le había acusado de soborno a un jugador de baloncesto en Carolina del Norte y que él se había negado a declarar; me comentó también que se tenía constancia de otro intento de soborno a un jugador y de que tuvo que aparecer ante un comité del Congreso para aclarar estos puntos. Yo seguía en mi silla inmóvil. Me preguntó si disponía de copias del expediente. Respondí: «No». Él dijo que creía tener los expedientes en su garaje, a lo que respondí que me encantaría verlos. Al cabo de una semana, poco más o menos, me llegó un paquete que contenía los típicos libros verdes con las vistas ante el Senado, y en ellos encontré los interrogatorios a que fue sometido El Zurdo con preguntas muy concretas sobre sus actividades.