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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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Delia me sigue. Pero cuando abre la boca en el ascensor, de nuevo le hago un gesto con la mano. Estoy muy dura hoy.

– Siento ponerme en plan 007, pero creo que en los ascensores hay micrófonos ocultos -le digo, cuando ya estamos en la calle. Nos sentamos en el brocal de la fuente, junto a un montón de empleados con traje de chaqueta que están comiendo o fumando un cigarrillo.

– No te disculpes, lo entiendo -responde la mujer que lleva dos años escondiendo cosas a toda la redacción-. Nunca se es demasiado cauto. Además, los de seguridad no sé si oyen, pero te aseguro que miran por la cámara. Un día me quité las medias en el ascensor y cuando llegué al vestíbulo empezaron a silbarme.

– ¿Por qué no te las quitaste en el baño?

Hay un hombre a mi lado comiéndose un sándwich de atún y, para no soportar el olor, me inclino hacia atrás hasta que casi meto la cabeza en el agua. Nuestra fuente no hace ningún truco, no tiene una estatua, ni delfines echando agua por la boca. Es más bien como una piscina pequeña. Sólo en Navidad encienden los tres chorros y ponen un abeto. Sólo entonces tiene algo de interesante.

– Porque tenia prisa. Siempre intento hacer varias cosas a la vez, aunque a veces los factores externos lo hacen imposible.

Delia no parece una fashionista. Lleva ropa práctica y cómoda, como faldas de Gap o pantalones de pana de Bradlee's. No suele maquillarse, se sujeta el pelo con una trenza y siempre lleva en las manos un maletín de piel de esos que tus padres te regalan cuando terminas la carrera. Delia es la viva imagen de la eficiencia.

Antes de contarle el plan, miro alrededor para asegurarme de que no hay nadie de la revista comiendo atún o fumando un cigarrillo.

– ¿Alex te ha hablado del plan? -pregunto en voz baja.

– Sí, y creo que es muy buena idea. Eres un genio.

– El plan no es mío, es de Allison.

Delia saca una carpeta de la mochila.

– Ya, bueno… Toma.

– ¿Qué es esto?

– Es el expediente de Jane.

– ¿Tienes un expediente de Jane? -pregunto yo, sorprendida.

Delia me mira con expresión perpleja.

– Tengo un expediente de todo el mundo.

– ¿Tienes un expediente de todo el mundo?

– Sí -contesta ella, como si eso no fuera algo que sólo hace el FBI-. Tengo un expediente de todo el mundo.

– ¿También tienes un expediente mío?

– Sí.

– ¿Y también lo tienes de Carter?

Carter es el chico del correo.

– Sí, claro.

Yo me quedo perpleja. Lo que me sorprende no es que tenga un expediente sobre mí, lo que me sorprende es que haga su trabajo, el de Alex Keller… y el de J. Edgard Hoover a la vez. Esta chica no para nunca. ¿De dónde saca el tiempo? ¿De dónde saca las ganas? Yo no tengo tanto interés por nada en la vida.

– Tienes expedientes de todo el mundo, incluyendo a Carter -repito, para asegurarme de que entiendo la situación. Delia asiente con la cabeza-. ¿Podrías darme el mío?

– No.

– Yo te enseño el tuyo si tú me enseñas el mío.

No tengo ni idea de cómo se hace un expediente, pero estoy segura de que podría pergeñar uno si me da un par de horas.

Delia no me hace ni caso.

– Ya he empezado con el expediente de Marguerite. Te lo daré en cuanto lo tenga terminado. En general, suelo esperar dos meses antes de empezar a recopilar información. Es un rollo hacer expedientes de gente a la que luego despiden -me dice, tan tranquila-. Pero con Marguerite, y dadas las circunstancias, he hecho una excepción. Me parecía lo más práctico.

Lo más práctico sería no hacer expedientes de sus compañeros de trabajo, pero no se lo digo. Abro la carpeta de Jane y veo que hay cientos de papeles. Tardaré una semana en leer todo esto.

– La información va en orden cronológico, empezando por el día que me entrevistó para darme el puesto de trabajo. No sé si algo te será de interés, pero por si acaso… -Delia sonríe, subiéndose las gafitas-. Esto es muy emocionante. De verdad, si necesitáis mi ayuda para algo, no dudes en pedírmela.

– De acuerdo. Gracias por toda esta información, nos vendrá muy bien. Te devolveré la carpeta dentro de unos días.

– No hace falta. Es una copia, los originales están en mi casa -sonríe nuestra sorprendente conspiradora, mirando el reloj-. Bueno, me voy. Alex… -Delia hace un gesto con los dedos, como poniendo comillas en el aire- tiene una reunión dentro de diez minutos.

– ¿Cómo lo haces? -le pregunto mientras entramos de nuevo en el edificio.

– ¿Qué?

– Ser Alex sin que nadie sospeche.

– Ah, muy fácil. Como es insoportable con todo el mundo, nadie quiere hablar con él personalmente.

Entramos de nuevo en el ascensor y, aunque estamos solas, no abrimos la boca. Por si acaso.

Fase tres

Alex Keller me llama el miércoles por la mañana para decir que ya ha hecho su parte.

– Delia le ha enviado a Jackie la lista de eventos de noviembre -anuncia.

Su alegría es más de la que se puede esperar en alguien que ha sido chantajeado para participar en un complot.

– Nada de chantaje -dice en voz baja cuando se lo recuerdo-. Tú te hundiste a la primera señal de ataque. Creo que deberías seguir con el periodismo, Vig. Lo tuyo no son las tácticas de guerra.

– Esto no es una guerra.

Keller suelta una risita.

– ¿No crees que enviar esa lista a Jane es el primer acto de agresión?

– No -contesto yo. Porque no lo es. Dejar caer la notita sobre Dorando la imagen en el escritorio de Jane fue el primer acto de agresión.

– Bueno, la verdad es que me alegro. Tenía mis dudas, pero desaparecieron en cuanto vi la reacción de Delia. Es posible que ser mi sombra la moleste más de lo que yo había creído.

– No te lo tomes como algo personal. Sospecho que no le gusta ser la sombra de nadie.

– Esa es nuestra Delia, una chica muy ambiciosa. Y hace el trabajo mucho mejor que yo, hay que reconocerlo.

– Pues menos mal que eres arquitecto.

– Bueno, tengo que irme. Llego tarde a clase porque he tenido que darle un paseo a Flecha.

– ¿Kelly no ha aparecido?

– No. Me han dado el teléfono de otro chico que podría pasear a mi perro, pero no sé…

– ¿Por qué?

– Se llama Matanzas de apellido. Yo creo que sus padres estaban intentando avisarme de algo.

– Debe de ser un mote.

– Entonces peor. Parece anunciar sus intenciones, ¿no crees?

Para ser un ogro que gruñe en cuanto te acercas, Alex Keller está muy simpático.

– ¿No tenías que irte?

– Tengo que irme. Pero quería saber qué haces mañana por la noche.

– ¿Por qué?

«Emocionalmente inalcanzable, emocionalmente inalcanzable», me digo. ¡Pero me está preguntando qué hago mañana por la noche!

– Tengo un plan.

– ¿Un plan?

– Sí. No es tan enrevesado como el tuyo y el resultado no será la destrucción total de otro ser humano, pero también podría ser divertido. ¿Qué te parece?

– Este no es mi plan -repito yo por enésima vez-. No se me ocurrió a mí.

– ¿Eh?

Me siento tentada de explicárselo todo. Me siento tentada de decirle que Allison Harper es la mente diabólica detrás de todo esto y que yo sólo salgo con hombres que no me gustan para evitar problemas. Pero no se lo digo. Y acepto encontrarme con él en el Isabella a las siete y media.

El contrato

Jane me llama a su despacho. Dice que me siente y me pregunta por mi familia. Y a mí se me para el corazón. ¿Le habrán hecho una lobotomía?

– ¿Tus padres están bien?

– Sí, gracias -contesto, intentando que me salga la voz.

– ¿Y siguen en Florida?

Ha dicho Florida por decir algo. Jane no sabe nada de mi familia, por supuesto.

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