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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– Voy a tomar otra coca-cola. ¿Quieres una?

– Sí, gracias.

– Yo invito.

– Ah, muy bien. Pero entonces cámbiame un dólar…

Yo misma me he metido en esta. Jackie reúne monedas. No para la lavandería o porque tenga que ponerlas en el parquímetro, sino porque Oprah dijo en uno de sus programas que si uno guarda todas las monedas sin tocarlas puede conseguir cincuenta dólares al mes. A veces la pillamos contando peniques en el despacho cuando cree que no la ve nadie. Y siempre que va por el pasillo se oye un tintineo de monedas. Eso sirve para esconderse debajo de la mesa si no quieres hablar con ella.

Aunque intenta caer bien, Jackie es una persona difícil. Cree que sufre más que nadie, que es la única persona en Manhattan a quien no le llega el sueldo a fin de mes… y una se harta de sus quejas. Se harta de que te mire con suspicacia, como si ella fuera María Antonieta y tú un campesino cabreado.

La única razón por la que estoy comiendo con ella es porque puede ponernos en contacto con Pieter van Kessel, el diseñador holandés. Jackie viene de una familia de profesionales de la moda, razón por la cual consiguió el puesto en Fashionista. Su madre, una de las diseñadoras de Christian Dior, llamó a Jane para preguntarle si tenía un trabajo para Jackie y Emily, su ayudante en ese momento, fue despedida de inmediato para hacer sitio.

– Me gustaría conseguir una entrevista con van Kessel para uno de los números de invierno -le digo, esperando no ser tan transparente como cree Alex Keller.

Le he propuesto que comiéramos juntas así, como quien no quiere la cosa. Pero lo tenía todo preparado.

– ¿Tú crees que es bueno?

Aunque Jackie se ha pasado cinco años estudiando cómo la ropa afecta a la identidad social y cultural de un país, no tiene ni idea de moda. Para ella, una cintura imperio es Francia después de Waterloo. Sólo fue al desfile de Pieter van Kessel porque su madre la había invitado. Y sólo me invitó porque no quería ir sola con su madre, a la que detesta.

Pero en cuanto empezó el desfile yo dejé de prestarle atención a la bronca de las Guilbert. Cuando aparecieron los vestidos negros sin espalda y las blusas plateadas con mangas sueltas, me eché un poco hacia delante para que pudieran seguir metiéndose la una con la otra.

– Yo creo que tiene potencial.

Intento disimular mi entusiasmo, claro. Temo que si Jane se entera por Jackie de que me gusta mucho Pieter van Kessel, jamás me dejará escribir un artículo sobre él.

– Eso es lo que dice mi madre, pero yo no lo veo.

No me sorprende. Ni siquiera estaba mirando la pasarela…

– Tu madre es una experta. ¿Cómo se enteró de la existencia de van Kessel?

El desfile no fue seguido por los medios y, además de la madre de Jackie y un par de fotógrafos, apenas se enteró nadie.

– El socio de Kessel era la mano derecha de John Galliano. Hans le mandó las invitaciones.

Poca gente se atreve a dejar al rey de la moda para trabajar con un diseñador novel y yo admiro a ese tal Hans de inmediato.

– Qué valor.

– Mi madre dice que ha sido un suicidio profesional -dice Jackie-. No creo que tengas problema para entrevistarlo. Incluso se alegrará de que alguien recuerde su nombre.

Yo no estoy tan segura. En mi experiencia, todos los diseñadores, incluso los noveles, viven en universos herméticos y creen que todo el mundo no sólo los conoce, sino que los admira.

– No sé…

– Seguro que sí -me interrumpe Jackie, impaciente. Llevamos quince minutos sin hablar de ella y eso la molesta-. Llamaré a mi madre y ella hablará con Hans.

– Muchas gracias.

– Bueno, me voy a la redacción. Tengo que llamar a la agencia de viajes para reservar un vuelo a Atenas en diciembre -dice Jackie entonces, como si pasar las navidades en Grecia fuese una tortura.

– ¿A Atenas?

Por supuesto, ya conozco sus planes de vacaciones, pero me hago la tonta.

– Sí, mi madre quiere visitar las islas del Egeo. Qué horror… lo único soportable de estos viajes es mi hermana, pero acaba de tener un niño y no puede venir. Lo peor es que Atenas es una de mis ciudades favoritas y me gustaría quedarme allí unos días cuando mi madre vuelva a Nueva York, pero no tengo dinero. Con lo que pago de alquiler, no puedo permitirme hacer nada. Pero si casi no uso el teléfono… ¿Te puedes creer lo que cuestan las llamadas locales?

Esta es la charla que me acompaña por la calle 51 hasta la Sexta Avenida y en el ascensor, pero yo ya no la estoy escuchando. En mi cabeza, estoy escribiendo un artículo sobre Pieter van Kessel.

El ariete se pasa

Las conversaciones de Allison con su padre no son tanto conversaciones como listas de quejas.

– El camarero llegó antes de que terminásemos el postre y nos dijo que nos levantásemos porque necesitaban la mesa -está relatando su experiencia en Pó, un restaurante del Village para el que hay que reservar con dos meses de antelación.

Pausa.

– Una hora y media.

Pausa.

– Y habíamos pedido el menú de degustación.

Pausa.

– Es imposible comer más rápido. He hecho las cuentas.

He oído la historia del Pó varias veces hoy, aunque ésta es la versión reducida. No le cuenta qué comieron (ensalada de pepino, ravioli con shitake, salmón marinado a las finas hierbas, cordero asado, quesos y tarta de chocolate con helado de canela) ni el pedigrí del restaurante (el propietario es el chef de televisión Mario Batali que tiene otro restaurante en el barrio de Tribeca… no, este no es recomendable. Le pone caracoles a todo).

Esta vez sólo está relatando los hechos. Allison nunca habla mucho con su padre. Mantienen una relación educada en memoria de su difunta madre, nada más.

– Claro que le he escrito una carta al propietario.

Pausa.

– Sí, lo sé. Era un idiota.

Esta es la señal. Llamo a Kate y a Sarah para decirles que está a punto de colgar. Lo sé porque las conversaciones de Allison con su padre siempre terminan así: la gente es idiota, sólo puedes fiarte de ti mismo y todo es peor de lo que uno espera.

– Muy bien -suspira Allison-. Te llamaré mañana.

Antes de que llame a Greta, a Libby o a Carly para contarles que se siente cada día más huérfana, asomo la cabeza por encima del panel.

– Reunión.

Ella me mira, sorprendida por el perfecto timing. Lo que no sabe es que oigo todas sus conversaciones, todos sus suspiros, oigo cuando abre un cajón, cuando pone una grapa…

– Muy bien. Voy a decírselo a las otras.

– Ya están avisadas.

– Hola, ¿qué pasa? -esta es Kate.

– Informe de progresos -sonrío yo. Esta sensación de éxito es nueva para mí y quiero saborearla.

– ¿Has hecho algún progreso? -pregunta Allison.

– Eso es de lo que quiero informar.

– ¿De qué quieres informar? -pregunta Sarah, que aparece con un café y una bolsa de galletas en la mano.

– De mis progresos.

– Estupendo, vamos al lavabo -dice Allison, que sólo es discreta cuando está intentando cargarse a la directora de Fashionista.

Hoy lleva una falda de cuadros, un precioso top negro con escote barco y sandalias de tacón, pero la falda no le queda bien. El atuendo debe haberle costado un dineral, pero así somos en Fashionista. Esclavas de la moda.

Mientras salimos de la redacción, Allison sigue hablando de Pó y, aunque pretende hundir el restaurante, su descripción de los ravioli con shitake es tan precisa que, al final, se convierte en propaganda. Para cuando llegamos al lavabo se me ha hecho la boca agua y tengo que pedirle una galleta a Sarah.

Es raro comer en un lavabo. O a mí me resulta raro, porque Sarah se come sus galletas como si para ella fuera completamente normal merendar sentada en un sofá de cuero negro anexo a un inodoro.

Allison comprueba que no hay nadie antes de sacar el tema que hace latir su corazón.

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