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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– Has reunido una cantidad increíble de información -le digo a Delia al día siguiente, en la cafetería-. ¿Por qué no la has usado antes?

– Lo he intentado. Pero Jane es tan escurridiza como el teflón.

– ¿Lo has intentado?

– Le envié algunos documentos a Bob Carson, del departamento administrativo, y no pasó nada. Ni siquiera levantó una ceja al ver que Fashionista había pagado por el lifting de Jane.

– ¿Jane se ha hecho un lifting?

– ¿No lo habías notado? Lo puso en la lista como un «masaje facial». Pero tú eras su ayudante. ¿No hacías tú esos informes de gastos?

Yo me encojo de hombros.

– Nunca presté la más mínima atención a lo que estaba haciendo. Jane podría haber comprado la estatua de La Libertad y no me habría dado ni cuenta. ¿Cómo te has enterado de todo esto?

– Es muy fácil, está todo en el ordenador. Pero no vale de nada. Envié una carta anónima, informando de que Jane vendía muebles de la revista y se quedaba el dinero, pero tampoco pasó nada. Les da igual. ¿Por qué crees que me interesa tanto tu plan? Ya es hora de que alguien le cante las cuarenta.

– Sí, claro.

– Yo creo que puede funcionar. Creo que podría ser, al fin, la bala de plata que se la cargue.

Delia se levanta para pedir un refresco y yo la miro, atónita. Me cuesta trabajo creer que esta chica tan discreta ha intentado defenestrar a Jane McNeill tantas veces como la CIA a Fidel Castro.

Sólo es una cita

Keller me lleva a bailar… country.

– Yo no sé bailar esto -le digo cuando entramos en la sala, que huele como una cafetería de instituto.

Estamos en el sótano de una iglesia en la esquina de Broadway y la 88. La sala está adornada con guirnaldas de colores, que cuelgan del techo como adornos de Navidad.

– No importa. Sabes moverte, ¿no?

Yo no estoy tan segura. La última vez que estuve en contacto con la música country fue hace veintidós años, en un baile de pueblo. Y si no conservase un pañuelo azul que mi padre me regaló aquel día, ni siquiera me acordaría del asunto.

– ¿Y por qué se celebra en una iglesia? -le pregunto.

– Es una gala benéfica. El dinero va a alguna parte, pero no sé dónde. ¿Quieres tomar algo?

Aunque es temprano, ya me he tomado dos gin-tonics, uno mientras lo esperaba y otro cuando fue a buscarme. Como ya he tomado dos copas, lo sensato sería pedir una coca-cola, pero no me siento sensata. Estoy en el sótano de una iglesia a punto de ponerme a bailar country con Alex Keller. Así que pido una cerveza.

La sala está llena de gente, bailarines y periodistas, y nos cuesta encontrar sillas libres.

– ¿Cómo te enteraste de esto?

– Por el Resident.

– Me asombra.

– ¿Que me guste el country?

– No, lo que me asombra es que leas el periódico del barrio.

– ¿Tú no lees el tuyo?

– Pues no -admito yo, como si estuviera confesando un pecado mortal-. Ni siquiera sé cómo se llama el de mi barrio.

– ¿Dónde vives?

– En Cornelia, entre Bleecker y la Cuarta.

– El Villager.

– ¿Cómo lo sabes?

– Los periódicos de barrio son mi pasión.

– No me lo creo.

– Por cierto, yo he vivido cerca de tu casa.

Estoy a punto de preguntar dónde exactamente cuando la banda se pone a tocar. Me termino la cerveza de un trago y salgo a la pista con Alex. Estoy nerviosa y no puedo disimularlo.

– No te preocupes -me dice él. Está intentando animarme y, aunque fracasa, le sonrío amablemente.

La gente que está a mi lado no parece mucho más segura que yo y, cuando el cantante anuncia los primeros pasos, ya casi estoy relajada.

El acto de bailar country requiere una cierta gracia y, al menos, distinguir la derecha de la izquierda. Yo normalmente suelo distinguirlas bien, pero no cuando alguien está gritando órdenes a través de un micrófono al ritmo de un banyo. Al final, me veo obligada a seguir a Alex. Siempre voy un paso atrás. Soy como un satélite que transmite mi propia imagen tres segundos más tarde.

– No ha estado tan mal -digo, cuando la banda toma un respiro. Estoy sin aliento y sudando como un pollo.

– Pareces sorprendida -sonríe Alex, llevándome a la calle.

El sótano era un horno y, por contraste, la brisa de Broadway es una agradable alternativa.

– Porque no sé bailar country.

Keller sacude la cabeza.

– ¿Quieres un helado? En la esquina hay una heladería italiana.

Como sólo son las diez, digo que sí y tomamos dos helados de chocolate con nueces. Alex es divertido, guapo, inteligente y le gusta el country. Me estoy enamorando. Aunque intento sujetarme con todas mis fuerzas al borde del precipicio, siento que empiezo a caer.

Enemigo al otro lado del panel

Allison quiere mi puesto.

– No es justo. Fue idea mía y es ella quien consigue el ascenso y el despacho.

He guardado mis cosas en una caja: grapadora, clips, tijeras, chinchetas, rotuladores y sobres. Me mudo a un despacho, a lo grande.

– Eso es lo que yo digo, que fue idea mía. Sólo le pedimos que nos hiciera un pequeño favor, algo que era prácticamente inconsecuente… y me ha robado el puesto de editora.

Me vuelvo hacia el archivo. Hay tres años de papeles ahí metidos y lo más lógico sería revisar uno a uno y tirar lo que no valga. En realidad, debería tirarlo casi todo.

– Su despacho es enorme. ¿Te acuerdas de mi primer apartamento? Más grande todavía. Sí, con un balcón.

Allison lleva todo el día quejándose de mi ascenso. En voz alta. Desde que vio la nota de Jackie para toda la redacción ha estado al teléfono contándole la injusticia a todos sus amigos.

Christine asoma la cabeza por encima del panel y levanta los ojos al cielo, en un gesto de solidaridad.

– Es idiota -dice en voz baja. Aunque no hay peligro de que Allison la oiga porque está concentrada poniéndome verde.

– Ya.

– ¿De qué está hablando? Dice no sé qué de un plan. ¿A qué se refiere?

Cuanta más gente sepa lo del complot, menos posibilidades de éxito tendremos.

– No tengo ni idea.

– Se le está yendo la cabeza.

– ¿Tú crees?

Christine lleva tanto tiempo como yo soportando a Allison, pero nunca habla mal de nadie. Ni siquiera de Jane.

– Siempre ha sido un poco rara, pero estas últimas semanas está histérica. Yo creo que es esquizofrénica.

No es lo que yo esperaba oír, pero trato el comentario con supuesta seriedad. Aunque estoy a punto de soltar una carcajada.

– ¿Esquizofrénica?

– Dice cosas sin sentido, Vig. Yo creo que podría estar sufriendo un episodio de paranoia. ¿Crees que deberíamos hacer algo?

– ¿Qué? -ha sido una exclamación, pero Christine se lo toma como una pregunta.

– Que podríamos hacer algo por ella.

Una imagen aparece en mi mente: Christine diciéndole a Allison que todo va a salir bien, que no se preocupe, mientras unos loqueros salen del ascensor con una camisa de fuerza en la mano.

– No, creo que no deberíamos hacer nada.

– ¿Llamamos a sus padres?

– No, aún no. Vamos a observarla durante unos días, a ver qué pasa.

– Llevo mucho tiempo observándola -me dice Christine, verdaderamente preocupada-. ¿Seguro que debemos esperar?

Dentro de unos días a Allison se le habrá pasado el cabreo por mi ascenso. Y sólo me odiará en silencio.

– Seguro.

Christine no parece convencida, pero asiente con la cabeza. Cuando me pregunta si necesito ayuda para guardar mis cosas le digo que lo tengo todo controlado.

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