Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
El complot se pone en marcha
Jane me ha ofrecido el despacho de Eleanor. Convertido en almacén de material por despecho, está lleno de revistas atrasadas. Marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto y septiembre del año pasado forman varias torres pegadas a la pared que tiemblan cada vez que me acerco. Los de mantenimiento han prometido retirarlas, pero tengo poca fe en ellos. Mi ascenso parece tan inseguro como una casa hecha de palillos.
Como mi despacho es dos veces más grande que el de Marguerite y como debería, por derecho, ser el suyo, me siento avergonzada y llamo a su puerta.
– Vig, entra. Felicidades por el ascenso. Editora… c'est magnifique. Siéntate y cuéntamelo todo.
Marguerite, o su factótum, ha redecorado el despacho. Ahora las sillas tienen cuatro patas y no chirrían. Es un adelanto.
– No hay mucho que contar.
– ¿Sabías que iban a ascenderte?
Está siendo agradable y, sin embargo, tras la sonrisa veo algo oculto: intenta averiguar si mi ascenso es el principio de su caída. Pero todo lo que Jane ha hecho durante las últimas semanas tiene ese objetivo y no puedo culparla por ser suspicaz.
– No tenía ni idea. Normalmente hay que esperar a que una editora se marche para que te den su puesto.
– Sí, claro, eso es lo normal. Supongo que Jane ha querido recompensarte por tu trabajo -dice Marguerite, como si estuviera leyendo en voz alta una ecuación matemática: «la generosidad de Jane más el ascenso de Vig, igual al despido de Marguerite».
– Supongo.
– Bueno, sea cual sea la razón, estoy segura de que te lo mereces. Pareces una chica muy inteligente -sonríe la directora de belleza y moda-. ¿Qué querías?
– Hablar contigo sobre un par de ideas.
– Excelente. Soy toda oídos.
Genial. Justo lo que esperaba. Le cuento lo de los artículos anuales sobre Pieter van Kessel, lo de seguir a un joven talento a través de todos los pasos del éxito. Marguerite es receptiva y toma notas. Su entusiasmo refuerza mi decisión, aunque no me hago ilusiones. El ascenso me permite cierta libertad, pero no tengo ningún control sobre lo que, por fin, será publicado en la revista. Los contenidos de Fashionista son como la constitución de los Estados Unidos: sólo la mayoría del Congreso puede alterarla.
– Me encantaría ir al desfile de van Kessel -dice Marguerite.
Yo me emociono. Cinco años después de haber llegado a la revista, me emociono porque alguien me presta atención. Patético.
– Estupendo. Te diré cuándo es.
– Hay que ir a la caza de ideas nuevas. Australia está un poquito lejos, pero podríamos publicar algo sobre los nuevos diseñadores de allí. Son muy frescos, nada estirados.
Yo nunca he visto un ejemplar del Vogue australiano, pero le digo que sí, que me pondré con ello.
– Genial. ¿Tienes alguna otra idea?
Tengo muchas ideas, pero Fashionista es una anomalía en el mundo de las revistas femeninas. Normalmente, las publicaciones dependen de un constante influjo de nuevas ideas, pero nosotros hemos logrado sobrevivir borrando la palabra «nuevo» e «interesante» de nuestras páginas.
Mes a mes lo único que cambia son las caras y el único reto de nuestras editoras es encontrar al más famoso del momento. La dolorosa verdad es que el tío que lee el nombre de los nominados para el Oscar está haciendo mi trabajo, sólo que él lo hace mejor.
– Yo había pensado en un artículo de investigación sobre quiénes son los que crean las tendencias. Hablamos de ellas en cada número, pero nunca hemos explorado la raíz del fenómeno. Yo creo que es la gente de la calle quien crea las tendencias…
Sigo contándole mis teorías (los que las adoptan primero, los que los siguen, el consumo en masa). No era mi intención darle una charla y estoy segura de que Marguerite sabe de esto mucho más que yo, pero no puedo evitarlo. La experiencia de que alguien me escuche es demasiado novedosa.
Fase cuatro
Gavin Marshall es como Suiza. Los conflictos no son para él, son para otros.
– No digas bobadas -le espeta Jane a su publicista, Anita Smithers-. No podemos hacer el cóctel allí. Es demasiado pequeño. ¿Dónde metemos a los famosos? Gavin, ¿entiendes lo que digo?
– La sala Karpfinger va a mostrar su trabajo y es allí donde debemos celebrar el cóctel, ¿verdad, cariño? -insiste Anita, tomando la mano de su cliente.
Es una mujer imponente, de más de metro ochenta. Si te la encontraras en un callejón oscuro, saldrías corriendo.
Gavin no dice nada. Es un hombre delgado, débil. Parece contentarse con observar atentamente su gazpacho. Lo he visto mirando alrededor un par de veces, como si estuviera intentando escapar.
– ¿Por qué no podemos hacerlo en otro sitio? ¿En el Guggenheim, por ejemplo? -pregunta Jane, clavando el tenedor en la lechuga como si quisiera asesinarla.
Jane y Anita se cayeron mal de inmediato. No me sorprende. Son casi la misma persona, con el mismo pañuelo de seda al cuello y las mismas gafas de Versace.
– Porque es una exposición y hay que hacerlo en una galería de arte. Gavin, por favor, explícaselo -suspira Anita, apretando de nuevo la mano de su cliente.
Jane toma la otra mano. Es culpa de Gavin. ¿A quién se le ocurre dejar las manos sobre la mesa?
– Siento mucho ser la única que cree que debes estar en un museo.
La obra de Gavin Marshall está en varios museos del mundo, pero Jane no lo sabe. Lo único que sabe de él está en las notas que le ha pasado su ayudante.
Anita le pide que cuente en qué museos tienen obra suya, pero Gavin permanece en silencio y es ella quien hace la lista. Normal, anunciar los éxitos de su cliente entra en el sueldo.
– Haremos el cóctel en Karpfinger y no hay más que hablar. Si no te gusta, peor para ti.
Jane no está acostumbrada a que le hablen así y no sabe qué hacer. Si no fuera porque quiere pisarle el terreno a Marguerite saldría de allí envuelta en una nube de Tresor.
– Me gustaría ponerme tan terca como tú, pero aquí lo único importante es la obra de Gavin. Algunos somos capaces de hacer sacrificios por amor al arte.
Anita hace una mueca. Lleva media vida haciendo sacrificios por amor al arte y no le hace ninguna gracia que aquella advenediza le diga lo que hay que hacer.
– El cóctel se celebrará en Karpfinger.
Jane está a punto de perder el control y tiene que hacer un esfuerzo para no estamparle la cesta del pan.
– ¿Por qué no eliges tú el sitio para la fiesta? -sugiero yo.
– ¿Cómo? -pregunta Anita.
– Ah, claro. Conozco un sitio estupendo, Mehanata 415 -dice Jane entonces. Es un restaurante búlgaro donde van las modelos. Normalmente, las fiestas que se celebran después de un cóctel son más exclusivas que el propio cóctel-. Habrá que reservarlo. Vig, tienes que encargarte de todo. Gavin será el invitado de honor, por supuesto… y necesitarás ropa adecuada -añade, observando los vaqueros y la camiseta-. Irás de compras conmigo.
Gavin Marshall mira la mano de Jane como si fuera un alien y yo diría que está preparado para sacrificar la extremidad con tal de salvarse a sí mismo.
– ¿No es ese Damien Hirst? Y te está haciendo señas -digo entonces, señalando vagamente hacia unas plantas.
Anita y Jane, sorprendidas, sueltan a Gavin y él aprovecha para levantarse.
– Tengo que ir a saludarlo. Nos veremos más tarde.
Yo aprovecho para levantarme también. Quedarme a solas con Jane y Anita es mucho más de lo que puedo soportar.
– Bueno, tengo que ponerme manos a la obra.
Cuando salgo del restaurante, veo que Gavin está esperándome.
– Tengo hambre. ¿Vamos a comer algo?
– Muy bien -me sorprende que no haya salido corriendo. Yo lo habría hecho-. ¿Qué te apetece?
– Algo que no sea gazpacho.
– Hay un café en la esquina.