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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– No puedo tomarme un día libre.

Eso es cierto. Cuando trabajas como free lance nada puede protegerte de ti misma. No hay red, no hay desempleo y no te quedas en casa a menos que tengas el tifus.

– Tienes que ir al médico, Maya.

Ella me mira con sus ojos de demonio.

– He mirado en Internet qué es la conjuntivitis. No es nada, se me quitará sola.

– Lo dudo.

– Es una simple infección.

– ¿Cuánto dura?

Mi amiga está jugando distraídamente con los flecos de un cojín.

– Sólo cuatro semanas.

La imagen de Maya caminando por Manhattan como un monstruo en una película de serie B durante cuatro semanas me hace soltar una carcajada.

– Llama al médico, anda.

Ella hace una mueca. Su seguro médico no cubre cosas tan simples como una conjuntivitis y tendrá que pagar la visita de su bolsillo. Su seguro sólo vale para cuando le explote el apéndice o le falle un riñón o cuando se rompa el ligamento anterior esquiando en Aspen.

– No te cobrará más de cien dólares. Y cien dólares es un precio pequeño por curarte la conjuntivitis. Además, se lo debes a tus compañeros.

Mi amiga masculla algo, pero no lo entiendo. Considero la idea de acercarme, pero no me apetece que se me hinchen los ojitos.

– ¿Qué?

– Mis compañeros… ¡Ja! A saber dónde he pillado esto. Sólo he estado en la redacción.

Eso no es cierto. Hoy es martes y ha tenido toda una semana para pillar gérmenes conjuntivídeos o como se llamen.

– Seguramente la pillé allí. Tú estás preocupada porque no contagie a nadie, pero seguramente me lo han contagiado a mí. Una de las editoras tenía los ojos rojos el otro día y, en lugar de ir al médico y ahorrarnos este sufrimiento, ha ido contagiándolo sin ningún respeto por la vida humana. Mañana voy a hablar con ella y… -Maya no termina la frase-. Desde luego…

– ¿Qué?

– No sabía que fuera tan manipulable. Si yo puedo ponerme así por una conjuntivitis, imagina cómo será un agitador hablando con media docena de campesinos descalzos.

Parece turbada por la idea, como si acabase de descubrir que ella habría sido la primera en encender una cerilla en Salem.

– No digas bobadas.

– ¿Son bobadas? -Maya intenta levantar una ceja, pero la hinchazón del párpado se lo impide. Por su mejilla ruedan dos lágrimas como puños.

– Por favor, no entiendo cómo el jefe del departamento no te ha mandado a casa.

Ella se encoge de hombros.

– Trabajo con extraños. Nadie me mira, nadie se fija en mí. La mitad de ellos no saben ni cómo me llamo. Se ponen detrás de mí y dicen: «oye», hasta que me doy la vuelta.

– Aun así, tienes los ojos de pena.

– Si me pongo las gafas no se nota tanto.

La diferencia es mínima, por supuesto. Como Superman y Clark Kent.

– ¿Cómo no van a notarlo?

– Vig, podría ir a trabajar con una joroba y nadie se daría cuenta. Trabajo con extraños -insiste Maya, con un tono de sabia resignación que me recuerda al del hechicero del poblado.

Una idea florece

Pieter van Kessel es rubio, delgado y le saca dos cabezas a toda la humanidad. Es como la Sagrada Familia de Barcelona y, de repente, tú te sientes como una planta baja. Aunque delgado y de pómulos marcados, es muy atractivo. Tiene los ojos castaños, de esos ojos que te miran sin pestañear, y lleva una perilla muy europea.

– Esto es en lo que estoy trabajando -dice, mostrándome unos diseños con volantes. Aunque yo no sería capaz de reconocer el acento holandés, habla sin acento alguno. No tiene ningún acento, como un canadiense.

La entrevista con van Kessel fue facilísima de conseguir. Como no quería hablar con su madre, Jackie me dio todos sus números de teléfono: el de casa, el móvil, el del coche, el del trabajo… y dejó que yo lo arreglase todo.

La señora Guilbert, muy amable, llamó a su amigo Hans y todo solucionado. Hans, el socio de van Kessel, estaba encantado de aparecer en Fashionista (evidentemente, no conoce mucho la revista).

Hans ahora mismo está mirando por encima de mi hombro, señalando detalles en los diseños de van Kessel que él, o por modestia o por no querer parecer inmodesto, no se atreve a mencionar. Hay otras dos personas en la habitación, Dezi Conran, una mujer de dedos ágiles que está cosiendo una falda, y la esposa de van Kessel.

Estamos en el sótano de un apartamento en la parte baja del East Side. Justo enfrente de una casa-museo que te muestra cómo vivían los emigrantes a principios de siglo (diez en una habitación). Las cosas no han cambiado mucho desde entonces y, aunque aquí sólo viven van Kessel y su mujer, Dezi, Hans y siete maniquíes también ocupan espacio.

Después de mirar diseños y telas durante horas, sugiero que salgamos a la calle para comer algo. Fuera hay treinta y ocho grados y en el sótano debe de haber cuarenta y ocho porque tengo la espalda cubierta de sudor.

Pieter nos lleva a un restaurante cercano, de esos con ventilador en el techo y asientos de plástico.

– Si el próximo desfile tiene éxito, habrá que buscar un inversor -dice Hans-. Pero tendrá que ser alguien en quien confiemos, alguien que no quiera usar telas de menor calidad y que deje a Pieter el control creativo.

El artista sonríe.

– Ya veremos cómo va el desfile de noviembre. Entonces pensaremos en esas cosas.

Antes de que tu ropa aparezca en los escaparates de Barney's tienes que encontrar un financiero que invierta en tu colección. Sólo entonces puedes manufacturar tus diseños, venderlos a las tiendas y aparecer en Fashionista. Así es como funciona el mundo de la moda.

La camarera está esperando, pero yo no me doy cuenta porque estoy muy ocupada tomando notas en mi cuaderno, el que uso para hacer bocetos en el Metropolitan. Como insiste, le pido una hamburguesa.

Le pregunto a Pieter si alguien ha mostrado interés en financiar su colección y él niega con la cabeza. Pero si no consiguen que la prensa vaya al desfile y que sus diseños aparezcan en las revistas y en los medios de comunicación no podrán crear una línea.

Hans dice un par de nombres con los que piensa ponerse en contacto. Tiene tal entusiasmo que estoy segura de que va a salir bien. Y yo estoy segura de que, en tres o cuatro meses, el nombre de Pieter van Kessel será reconocido por todo el mundo. Es imposible que no sea así porque sus diseños son originales y fuera de serie. En un año estará vendiendo su ropa en Bergdorf.

Y éste es mi artículo, éste es mi nuevo diseñador. Esta es mi oportunidad.

Fashionista no promociona nuevos diseñadores a menos que una estrella lleve puesto alguno de sus modelos, pero me niego a darme por vencida. Escribiré un artículo y se lo mostraré a Marguerite. Y si me lo publican, escribiré otro dentro de doce meses, cuando van Kessel ya sea conocido. Quiero explorar el efecto del éxito en un diseñador y en la gente que lo rodea.

Dos horas más tarde me despido, casi incapaz de contener la emoción. No sólo quiero contar la experiencia de Pieter van Kessel ahora que empieza, quiero revisar su carrera de año en año, como se hace con los sixtillizos y con las ballenas azules en los documentales.

Los archivos de Delia

Delia se acerca a mi escritorio para decirme que puedo contar con ella.

– Alex me ha contado tu plan -dice en voz alta, sin preocuparse de que alguien pueda oírla-. Y quiero que sepas que estoy dispuesta a servir a la causa, si me necesitáis.

Yo levanto la mano, indicándole que lo primero que tiene que hacer es bajar la voz. Aunque Allison está en su mesa hablando de cordero a la brasa (yo también pensaba que no me gustaría, pero tienes que probarlo, está de morirse), no quiero que nos oiga. No debe saber que le he contado nuestro plan a alguien.

– Vamos a la calle -digo en voz baja.

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