Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
– No, mis padres viven en Missouri.
– Ah, sí, claro.
Jane se queda mirándome fijamente. Si fuera un oncólogo, pensaría que iba a decir: «el tumor es maligno».
– Vig, ¿durante cuánto tiempo fuiste mi ayudante?
– Dos años.
– Eso es, dos años -repite ella, levantándose del sillón para sentarse a mi lado-. Y en esos dos años formamos un lazo de respeto mutuo, ¿verdad?
Yo no creo que «respeto mutuo» sea una frase que se haya pronunciado jamás en Fashionista y tengo el corazón en la garganta. Me temo que va a pedirme un favor muy personal, algo así como cuando le pides a tu mejor amiga que vaya contigo a las clases de parto sin dolor.
– Sí, bueno…
– Creo que ha llegado el momento de darte un ascenso.
Este no es el procedimiento normal, pero no me sorprende. Nada es normal desde que entré en este despacho.
– ¿Cómo?
– Que te mereces un ascenso.
Yo estoy demasiado perpleja como para decir nada.
– ¿Qué te parecería ser editora?
Me parecería maravilloso. Increíble.
– Muy bien.
– Estupendo -sonríe Jane, volviendo a sentarse en su sillón de piel-. Le diré a Jackie que redacte el informe. Lo primero que quiero que hagas es llamar al publicista de Gavin Marshall.
No sé de qué me sorprendo. Debería haberme olido esto.
– ¿Gavin Marshall?
– Sí, el de Dorando la imagen. Llámalo y dile que quiero hablar con él. Fashionista patrocinará su exposición.
– Pero Marguerite…
– Vig, ahora eres una editora. No tienes tiempo para hacer recados. Claro que si te apetece más trabajar para Marguerite, puedes quedarte como redactora.
La amenaza está clarísima.
– No, no. Claro que no.
– Ya me lo imaginaba. Dile a Marguerite que has hablado con Marshall y no está interesado.
– Pero…
– Quiero que esto se haga a mi manera, no a la suya. La pobre lleva demasiado tiempo en Australia.
Afortunadamente para Jane, Marguerite no sabe nada de esto.
– Muy bien.
– Prepara la reunión con el publicista de Marshall. Habla con Jackie para ver cuándo tengo un día libre -dice Jane, tomando el teléfono. Otra persona diría adiós, ella no se molesta.
Tengo la mano en el picaporte cuando vuelve a llamarme:
– Vig, no le digas ni una palabra de esto a nadie. ¿Entiendes? A menos que quieras volver a ser redactora.
Yo me limito a asentir con la cabeza.
Términos de referencia.
24 de agosto: cambio de género
Maya escribe sobre cadáveres… en los vagones del metro, en los servicios públicos, en los armarios de apartamentos sin alquilar. Los coloca por todas partes para que la gente se tope con ellos, haciendo que hasta el más inocente ciudadano se sienta como un detective. Ese es el tipo de libro que escribe: gente normal enfrentándose a un reto siempre relacionado con la muerte.
Sus libros son imposibles de vender.
– No contienen suficiente misterio como para ser novelas detectivescas -se quejó, cuando estaba llorando la pérdida de su representante en el bar del Paramount-, pero tampoco aparecen en las listas de ficción. Son híbridos, ni carne ni pescado.
Maya había elegido misterios porque pensó que sería fácil imaginar una trama. Esto fue antes de descubrir que no podía hacerlo. Antes de descubrir que era imposible salirse de la fórmula.
– Voy a escribir una novela de amor -anuncia, abriendo una bolsita de papel marrón.
Dentro lleva un sándwich de jamón y queso, un refresco de naranja y una bolsa de patatas fritas Lay. Es la clase de almuerzo que tu madre te pone cuando estás en el instituto. Sólo le falta la manzana.
Mi almuerzo no es tan impresionante: un sándwich de manteca de cacahuete.
– ¿Una novela de amor?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Porque son horribles.
Ya no tiene los ojos hinchados, aunque siguen enrojecidos. Las gotas que le recetó el médico han sido milagrosas.
– ¿Son horribles?
– Bueno, no todas. Algunas son decentes, pero la mayoría no valen nada. Se publican demasiadas como para mantener un buen nivel de calidad.
Estamos comiendo en un banco, a la entrada de Central Park, frente al hotel Plaza.
– ¿Entonces?
– Yo puedo escribir cien mil palabras de amor en un par de meses. No es tan difícil.
– De eso nada.
– ¿Qué?
– Que no.
– ¿Qué quieres decir?
– Que no debes escribir una novela de amor -le digo, horrorizada. No me imagino a Maya desperdiciando cien mil palabras en un tema que no le importa lo más mínimo-. Sería una absurda pérdida de tiempo.
– ¿Por qué?
– Porque no funcionará.
– ¿Por qué no? -me pregunta, con la boca llena.
– Porque tú no sabes nada de ese tipo de literatura.
– ¿Y qué hay que saber? Dos personas se enamoran y punto.
– Desprecias el género.
– Porque se lo merece -se encoge mi amiga de hombros.
– Pues eso.
– ¿Qué?
– No escribas una novela de amor, no escribas otro libro de misterio. Escribe un libro, sencillamente.
– Qué tontería.
– ¿Qué es una tontería?
Maya no me contesta, pero no me sorprende. Ya hemos discutido esto otras veces y sé muy bien lo que está pensando. Escribir ficción de género es fáciclass="underline" sigues una formula, haces lo que puedas y, si no eres tan buena como los autores que has admirado de pequeña: E.M.Forster, Christopher Isherwood, Virginia Woolf… da igual. Nadie espera que lo seas. Escribir ficción es fácil. Lo que es difícil es tomarte a ti mismo en serio como escritor.
– Tienes que dejar de hacerte eso a ti misma.
– ¿A qué te refieres? -me pregunta Maya.
– Lo de los términos de referencia. Esto de la actividad, del cambio de género. Es como si estuvieras pasando por los cinco estadios del luto, pero tú tienes que pasar por cinco mil. Olvídate de todo y preocúpate de lo que realmente importa. Sé que es duro… yo tardé dos días en reunir valor para llamar a van Kessel, pero tienes que hacerlo.
No sé cómo me he convertido en un ejemplo de industriosidad, pero aquí estoy: Vig Morgan, el ejemplo del que hace lo que tiene que hacer.
Maya se queda callada un momento.
– Podría escribir un libro histórico, algo que tenga lugar en la Inglaterra del siglo XIX.
Yo dejo escapar un largo suspiro.
El expediente de Jane
Antes de dármelo, Delia echó un vistazo al expediente y censuró lo que no quería que viese. Como una carta del abuelo de Jane cuando estaba en el frente, en 1941. Cualquier detalle que pudiera revelar dónde estaban acuarteladas las tropas, Delia lo ha tachado con tipp-ex. No sé, quizá tenía miedo de que yo avisara a los alemanes.
Noventa por ciento del expediente no tiene ningún interés y tengo que hacer un esfuerzo para mantener los ojos abiertos. Me quedo adormilada leyendo la carta de Jane a la Sociedad de Mujeres Editoras, que le dieron un premio en 1998, y sólo me despierto cuando suena el teléfono.
Me echo agua fría en la cara, pero no puedo terminar el agradecimiento de seis páginas. Imposible leer tantas cosas sobre «la hermandad entre mujeres». Jane no es la hermana de nadie. Si acaso, la hermanastra perversa.
Lo único interesante del expediente es una carpeta con recibos y facturas que demuestra que Jane McNeill roba dinero de la empresa. Todas las sillas de su apartamento, las litografías de Picasso, cada masaje, han sido pagados por Fashionista. La revista paga también sus vacaciones anuales en Borneo y su chalecito en Aspen. Pagamos sus cortes de pelo, sus tintes, sus manicuras, sus almuerzos y hasta los taxis para ir al teatro. Lo único que Fashionista no paga es el exclusivo colegio de sus hijos, pero eso es sólo una cuestión de tiempo.