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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– Y por fin, el artículo sobre los vestidos de las damas de honor. Quiero usar sólo a los mejores diseñadores. Y quiero una sesión de fotografías por toda la ciudad: Staten Island, el edificio Flatiron… quiero que sean fotografías en exteriores -dice Jane, como si la idea hubiera sido suya-. Jackie, llama a la agencia Ford. Podemos hacer un concurso y que las lectoras envíen las fotografías de sus vestidos, pero los lucirán modelos. Jackie, encarga cien camisetas con el logo de Fashionista para regalar a las primeras cien cartas. ¿Alguna cosa más? -pregunta, mirando a la extraña que está sentada al lado de Marguerite.

Jane no es la única que no le quita ojo de encima, pero sí es la única que está nerviosa. Pantalón gris, zapatos planos, barriguita… esos no son los rasgos de una fashionista y Jane teme que sea de las oficinas de administración. La única razón por la que ha terminado su discurso con «¿Alguna cosa más?», en lugar de salir pitando de la sala de juntas como acostumbra, es porque quiere hacerse la simpática delante de ella.

– Sí -dice Marguerite-. Me gustaría presentaros a mi factótum personal, la señorita Beverly.

– ¿Tu factótum? -repite Jane, como si se estuviera comiendo un limón-. ¿Tu factótum?

Está claro que no sabe lo que eso significa. Nadie lo sabe.

– Va a ayudarme en la redacción -explica Marguerite.

– Una asistente.

Marguerite niega con la cabeza.

– No, Kylie es mi asistente… y haces un trabajo estupendo, por cierto -le dice a Kylie, con una sonrisa-. La señorita Beverly es mi factótum.

– ¿Qué es eso, una cosa australiana? Seguro que los aborígenes de las mejores familias tienen uno, pero esto es Nueva York.

– En realidad, los factótums son muy normales en este momento -replica Marguerite-. Terance Conran y Philip Johnson tienen uno.

Jane parece a punto de ponerse a gritar.

– Lo siento. No tenemos presupuesto para pagar a tu fac… tu asistente.

– Por favor, no tienes que disculparte -sonríe Marguerite con exagerada magnanimidad-. Como he dicho, la señorita Beverly es mi factótum personal. Yo pagaré su salario.

– Aha, ya veo -murmura Jane, tomada por sorpresa-. Una pena que no tengamos sitio para ella.

Marguerite sonríe de nuevo.

– Hay sitio. Yo sé dónde puede colocarse.

– ¡Allí no hay sitio! -exclama Jane, como una loca en una película de Hitchcock.

– ¿Perdón?

Nuestra directora intenta recuperar la compostura.

– ¿Dónde quieres ponerla?

– En el pasillo, al lado del ascensor de carga.

Jane niega con la cabeza.

– No podemos instalar allí un despacho. Taparía el extintor y eso supone un riesgo de incendio.

Marguerite saca un papel, se lo muestra y espera.

– Una carta del jefe de bomberos de Nueva York diciendo que poner un despacho en el pasillo del ascensor de carga de la revista Fashionista no supone un riesgo de incendio.

Jane se quedó atónita. Y yo también.

– Ya veo. Tendré que hablar con manteni…

Marguerite saca otro papel.

– He hablado con mantenimiento, con dirección, con recursos humanos y con el departamento jurídico. Incluso he hablado con el departamento de limpieza. Y me han asegurado que no les importa vaciar otra papelera. Aunque la papelera, por supuesto, la pagaré yo.

Jane está buscando una salida tan desesperadamente que casi le sale humo de las orejas. Pero ahora mismo no puede hacer nada. Marguerite la tiene atrapada y su único recurso es dar por terminada la reunión.

– Eso es todo -dice, levantándose.

«Esto es una batalla», se está diciendo a sí misma. «Esto sólo es una batalla, pero no has ganado la guerra». Ya está preparando su próximo golpe.

Cuando volvamos mañana a la redacción, habrá contratado un mayordomo.

Tu vida es cada vez más boba

Dot cree que se puede saber mucho de una persona por cómo trata sus ventanas.

– No compres cortinas hasta que leas esto -me dice.

Como no había planeado comprar cortinas y Dot no tiene ningún papel en la mano, yo asiento con la cabeza.

– Muy bien.

– Es una idea para una nueva columna. «El mejor rasgo de tu casa». Cada mes elegimos uno diferente y entrevistamos a tres famosos. Primero: ventanas. ¿Cortinas, persianas, estores, venecianas? ¿De qué color? ¿De raso, de sarga, de tergal, de lino, de algodón? Ya sabes, todo eso… He escrito aquí unas sugerencias. Y también está el número de Perky Collins.

Yo no conozco a ningún Perky.

– ¿Quién es?

– La presentadora de El paraíso de Perky, un programa de mucho éxito en el canal Casa y Jardín -me contesta Dot, como si el canal Casa y Jardín lo viera todo el mundo.

Deben verlo como doce personas, más o menos.

– Es una decoradora muy respetada, ha hecho trabajos asombrosos con el color.

Suena el teléfono de Dot y eso marca el final de la reunión. Yo le hago un gesto diciendo que me marcho, pero no me ve porque se ha vuelto hacia la ventana.

Allison no está en su mesa y mi teléfono no suena. Deseo que suene para distraerme un poco pero, después de cinco minutos en trance, admito que no tengo poderes mágicos y abro la carpeta de Dot.

No tengo que leer nada, porque ya me lo imagino. Todas las secciones son iguales: Las chicas hablan, Estilo ciudad. El juego de los pijamas… Si te fueras a una isla desierta, ¿qué productos de belleza llevarías? ¿Qué diseñador capta mejor tu personalidad? Crema hidratante o laca de uñas: ¿cuál es más importante para ti? Termina esta frase: Me sentiría desnuda sin…

La mayoría de estas entrevistas se hacen a distancia, a través de un representante, por teléfono… pero siempre hacemos creer que estamos tomando el té con el famoso. Te vendemos la idea de que nosotros podemos entrar donde tú no puedes.

Como no tengo nada que me distraiga, empiezo a leer las notas de Dot sobre la nueva columna. Las cortinas son sólo el principio, luego están las neveras (lo que hay dentro, más bien), las camas (¿sábanas con bordados o sin bordados, de rayas o lisas?) y jardines (¿plantas autóctonas o plantas exóticas?) las seguirán en rápida sucesión.

Hacerle preguntas tontas a actores y cantantes famosos, o más bien a sus representantes, es el pan nuestro de cada día en la redacción de Fashionista. Lo único profundo aquí es nuestra mortificación. Y si te sientes como una periodista en una obra de Noel Coward preguntando: «¿Qué piensas de la mujer moderna?» no puedes culpar a nadie más que a ti misma.

Hay muchas otras revistas en el mercado que hacen preguntas serias y relevantes. Busca trabajo en una de ellas.

Un ojo hinchado

Maya tiene conjuntivitis.

Se lava las manos antes de tocarse los ojos, pero a saber a cuántos compañeros habrá infectado.

– Yo creo que a ninguno -dice ella, a la defensiva. Está sentada en el sofá, con una toalla mojada sobre el ojo derecho. El izquierdo me mira fijamente, rojo como un tomate.

He venido porque me ha llamado ella. Está buscando ideas para nuevos artículos, pero a mí no me apetece hablar de eso. La guía de la A a la Z de los antioxidantes me aburre de muerte.

– Lo tocas todo -le recuerdo. Todo pasa por las manos de un corrector. Cada artículo, cada columna pasa por sus infectados dedos, así que ha terminado con conjuntivitis.

– Ya te he dicho que estoy todo el día lavándome las manos. Hoy me las he lavado como sesenta veces.

Al incorporarse en el sofá se le cae la toalla, revelando un segundo ojo, también infectado. Este está peor. Lo tiene tan hinchado que casi no puede abrirlo.

– Tienes que ir al médico.

– No quiero.

– Deberías quedarte en casa -insisto yo, la voz de la razón-. A finales de semana habrá doce casos de conjuntivitis en la redacción, ya lo verás.

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