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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Una noche cogí el coche y fui a Henderson a cenar tranquilamente con alguien. Era un lugar pequeño. Había una mesa de dados y dos de blackjack. Allí se detuvo una caravana y de ella salió un tipo con toda la familia. Estaban a casi cincuenta kilómetros de Las Vegas, pero era su primera parada.

Se habían detenido allí porque fuera vieron un letrero que decía: COMIDAS A 49 CENTAVOS DURANTE LAS 24 HORAS DEL DÍA. Aquel individuo se metió en el establecimiento para comer barato y se puso a jugar al blackjack. Tan sólo durante el tiempo que permanecí yo allí sentado, él dejó dos mil cuatrocientos dólares. Ni siquiera llegó a Las Vegas. Metió de nuevo a la familia en la caravana y se volvió para casa.

El Zurdo nunca olvidó aquel incidente. Le fue obsesionando la idea de aprender todo lo posible en aquel negocio. Decía:

Tenía miles de preguntas, pero ninguna respuesta. Los veteranos no querían contarme nada. Para ellos, todo era secreto. No tendría más remedio que aprender por mi cuenta.

Y lo que aprendí fue que no había secretos. Era casi imposible no hacer dinero en un casino. Algunos de éstos tenían que duplicar o triplicar el dinero, porque quienes los llevaban o eran demasiado holgazanes o no tenían un pelo de honradez.

Vi a muchos directores de casino que se tumbaban a la bartola. Se lo tomaban todo a la ligera. Mi trabajo consistía en circular por la zona de las mesas; ahora bien, en las noches más ajetreadas me paseaba por la parte exterior, por detrás de los croupiers, les observaba desde detrás y comprobaba si levantaban demasiado las cartas. Entonces me acercaba a ellos y decía: «Un flamante diez de picas veo por aquí».

Descubrí que una de las prácticas más corrientes en los casinos en los que no se iba a por todas, consistía en situar a un buscavidas detrás de un croupier poco contundente que mostraba las cartas y aquél se dedicaba a indicar el juego a su compadre, que estaba jugando en la mesa de dicho croupier. Se hacían señales con la cabeza, con los ojos y las manos, incluso utilizaban transmisores de impulsos. Algunos eran elementos de cuidado -estafadores de casino profesionales-, fichados y con foto incluida en la lista negra. Aparecían por allí con barbas, pelucas y narices postizas. Llevaban colegas que contaban las cartas, rociaban con un líquido la rueda de la ruleta, echaban algo sobre la mesa de los dados y utilizaban unos imanes especiales para sacar las monedas de las máquinas tragaperras. Se las arreglaban para montar el número que fuera para que uno de ellos pudiera hacer deslizar el mecanismo que sostenía las barajas sobre la mesa de blackjack -algo que normalmente sólo puede hacerse con la complicidad del croupier y el jefe de mesas- y acababan llevándose unos cuantos de los grandes, que nadie volvía a ver.

Intenté detectar las señales más insignificantes. Pistas. Aprendí que cuando quien tira los dados no abre las manos al soltarlos, puede que esconda alguno trucado. Pasa por allí gente tan rápida que resulta imposible ver cómo introducen dados trucados sobre la mesa. Es gente que trabaja en equipo, especialistas. A veces resulta que la persona que suelta uno de esos dados es una viejecita encantadora. No suele hacerlo el tirador. El que utiliza un dado trucado suele abandonar la mesa poco después. Uno no puede evitar que un experto introduzca dados trucados en la mesa, pero el jefe de mesas o el de turnos debería detectarlos antes de empezar el juego.

En poco tiempo uno aprende todos los trucos. Aprendes a estar ojo avizor ante cualquier movimiento de distracción. Con la gente que vierte una copa. Los que piden un cigarrillo al croupier. El que empieza a discutir con éste. Quien le detiene pidiéndole cambio. Aprendí a detectar un submarino, una especie de largo calcetín cosido con disimulo al pantalón del croupier, donde éste desliza las fichas que roba de las mesas. Tienes la pista del submarino cuando el croupier corrupto se toca constantemente la ropa. Me fijaba en si las botas del croupier se abrían algo por fuera del pantalón. Le quitas las botas a uno que las lleva de esta forma y en el noventa por ciento de los casos encuentras fichas dentro. Durante la primera semana que trabajé en el casino, pesqué a un croupier despistando fichas bajo su cronógrafo de pulsera.

Otra práctica habitual es la de «volver la cara», como dicen los que se dedican a estafar en las tragaperras. Recibe este nombre porque hacen volver la cara al encargado de sala con preguntas como: «Disculpe, ¿dónde está el servicio?», mientras sus compinches se colocan alrededor de las máquinas, obstaculizando la perspectiva, y uno de ellos la abre o bien le coloca dentro un imán que hace expulsar las monedas. Es cuestión de poco tiempo. Un experto puede vaciar una máquina en unos segundos.

Unos años más tarde, cuando yo llevaba el establecimiento, una noche recibí una llamada de Bobby Stella, padre, el director del casino, quien me dijo que un tipo vestido de vaquero nos estaba desplumando. El chaval jugaba en los seis puestos de una mesa de blackjack de cien dólares y tenía ochenta billetes de mil dólares ante él.

Fui para allá y pregunté a Bobby si conocía al muchacho. ¿Se alojaba en el hotel? ¿Sabía su nombre? Nadie tenía idea de él. La gestión de aquel casino era un desastre total. Cuando aparece un jugador de estas características, el jefe de mesas tiene que acudir en el acto para ofrecerle habitación gratis, copas gratis, todo gratis. El tipo tiene que sentirse mejor que en casa. En aquellos momentos es una personalidad y hay que darle jabón, en primer lugar, para que vuelva y pierda y, en segundo lugar, para que tú mismo tengas tiempo de averiguar quién es el hijoputa y hasta qué punto es legal.

Vamos a decir las cosas por su nombre: no vais a encontrar en todo el país un jefe de casino que, al ver a un elemento que gana ochenta mil dólares, no tenga claro, profundamente claro, que el cabrón le está robando. Yo sabía que estaba robando. Bobby sabía que estaba robando. Lo que no sabíamos es cómo lo hacía.

Sabíamos además que se pasaba de listo por la forma que tenía de apostar. Rechazaba lo que podían considerarse buenas manos y apostaba por un fracaso cantado. Arrojaba fichas de quinientos dólares en jugadas estúpidas y ganaba. No caía en los errores típicos, como para demostrar que seguía las normas.

Di las órdenes oportunas para que pudiera seguir a su aire. No quería que los de seguridad lo agobiaran ni que el algún jefe de mesas se pegara al hombro del croupier. Yo buscaba algo. De lo primero que me percaté fue de la forma en que cogía y tocaba las fichas. Antes de apostar aguantaba unas cuantas con los dedos y jugaba con aire nervioso con ellas, como un croupier profesional. O sea que con sólo este detalle comprobé que el hijoputa era un experto. Nos estaba dando el palo y hacía gala de ello ante el público.

Circulé por detrás de la mesa y me fijé en que nuestro croupier era de los poco rigurosos. No arqueaba las manos lo suficiente. Levantaba demasiado la carta cuando tenía que mantenerse firme. Y éste es precisamente el tipo de fallo que buscan los timadores redomados. Merodean de un lado para otro en busca de croupiers de manga ancha igual que el león al acecho del antílope. Bobby y yo subimos a observar el panorama a través del Ojo y allí nos fijamos en otro individuo inclinado sobre la mesa de detrás del croupier del vaquero, que veía la carta de abajo y hacía señas a su amigo. Bajé y me di cuenta de que el observador utilizaba algún aparato electrónico que llevaba en el bolsillo. Reclamé en seguida al señor Armstrong en BJ diecisiete; el mensaje en código que significaba que había que aplicar medidas de seguridad especiales a la mesa de blackjack número diecisiete. No quería que los tipos se largaran con aquel dinero.

Se había reunido mucha gente alrededor de la mesa, y como no queríamos problemas, dispusimos que uno de los de seguridad sin uniforme se situara cerca del ganador mientras otro, también perteneciente al personal de seguridad, distraía a los congregados un momento, aquél apretó una diminuta chapa electrónica -una especie de arma paralizante- contra el pecho del tipo y éste se desplomó.

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