Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
¿Qué esperaba yo? Empiezo a salir con una de las tipas más espectaculares de todo el puto Estado, por no decir de todo el puto país. ¡Válgame Dios!
Claro que lo era. ¡Ahí es nada!
Era tonto de remate. Ingenuo. ¿Me entendéis o qué? Y no paraba de repetirme: «¿Qué hago yo con esta mujer? ¿De dónde la habría sacado?».
La verdad es que durante esta época, en una ocasión, le dio por tirarse un farol. Fue interesantísimo. Nos disponíamos a meternos en la cama. Me miraba con una leve sonrisa.
– ¿Verdad que nunca has estado con alguien como yo? -me dice, con la sonrisa en los labios-. ¡A que no!
Ya sé que tenía razón, pero le pregunté a qué se refería.
– ¿Alguien como tú?
– Sabes perfectamente a qué me refiero -dice-. Nunca has estado con alguien como yo. Con alguien que tenga un aspecto como el mío. ¡A qué no!
– Pues te diré la verdad, Geri -dije-. No, nunca.
Pensé en ella en aquel preciso instante y comprobé que tenía razón. No acababa de creerme que aquello fuera todo mío. Nunca me había metido en la cama con alguien como ella.
Ella se limitó a mirarme y seguir sonriendo.
El juez de paz Joseph Pavlikowski casó a Frank y Geri el 1 de mayo de 1969. Según El Zurdo:
Nunca se cuestionó nada. Sabía que Geri no me amaba cuando nos casamos. Pero me atraía tanto cuando se lo propuse que pensé que sería capaz de crear una familia perfecta y una relación perfecta.
Antes de casarnos, hablamos sobre el hecho de que una persona podía crear o alimentar una forma de amor, de admiración, de respeto. ¿Qué es el amor? Hablé con ella sobre el tema. Pero no andaba confundido.
Se casó conmigo por lo que yo representaba. Seguridad. Fuerza. Un tipo bien relacionado. Un tipo que inspira respeto. Podía convertirme en un buen padre. Y ella ya no era una niña. No quería seguir de embaucadora en las mesas de juego. Tontear con sus jugadores. Quería ser respetable. Dejar el trabajo del Tropicana.
Cuando salía con ella, algunos amigos me avisaron. Me decían: «Oye, esta chica te va a desplumar. No sabes de dónde viene».
La verdad es que me consideraban un pardillo. Y lo era. Y aquella era gente que, creo, se preocupaba por mí. Intentaba decirme: «No lo hagas». Me veían siempre con ella. Estaba comprometido al máximo con ella.
Algunos la conocían desde hacía unos años. Yo la conocía de unos meses. Y tenía la impresión de que era más avispado que los demás. El ventajista era yo. Yo era eso, yo era aquello. Y me veía capaz de domar a Geri. Me importa un rábano que beba demasiado. ¿Qué pasa? Podía acabar con aquello en un día. No sabía nada sobre el alcoholismo. ¿Cómo iba a saberlo? Nunca había bebido. Mi vida se limitaba a hacer de ventajista, de ventajista y de ventajista. Eso era todo lo que sabía.
El día de la boda, se levantó y se fue a una cabina a llamar por teléfono. Salí a comprobar si le ocurría algo y oí que hablaba con Lenny Marmor. Le oí decir que se acababa de casar con Frank Rosenthal. Mientras hablaba me di cuenta de que estaba llorando. Oía que decía: «Lo siento, Lenny. Te quiero. Es lo mejor que puedo hacer». Estaba despidiéndose del amor de su vida. Colgó el teléfono y me vio. Me dijo que era algo que tenía que hacer. Le respondí que lo comprendía, pero que el pasado ahora era el pasado. Nos habíamos casado. La vida sería distinta. Cogí la copa que Geri llevaba en la mano y volvimos juntos al banquete.
De modo que nos casamos. Formidable. Fue una noche terrible. Tal vez reunimos a quinientas personas. Su familia. Mi familia. Amigos. Caviar. Langostas. Champán para quinientas personas. Erigieron una capilla en el Caesar's Palace. No tengo ni idea de a cuánto ascendió la factura. En mi boda, todo casó.
8
«No es como un hijo; es mi hijo.»
Rosenthal El Zurdo tenía cuarenta y un años. Se había cansado de trabajar por cuenta propia. Llevaba un despacho de apuestas de nombre Rose Bowl y en un periodo de tiempo de cuatro meses lo habían detenido seis veces. Estaba harto de las jornadas de dieciocho horas y del continuo hostigamiento a que le tenía sometido la poli. Tenía que dejarlo. Conseguir un trabajo estable. Sentar la cabeza. Claro que tal vez Las Vegas sea la única ciudad del mundo donde sentar la cabeza equivale a trabajar en un casino. En palabras de Rosenthaclass="underline"
En 1971 la tensión llegó al punto en que Geri me pidió que dejara el juego y buscara un trabajo normal. Que la familia tuviera algo de respetable, ahora que teníamos un hijo. Quería una vida normal. Geri se sentía marginada. Decía que Steven se sentía marginado. Yo tenía la sensación de que le debía cuando menos intentar vivir una vida normal por una temporada. Me dijo: «Utiliza en un casino la energía que aplicas en las apuestas semanales». Respondí que de acuerdo y rellené unas cuantas solicitudes. Tenía unos amigos en el Stardust y conseguí un empleo de supervisor. La categoría inmediatamente superior a la de croupier. Me pagaban sesenta dólares al día. Hacía un turno de ocho o nueve horas. Tenía bajo mi control cuatro mesas de blackjack.
El hotel y casino Stardust fueron construidos en 1959. Fue el primero que se edificó en un rascacielos, y según los agentes federales había tenido distintos propietarios, todos ellos conectados con la mafia de Chicago. Era famoso sobre todo por su rótulo -tan sólo la A contenía 932 bombillas eléctricas- y porque en su interior se hallaba el Lido Show. Se consideraba un establecimiento exento de emoción, un lugar en el que los jugadores perdían de una forma lenta y progresiva y no espectacular; los jugadores punteros acudían al Caesar's y al Desert Inn.
El tipo que me asignaron la primera noche fue Frank Cursoli, encargado del blackjack. Bobby Stella, vicepresidente del Stardust, a quien yo conocía de Chicago, me llevó a ver a Cursoli para presentármelo. Éste me soltó una delirante retahíla de palabras sobre los casinos y en ningún momento supe de qué coño me estaba hablando.
Luego, en mi primera noche, resulta que me llamaban por los altavoces. Yo desde el lugar donde estaba no podía acudir, pero vi que la mirada de Cursoli decía: «¿Quién coño es éste?» y también que preguntaba a Bobby Stella: «¿Quién es ese tipo? ¿A qué viene tanto lío de localización?».
Y Bobby le respondió: «Tranquilo. Tranquilo. Tú no sabes quién es. No te preocupes». Es decir que Bobby intentaba hacerle comprender a Cursoli que yo no era un empleado normal y corriente.
Cuando le pedí un descanso a Cursoli -se me estaba despertando la úlcera-, él me miró bastante mal. «Veremos qué se puede hacer», me responde como si yo fuera imbécil. Volví a mi puesto realmente hecho un basilisco. No estaba acostumbrado a tenérselo que suplicar a nadie cuando necesitaba un vaso de leche.
Vi pasar por allí a Bobby Stella. Le hice señas. Vino hacia mí. Le dije: «Oye, Bobby, ¿está pirado el tío ése? ¿Qué problema tiene?». «Tranquilo, tranquilo», y se va hacia Cursoli y me concede un cuarto de hora libre.
Al final del primer turno, cuando mi esposa me recogió, apenas me sostenía de pie. Las piernas me dolían. Le dije: «Geri, se acabó».
Pero ella me convenció de volver. Y a medida que me fui metiendo en el ajo, fui reduciendo las apuestas en deportes. A finales del primer año, las apuestas se reducían a la liga nacional de fútbol americano. Incluso había abandonado el baloncesto.
Nunca me había pasado por la cabeza la idea de trabajar en un casino hasta que me lo sugirió mi esposa, pero en cuanto me vi allí, aquello me intrigó. En mi vida había visto un negocio en el que la gente estuviera tan dispuesta a entregarte su dinero. Les proporcionas una copa y un sueño y ellos te entregan la cartera.