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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– En realidad, llevo haciendo uso de su generosidad durante cinco años, pero a tiempo parcial -suspira él.

– ¿Y desde cuándo hay otra persona haciendo tu trabajo?

Keller desaparece en la cocina y vuelve con dos cervezas.

– ¿Quieres?

– Sí, gracias.

Alex Keller hace un gesto para que me siente en el sofá. Flecha está tumbado en el suelo, moviendo lentamente la cola y, francamente, no parece un perro al que le hayan destrozado la vida.

– Siento lo de ayer -digo yo, más falsa que Judas-. Sólo vine para hablar contigo… y al final, todo se complicó.

– No pasa nada. Kelly cambiará de opinión… y si no, ya encontraremos a alguien. No es ninguna hecatombe.

Diez minutos antes me ha dicho que le había destrozado la vida, pero en fin…

– Delia lleva dos años haciendo mi trabajo -confiesa entonces, tomando un trago de cerveza-. Mi antiguo ayudante, Howard, sólo hacía una parte. Hasta entonces, yo tenía tiempo para las clases y para editar artículos.

No me sorprende. La sección de Eventos no es precisamente microcirugía. Se empieza con una descripción del sitio: flores, velas, estampados. Y después buscas cuatro o cinco frases de famosos. Si es una gala de Jaguar para recaudar fondos, les preguntas sobre su primer coche. Si es una fiesta de Dolce & Gabanna, sobre sus modelos favoritas, si es el estreno de una película de acción en la que el mundo se ve amenazado por berberechos gigantes, les preguntas por su peor experiencia comprando en un supermercado. Pones unas cuantas fotos y terminas el artículo con una frasecita graciosa. Alguien como Alex Keller puede hacer eso con los ojos cerrados.

– Las cosas se pusieron más difíciles cuando empecé a trabajar como becario en Walters. Además de editar los artículos, tenía que estudiar y hacer un montón de proyectos. Y cuando Howard me dijo que se iba, pensé que tendría que dejar Fashionista y pagarme la carrera yo mismo. Pero entonces apareció Delia -Keller suspira. No sé si es la cerveza o la confesión, pero parece más relajado-. Delia es una dinamo. Supe que era perfecta en cuanto la vi entrar con su traje de chaqueta azul. Tenía experiencia: había dirigido el periódico de la universidad durante tres años y era una chica muy inteligente. Además, era simpática, tenía una bonita sonrisa y sabía lo que quería.

– ¿Pagarte la carrera tú mismo? -le pregunto, cuando deja de elogiar a Delia.

Keller tiene la buena educación de ponerse colorado.

– Me la paga la empresa.

– ¿Fashionista te paga la carrera de arquitectura?

– La empresa te reembolsa los gastos si estás estudiando. ¿No lo sabías?

A Christine le pagan las clases de cocina, pero no es lo mismo. Ella va a trabajar todos los días.

– ¿Y nadie se ha dado cuenta de que nunca estás en tu despacho?

– Aparentemente, no. Una becaria me preguntó una vez, pero la invite a una fiesta y no volvió a preguntar.

– Eso es corrupción de menores -digo yo, no sé a santo de qué.

– No, porque tenía más de dieciocho -sonríe Keller, dejando la cerveza sobre la mesa-. Estaba a punto de sacar a Flecha cuando has llegado. ¿Te apetece dar un paseo por el parque?

– De acuerdo.

– ¿Quieres llevarlo tú? Ayer lo llevabas como una profesional.

– Me va a costar un poco acostumbrarme a esto. En la redacción eres un ogro.

– Porque no quiero hacerme amigo de nadie. Si fuera simpático, la gente empezaría a pasarse por mi despacho -Alex sonríe-. Pero no soy tan malo, ¿no?

– Una vez me echaste una bronca por quitarte el sitio en la fotocopiadora.

– Sólo un loco se atreve a entrometerse entre un hombre y su fotocopiadora favorita. No te puedes imaginar lo frustrante que es tener que robarle tiempo a tu vida para ir a trabajar y no encontrar una fotocopiadora libre -me dice. Y se queda tan pancho.

Pues no, no tengo ni idea de lo frustrante que es eso. Yo tengo que robarle tiempo a mi trabajo para vivir.

Mi día 529

El estilo editorial de Jane consiste en pasar tu artículo a otros editores para que den su opinión. Distribuye la copia después de haberla destrozado con su rotulador rojo y sus comentarios demoledores (muchos detalles tontos, mal fraseado, sin contenido, no vale para nada) y los otros editores tienen que presenciar tu humillación.

Y en lugar de animarte un poco con unas palabritas, se ponen del lado de Jane anotando más estupideces al margen. Para cuando te llega el artículo de vuelta, te sientes como el esqueleto de una vaca que ha sido comida por los buitres.

Como la ayudante de Jane no hace otra cosa más que estar pendiente de ella, no me dieron una columna hasta mi primera semana como redactora. Era algo que llevaba dos años esperando y mi entusiasmo no disminuyó al saber que el tema era «cómo copiar el peinado de las famosas».

Yo seguí las normas de la revista de cabo a rabo (hablando todo el tiempo del pelo de Nicole Kidman), pero Jane encontró algo que criticar. Y cuando le envié una segunda versión para que la revisara, me mandó una nota descorazonadora: ¿Por qué me haces perder el tiempo con esto?

Al final, se publicó la primera versión. Aparentemente, lo que a Jane le habían parecido detalles tontos, al final eran lo más importante para que las lectoras supieran cómo copiar el peinado. Mi satisfacción duró poco porque en el siguiente artículo (recetas de cocina de madres de famosos) volvió a hacerme lo mismo.

Lo que yo no sabía entonces era que siempre iba a ser igual. Aunque Jane no se molesta en leer casi nada, muestra un inusitado interés por mis cosas. Cada vez que está enfadada o frustrada, se divierte destrozando mis artículos. Es como una niña de cinco años que se dedica a cortar las alas a las mariposas. De un simple tirón, me deja hecha polvo.

Fase uno: terminada (Por fin)

Las circunstancias de la vida me obligan a chantajear a Keller.

Tenía un discurso preparado: «en momentos de crisis, los ciudadanos se levantan en armas para librarse de la tiranía». Prácticamente, oía el redoble de tambores mientras lo estaba declamando.

– Lo siento, no puedo ayudarte. Me gustaría, pero Jane McNeill es mi mayor aliada. Una nueva directora podría exigirme que fuese a las reuniones o llamarme a su despacho cuando quisiera. Sólo me queda un año y no puedo arriesgarme.

– Pero Fashionista es una revista horrible -protesto yo.

Keller observa cómo Flecha le enseña los dientes a un chihuahua que se ha atrevido a acercarse.

– El público no piensa eso. Fashionista vende más ejemplares que cualquier otra revista femenina.

Eso es cierto.

– Bueno, pero las condiciones dec trabajo son horrorosas.

– Entonces, no vayas a la redacción -me dice, como si fuera tan fácil. Lo que me sorprende es que él haya podido hacerlo durante tantos años sin que lo hayan despedido.

– ¡Yo no puedo hacer eso! -exclamo en voz alta.

La señora que está sentada en el banco de al lado, haciendo un crucigrama mientras su chihuahua molesta a Flecha, me mira con extrañeza.

– Pues entonces busca otro trabajo. ¿Desde cuándo estás en Fashionista?

– Desde hace cinco años -contesto yo, con la sensación de que llevo allí cuatro años de más.

– Mira, no creo que echar a Jane sea el cambio que estáis buscando. Jane es el sistema. O trabajas dentro de él o te vas.

Muy bien. Tendré que presionarlo.

– Me debes un favor. Yo cambié la vida de tu hermana.

Esta es precisamente la clase de tontería que uno dice cuando no tiene salida y Keller suelta una carcajada.

Es una carcajada tan estruendosa que Flecha se acerca para ver que pasa.

– Los dos somos personas inteligentes. Imagino que encontraremos una forma de solucionar este asunto.

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