Vidas soñadas
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Vidas soñadas». Краткое содержание книги:
Pero cuando en su huída Mike se encontró con Willow en una gasolinera de la autopista, se dio cuenta de que se amaban y de que tendrían que solucionar sus problemas en vez de salir corriendo. No sabía cómo, pero Mike tenía que recuperar a su novia, convencerla de que estaban hechos el uno para el otro… y esta vez esperarla en el altar.
– ¿Y por qué no se habían casado antes? Esa mujer no debía saber que, si no se casaba, no tendría derecho a una pensión…
– Un contable siempre es un contable -lo interrumpió Willow-. Un contable que me pidió que me fuera a vivir con él, si no recuerdo mal.
– Eso no es verdad.
– ¿Qué no es verdad?
– Cuando te pedí que fueras a vivir conmigo nunca pretendí que el arreglo fuera permanente.
– ¿Ah, no? Entonces, ¿qué querías? Algo así como: «hasta que el aburrimiento nos separe».
– ¡No! En realidad, no había pensado en el futuro
– Quizá esa pareja tampoco había pensado nunca en el futuro -sugirió ella-. Quizá se convirtió en una costumbre. No lo sé. Pero a lo mejor tienen razón. Quizá lo de la boda solo es para los invitados. Quizá la licencia no es más que un papel sin importancia.
– Es importante, Willow. Tú sabes que lo es.
– ¿Ah, sí? Yo lo que sé es que si hubiera aceptado tu propuesta estaríamos viviendo muy felices y yo podría haber aceptado el trabajo en el Globe sin que pasara nada.
Mike frunció el ceño.
– ¿Porque no habrías tenido necesidad de hablarlo conmigo?
– No. Porque solo sería tu novia, no la esposa del jefazo de Publicaciones Armstrong, de servicio veinticuatro horas al día, siete días a la semana, con una casa llena de grifos dorados. Porque no habría sido tan importante.
¿Ella no quería eso? Era la vida que sus padres le habían enseñado a desear…
– ¿Estás segura? Habrías estado en Londres cinco días a la semana. ¿Qué clase de relación sería la nuestra?
– La clase de relación en la que tú habrías dicho: «Acepta el trabajo si eso te hace feliz, Willow. Yo haré que el tiempo que pasemos juntos sea especial».
Mike dejó caer los hombros, como si se le hubiera quitado un gran peso de encima.
– Tienes razón. Tenías derecho a aceptar ese trabajo y yo fui demasiado egoísta como para darme cuenta hasta que era demasiado tarde.
– ¿Por eso te fuiste de la iglesia?
Mike la miró a los ojos.
– Sería estupendo pensar que mis motivos eran tan altruistas. Pero no soy el hombre que tú crees que soy, Willow. No soy el hombre que mi padre quiere que sea. Lo intenté, de verdad. Pensé que tenerte a mi lado sería suficiente para olvidar que debía estar sentado frente a un escritorio todo el día, haciendo números cuando tenía otros sueños. Y entonces vi que tú también tenías tus sueños. En serio, uno de los dos debía estar convencido del todo, ¿no te parece?
– Yo creo que el matrimonio es suficientemente difícil aunque los dos estén convencidos -asintió ella, con tristeza.
– ¿Sabes cuántas de las parejas de tu artículo llegaron finalmente a casarse?
Willow tardó unos segundos en deshacer el nudo que tenía en la garganta. Por un momento, había creído que iba a saber cuáles eran sus sueños, pero Mike había vuelto a levantar la barrera. Final de la conversación. Cambio de tema. No quería hablarle de sus problemas, de sus preocupaciones. Nunca había querido hacerlo.
– Dos de ellas. Las otras todavía no. Y hay una que no creo que llegue a la iglesia.
– Espero que no sea la pareja con tres niños.
– No, esos se casaron a la semana siguiente. Solo necesitaban que alguien les diera un empujón.
En ese momento, Willow tomó una decisión. Si Mike no quería contarle cuáles eran sus sueños, se enteraría de alguna forma.
Al final, podría dolerle más de lo que esperaba, pero haber tomado una decisión la hizo sentir mejor.
Entonces se dio cuenta de que Mike seguía mirándola.
– Come, Mike. Se te va a enfriar el pollo.
Comieron en silencio, pensativos.
– ¿Te encuentras mejor?
– Mucho mejor -sonrió ella-. Pero creo que voy a necesitar un postre tremendo para estar bien del todo. No me importaría nada morir de una sobredosis de chocolate.
– Eso no suena mal.
Willow se levantó.
– ¿Café? ¿Algo de beber?
– Solo café. No querrás que nos perdamos en el camino de vuelta…
– Oh, yo creo que nos perdimos hace tiempo, Mike. Pero estábamos demasiado ocupados eligiendo el papel pintado como para darnos cuenta -dijo Willow entonces, sentándose de nuevo-. ¿Qué vamos a hacer con la casa? No es algo que se pueda devolver en una caja con una nota de agradecimiento. Está a nombre de los dos, ¿verdad?
– No te preocupes. Solo habrá que firmar ante notario para que vuelva a ser propiedad de mi padre.
– Se habrá llevado un disgusto enorme. A él le encantaba esa casa.
– Sí. Pero era un poco grande, ¿no crees?
– Supongo que pensó que nosotros creceríamos una vez dentro.
Mike sonrió.
– Podríamos haberlo pasado bien intentándolo.
A ella no se le ocurría nada que decir, de modo que se levantó y entró en el restaurante.
Volvieron a casa despacio. Era noche cerrada y Willow no tenía intención de adelantarse. Pero cuando iban a cruzar la verja, él tomó su mano.
– Espera, Willow. Espérame.
Y ella lo esperó.
No quería caminar sola. Estaba demasiado oscuro. Quizá por eso no soltó su mano. Por eso la apretó con fuerza cuando en medio de la oscuridad escucharon una especie de grito de agonía.
– ¿Qué ha sido eso?
– Un conejo. Se lo habrá comido alguna comadreja.
Willow se llevó la mano a la boca.
– Oh, no…
– La cadena alimenticia -murmuró Mike cuando ella escondió la cara en su pecho. Un conejo, un escarabajo, cualquier cosa valía.
Mike la abrazó con fuerza. Sería tan fácil seguir abrazándola así, besarla, olvidar la pesadilla de los últimos días. Y sabía que, lo reconociera o no, Willow sentía lo mismo. Estaban cerca de la casa. Solo haría falta un beso y saldrían corriendo, se quitarían la ropa… Y entonces, ¿qué?
Bajo su mano, notaba el pulso femenino, acelerado como el suyo. Podía oler su pelo, respirar su aroma y eso era suficiente para acrecentar su deseo. Para desear tenerla en sus brazos, poseerla. Willow se agarraba a su cuello como si fuera un salvavidas y algo dentro de él le decía que siguiera adelante.
Pero Willow nunca lo perdonaría. Y él nunca se perdonaría a sí mismo. Tenía que luchar contra la tentación. Aquella vez, se prometió a sí mismo, lo haría bien. Aquella vez sería diferente.
¿Aquella vez? ¿A quién quería engañar? No iba a haber otra oportunidad.
Pero, de alguna forma, tenía que conseguir que la hubiera.
Cómo, no tenía ni idea. De modo que, simplemente, la abrazó, esperando que ella recuperase la tranquilidad, que su corazón empezara a latir más despacio.
– Lo siento -se disculpó Willow, apartándose-. En mi mundo, los conejos son animales dulces, preciosos, no la cena de una criatura de dientes afilados… -añadió, secándose una lágrima que no tenía nada que ver con el conejo-. Estoy siendo patética, ¿verdad?
– Patética, no. Compasiva -sonrió Mike, tomándola por los hombros para dirigirse de nuevo hacia la casa. Una vez allí, abrió la puerta y encendió la luz-. Entra tú -dijo entonces-. Yo voy a comprobar que está todo bien cerrado.
Willow se quedó en la puerta, su rostro iluminado por la luz de la cocina.
– Mike… -su voz era tan insegura como su propio corazón.
Habían sido novios hasta el día anterior. ¿Qué había cambiado? Si pudieran volver atrás, cuando le había pedido que se casara con él… De repente, Mike entendió lo que ella había dicho, que si vivieran juntos el asunto del trabajo en Londres no sería tan importante. Solo había un problema con eso; él no quería volver al punto en el que el estar separados unos días no era tan importante.
Su proposición había sido provocada por la negativa de Willow a vivir con él, pero los sentimientos que había experimentado aquella noche eran tan fuertes como siempre. Quería despertar con ella a su lado cada mañana, durante el resto de su vida. Eso era lo único importante.