Placer Y Trabajo
- Автор: D'alessandro. Jaquie
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Placer Y Trabajo». Краткое содержание книги:
Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…
Matt sonrió con picardía y, sin que ella tuviera tiempo de reaccionar, le quitó la toalla.
– Lamento comunicarte que no llevas ropa interior…
Con un rápido movimiento se quitó los calzoncillos y añadió:
– Y es una suerte, porque yo tampoco.
Al verlo completamente desnudo, a Jilly se le hizo agua la boca. Matt era alto, musculoso, bien parecido y la miraba con deseo y desesperación.
Acto seguido, la atrajo hacia él y le acarició el pubis con el pene erecto. Ella sintió que un placentero escalofrío le recorría la espalda.
– Debes saber -dijo Matt-, que sólo me he comido la mitad de tu bombón. De todas formas, podemos comprar más cuando salgamos.
En aquel momento, inclinó la cabeza y comenzó a lamerle los pezones.
– No lo sé… ¿crees que podríamos hacer el amor fuera de la habitación? -preguntó Jilly con el aliento entrecortado-. Creo que después de tanta abstinencia sexual, me he vuelto una mujer insaciable.
Mientras le besaba el cuello y el lóbulo de la oreja, él afirmó:
– Me temo que por mucho que odie la idea de salir de este cuarto, tendremos que hacerlo. Queda un solo preservativo y medio bombón.
– Y es mío, así que ni se te ocurra comértelo.
– ¿Te han dicho que eres un poco autoritaria?
– Sí, pero los obligué a retractarse de inmediato -dijo Jilly.
Matt soltó una carcajada. Adoraba el sentido del humor de aquella mujer.
– Hagamos un trato: ya que has compartido tus bombones conmigo, compartiré mi último preservativo contigo. ¿Qué dices?
Ella sonrió de oreja a oreja y exclamó:
– Digo que compartir es muy bueno.
Desde la mesa del restaurante donde acababan de almorzar, Matt observó cómo Jilly caminaba hacia el cuarto de baño. En cuánto la perdió de vista, hundió la cara entre las manos.
No entendía qué le estaba pasando. Estaba en un lugar encantador, disfrutando de la compañía de una mujer bella, inteligente y divertida, capaz de volverlo loco con cada gesto y con la que acababa de hacer planes para una nueva sesión de sexo desenfrenado. Se suponía que debía estar feliz y agradecido de su suerte. Sin embargo, estaba angustiado y lleno de preocupaciones.
Por un momento, se dijo que el problema era que estaba disfrutando demasiado. Había imaginado que disfrutaría de los momentos que compartieran en la cama, pero no esperaba disfrutar tanto del resto del tiempo que pasaban juntos. Después del almuerzo, descubrieron que los dos adoraban las películas de James Bond, las novelas de misterio, el jazz, los zoológicos, la pintura de Picasso y la comida tailandesa. Se habían tomado de la mano por encima de la mesa y habían reído con las anécdotas de la escuela, las disputas laborales y los recuerdos de infancia.
No estaba seguro de cómo había sucedido, pero en algún momento entre el almuerzo y el segundo café, el fin de semana con Jilly se había convertido en algo extremadamente peligroso.
Se sentía un imbécil. Cualquier otro hombre habría pensado que se había ganado la lotería al poder tener una aventura romántica con una mujer arrebatadora y sin prejuicios. Pero él no estaba feliz con la situación. Lamentablemente, lo que sentía por Jilly excedía a la simple atracción física, pero sabía que, por su bien, no debía enamorarse de ella. Necesitaba poner distancia para poder analizar las cosas con objetividad. Y lo que más le preocupaba era que, después del almuerzo, había descubierto que le bastaba hablar con ella para perder la cabeza. Se convenció de que lo único que necesitaba era pasar un par de horas alejado de ella para poder pensar con claridad.
Tomó su teléfono móvil, llamó a la sala de belleza del hotel e hizo reservas para los dos. En cuanto terminó la comunicación, respiró aliviado, seguro de que otra vez volvía a tener la situación bajo control.
Unos segundos después, Jilly regresó a la mesa y se sentó junto a él.
– Tengo algo que contarte-anunció Matt.
Ella lo miró con malicia y comentó:
– Me pregunto si será una historia tan graciosa como la de aquel día en que se te cayó la nueva caña de pescar de tu jefe al mar.
– Sabía que no tendría que haberte contado esa anécdota -protestó él-. Está bien, lo admito, como pescador soy un auténtico desastre. Pero puedo argumentar en mi defensa que el mar estaba revuelto y que la caña se me resbaló de las manos porque tenía la madera demasiado pulida.
– Ya lo sé, sólo estaba bromeando porque me hizo gracia -dijo Jilly con una sonrisa llena de complicidad-. ¿Qué era lo que querías contarme?
– Mientras estabas en el cuarto de baño, he llamado a la sala de belleza del hotel y he hecho reservas para las cuatro de la tarde. Una sesión de masajes para mí y una limpieza de cutis para ti.
Ella arqueó una ceja.
– ¿Una limpieza facial? ¿Estás tratando de decirme algo? ¿Tengo ojeras o qué?
– Nada de eso. En primer lugar, no tienes ojeras ni nada malo en la cara. Y en segundo, eres experta en artes marciales, tendría que estar loco como para atreverme a decirte una cosa así. No es por nada en especial, sólo pensé que te gustaría.
Los ojos de Jilly brillaron con fastidio.
– Te lo agradezco -dijo, con ironía-. Aunque te recuerdo que soy perfectamente capaz de ocuparme de mis asuntos. De haber querido que me hicieran una limpieza facial, yo misma habría acordado la cita.
En aquel momento, Matt se acordó de la conversación de la cena de la noche anterior y se maldijo mentalmente por no haber recordado antes que Jilly odiaba que intentasen organizarle la vida. Le tomó la mano. Ella intentó zafarse, pero él la aferró con fuerza.
– Supongo que me he excedido un poco al reservar una cita para ti. No pretendía ofenderte, sólo trataba de ser amable -se excusó él-. Quería que me dieran un masaje y pensé que, si pedía hora para mí y te dejaba sola, iba a ser una descortesía de mi parte. Aunque no lo creas, todavía conservo algunos buenos modales. Si no te apetece, podemos cancelar la cita o cambiarla para que también te den un masaje. Aunque, a decir verdad, preferiría ser yo quien te lo diera más tarde.
El fastidio en los ojos de Jilly se había disipado casi por completo.
– ¿O sea que no estabas tratando de controlarme sino de agradarme? -preguntó ella.
– Lo creas o no, mi intención era ser amable.
– La mía también. Y para qué veas lo amable que puedo llegar a ser, aceptaré tu masaje posterior.
– Me parece muy bien -afirmó Matt, entre risas.
Jilly se inclinó hacia adelante con la mirada encendida.
– En ese caso, también me haré la limpieza de cutis. La verdad es que acabo de verme en un espejo y, ciertamente, estoy muy ojerosa. Aunque debo señalar que el verdadero responsable de mis ojeras eres tú porque casi no me has dejado dormir en toda la noche.
– Cariño, no tienes ojeras ni nada malo en el rostro -insistió él-. Estás preciosa, como siempre. Y, desde luego, tampoco pienso dejarte dormir esta noche.
Se miraron a los ojos y entonces Matt sintió que ya no podía negar lo que pasaba entre ellos. En sus miradas había una calidez y una intimidad que excedía los límites de una aventura pasajera.
Se llevó la mano de Jilly hasta la boca y la besó con ternura.
– ¿Te enfadarías conmigo si pago la cena? -preguntó él.
– ¿Enfadarme? No. ¿Dejar que pagues? Tampoco.
– Me gusta invitar a mis amantes.
– No soy tu amante. Soy tu compañera de trabajo -replicó ella-. Además, este fin de semana vinimos aquí para trabajar. Deberías cargar este almuerzo a la cuenta de Maxximum.
Matt pensó que Jilly tenía razón. Eran compañeros de trabajo, no amantes. Sin embargo, el comentario lo había apenado porque sentía que, después de la cena de la noche anterior, la relación entre ellos había cambiado drásticamente y ella se había convertido en alguien mucho más importante que una simple compañera de trabajo. Matt sabía que había cometido un gran error al acostarse con ella, pero ya estaba hecho y ahora debía atenerse a las consecuencias.