Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Mientras tanto, había amasado una pequeña fortuna para el tipo. Evidentemente, a cada tirada de ella, yo me daba cuenta de que despistaba unas cuantas fichas negras de cien dólares de la pila y las dejaba caer en su bolso.
Cuando el tipo se disponía a cambiar las fichas por dinero, Geri lo miró y le preguntó:
– ¿Qué hay de mi astilla?
El tipo miró hacia el bolso de ella y dijo:
– La llevas aquí dentro.
Lo establecido, cuando una chica hace una operación de este tipo para ti, marca que le entregues cinco, seis o siete de los grandes. Geri no había llegado a esta cifra ni de lejos, aun tratándose de fichas de cien dólares.
– Quiero mi astilla -dijo ella en voz muy alta.
El individuo le coge el bolso. Va a vaciarlo delante de todo el mundo. Pero antes de que lo haga, Geri se inclina hacia delante, agarra los montones de fichas y las lanza hacia arriba con todas sus fuerzas.
De pronto por todo el casino llueven fichas negras de cien dólares y fichas verdes de veinticinco dólares. Caen y rebotan por las mesas, las cabezas, los hombros de la gente y van rodando por el suelo.
En unos segundos, todos los que se hallan en el casino se lanzan a por las fichas. Me refiero a los jugadores, los croupiers, los encargados, los guardias de seguridad: todo el mundo intenta pescar las fichas del tipo esparcidas por el suelo.
El tipo va gritando y recogiendo todas las que puede. Los de seguridad y los croupiers le entregan seis y se meten tres en el bolsillo. Es una escena de locos.
En este punto, yo soy incapaz de quitarle los ojos de encima. Geri se mantiene de pie como un miembro de la realeza. Ella y yo somos las dos únicas personas en todo el casino que no se han echado al suelo. Me mira y yo la miro.
– Te gusta, ¿verdad? -dice y sale por la puerta.
Entonces me di cuenta de que me había enamorado.
7
«¿Verdad que nunca has estado con alguien como yo?»
Cuando El Zurdo la conoció, Geri McGee llevaba unos ocho años saliendo con individuos de los casinos. Era propietaria de la casa donde vivía. Cuidaba de su hija de once años, Robin Marmor, cuyo padre era el novio que había tenido Geri en el instituto, Lenny Marmor. Ayudaba a su madre, Alice, que estaba enferma, y a su hermana, Barbara, a quien el marido había abandonado con dos hijos. De vez en cuando, Lenny Marmor acudía a casa de Geri para ver a su hija y casi siempre para pedirle dinero prestado para algún negocio que iba a salir redondo. En alguna ocasión, recibía la visita de su padre, Roy McGee, un mecánico de automóviles de California, que llevaba muchos años separado de su madre.
Geri ganaba entre 300.000 y 500.000 dólares anuales embaucando clientes del casino y acudiendo a fiestas con destacados jugadores. Sacaba unos 20.000 dólares al año con su trabajo de bailarina en el Tropicana, empleo que le proporcionaba el permiso de trabajo, expedido por la oficina del sheriff de Las Vegas, que demostraba que se dedicaba a una actividad remunerada. Al disponer de dicho permiso, en los casinos no podían molestarla los polis de la brigada antivicio ni los guardianes de seguridad de los hoteles de Las Vegas.
– Todo el mundo adoraba a Geri porque se dedicaba a mover mucho dinero -comentaba Ray Vargas, un ex aparcacoches del hotel Dunes-. Se solía juntar por aquel entonces con otra chica de bandera: Evelyn. Geri era rubia. Evelyn, pelirroja. Se lo montaban fenomenal.
Geri tenía claro que había que cuidar a la gente, y lo hacía. La verdad es que, en Las Vegas, cualquier persona inteligente se dedica a buscarse la vida en los casinos. Nadie vive de una nómina de aparcacoches o de croupier. En Las Vegas funciona así. El que sea algo listo y viva allí, está metido en el ajo. Precisamente por eso viven allí.
Y Geri se las apañaba bien, porque cada vez que sacaba tajada repartía unos cuantos billetes. Siempre sabía dónde conseguir estimulantes para mantener despierto a algún tío forrado del mundo del hampa. En general sacaba la pasta de los pavos, claro que a mí me daba igual. A mí siempre me conseguía dinero, y yo lo necesitaba. Por aquel entonces, la protección en el aparcamiento me costaba cincuenta mil dólares al año, cantidad con la que untaba al gerente del casino para poder acceder.
Las Vegas es la ciudad de los sobornos. Una ciudad del desierto a la que le ocurre lo mismo que al que anda entre mieclass="underline" que algo se le pega. Un lugar en el que un billete de veinte dólares sirve para comprar un visto bueno, uno de cien, la adulación, y uno de mil, la canonización. Se cuentan historias de croupiers que han conseguido miles de dólares en propinas de destacados jugadores que han tenido buenas rachas, incluso se espera que alguno de los más fuertes apueste unos cientos o miles de dólares para corresponder a la cortesía de la casa. Las Vegas es una ciudad en la que todo el mundo se ocupa de los demás. Los maîtres de los establecimientos más lujosos no sólo pagan por conseguir el puesto de trabajo sino que a menudo pasan a quien les ha contratado un tanto por ciento de sus propinas semanales. Las chicas listas como Geri reparten propinas a diestro y siniestro. Ella sembraba dólares para que se le multiplicaran en la cosecha.
Como afirmaba Frank Rosenthaclass="underline"
Geri estaba enamorada del dinero. Para ella salir una noche era perder el tiempo si no volvía a casa con los bolsillos llenos. Al principio, a mí me trataba como si yo fuera un pardillo. Uno de los primos que la rodeaban. Ya me había metido en su engranaje.
Tuve que regalarle un broche de diamantes de dos quilates en forma de corazón para conseguir salir con ella. Cuando íbamos a alguna parte, me pedía dinero para ir al lavabo. Yo solía darle un billete de cien dólares. Contaba con que me devolvería algo de cambio, pero jamás lo hizo. Nunca me devolvió un solo centavo.
En una ocasión se lo comenté y me respondió que lo había perdido jugando al blackjack camino de la mesa. Sabía que mentía. Me importaba poco el dinero. Lo que no quería era que me utilizara para jugar con otro de sus pardillos. Tenía un fichero con todos sus nombres. Conocía a elementos de todo el país. Clientes. Cuando iban a aparecer por la ciudad, la llamaban. Eran como amigos. Gente con la que iba de copas. Con algunos de ellos jugaba. Con otros salía y con algunos llegaba hasta el final. Todo dependía de lo que podía sacar. Si no tenía claro que quería volverte a ver o sacarte dinero, podías olvidarte de ella. Te había tachado.
Por aquella época, Geri trabajaba mucho. Llevaba el peso de toda la familia. Tenía que mantener en casa a su madre, a su hija, a la hermana y a dos sobrinos. Aparte del ex novio, el padre de la criatura. También lo mantenía, sobre todo después de que lo pillaran haciendo de macarra en Los Ángeles.
Más tarde retiraron a Marmor los cargos de proxenetismo.
Geri McGee y su hermana, Barbara, se criaron en Sherman Oaks y asistieron al instituto Van Nuys con Robert Redford y Don Drysdale. Su padre, Roy McGee, trabajó en estaciones de servicio y como calderero. Su madre, Alice, fue hospitalizada por enfermedad mental; una vez curada, se dedicó a planchar. Según Barbara McGee Stokich:
Probablemente nuestra familia era la más pobre del barrio. Hacíamos de canguros, rastrillábamos las hojas secas, dábamos de comer a las gallinas y los conejos de los demás. No era muy divertido. De pequeñas, toda la ropa la sacábamos de los vecinos. Era lo que menos podía soportar Geri.