Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
– Acepto sugerencias. Tengo que saberlo para el 30 de agosto, así que, por favor, envíalas antes del 29.
Yo estoy secando platos y, como no se dónde colocarlos, empieza a abrir y cerrar armarios de una manera familiar.
– Por el momento quiero escribir para revistas. De ahí lo de la actividad. Esperar que tú te conviertas en directora y empieces a pedirme artículos no creo que funcione.
– No sabía que estuvieras tan interesada en mi carrera -digo yo, con un colador en la mano-. ¿Para que publicaciones quieres trabajar?
– Por ahora, para las revistas en las que trabajo como correctora.
Maya suele trabajar para revistas femeninas como Glamour, Cosmopolitan y Marie Claire. Pero los intereses de estas publicaciones son limitados y sus artículos tratan sólo sobre sexo, relaciones personales, belleza y viajes. No veo a Maya hablando de esas cosas.
– Sabes que tendrás que escribir sobre tintes para el pelo y diez formas de cambiar para gustarle a tu novio, ¿no?
Ella hace una mueca.
– No se puede cambiar para gustarle a nadie.
Yo la apunto con una espátula.
– Términos de referencia, 19 de agosto. Deja de pensar de forma independiente.
– No me estás ayudando nada -suspira mi amiga, aclarando un plato verde, amarillo y blanco. Tiene una colección de platos, comprada por todos los mercadillos de Nueva York. No tiene dos platos iguales, pero todos tienen florecitas.
Y estoy ayudándola. Eso es lo que me ha pedido: cinismo con un toque de desesperación.
– Mira, aunque consigas quitarte el cartel de correctora de estilo, que no es tan fácil, esas revistas te encajonan. Te conozco, Maya. Escribir sobre cremas solares no es lo tuyo. Es tan aburrido como escribir informes económicos de la compañía telefónica.
Escribir en una revista femenina suele ser un trabajo en blanco y negro y mi amiga es en tecnicolor. Maya es un cuadro de Matisse o un cristal veneciano.
Pero no es eso lo que ella quiere oír y lo paga con un cucharón de madera, que friega como si quisiera hacerlo astillas.
– Es un principio. Tengo que empezar por algún sitio. Escribiré un par de artículos, me haré un nombre como escritora ingeniosa que hace de cualquier tema aburrido algo interesante y después esperaré que lleguen los artículos buenos. Doscientas palabras sobre la eficacia de las cremas solares no es un precio tan alto. Sólo tengo que mantenerme activa. Ya lo verás.
Yo no digo nada. Sólo alargo la mano para que me dé un vaso, que me dispongo a secar. Maya está convencida de que la vida ofrece muchas oportunidades. Pero la vida no es así. Una no es una línea aérea. No puedes guardarte una aceituna de cada ensalada y ahorrar un millón de dólares.
Germina una idea
El móvil de Roger tiene la melodía de una serie de televisión sueca que ponían en los años setenta. Infantil, pero no sueco, Roger nos puso la melodía una y otra vez durante una cena hasta que la pareja de al lado le pidió que se cortase un poco.
Maya se quedó cortada, yo me mordí los labios y Roger, con la boca llena, empezó a decir que la gente ya no tenía educación.
Estoy en el Metropolitan y, sé que, si me doy la vuelta, lo veré. Está detrás de mí y entre el Retrato de un hombre y el Retrato de un hombre con barba, me siento acorralada. Espero como un tigre camuflado en la selva, aguardando que pase… el problema es que no tengo camuflaje.
Llevo un vestido azul eléctrico y habría que ser ciego para no verme.
Roger me dice: «Hola, cariño». Horror.
Como ya no sale con Maya no me veo obligada a ser amable. Pero es que encima el tío está hablando por el móvil y me hace una seña para que espere un momento.
Que espere tu tía.
Me dirijo al otro lado de la sala y me escondo detrás de una pareja de alemanes que está admirando a Rembrandt. A mi lado, una mujer está copiando un retrato. Yo también lo estoy copiando en mi cuaderno, pero no lo he hecho nunca y se me escurre el lápiz. Aunque no dejo que eso agrie mi entusiasmo.
Estoy aquí porque quiero ser Tecnicolor, como Maya. Eso fue una revelación anoche, mientras estaba secando coladores en su cocina. Yo tampoco quiero escribir artículos aburridos. El mundo es mucho más interesante que las pastas de dientes blanqueadoras.
Aparece Pieter van Kessel, un joven diseñador holandés cuyo desfile me dejó impresionada la temporada pasada. Pero yo no puedo escribir sobre él porque los jóvenes diseñadores no aparecen en Fashionista. Al menos, no bajo el régimen tiránico de Jane.
De repente, tengo otra revelación: quiero escribir sobre Kessel. Quiero conocerlo y escribir sobre sus innovadores diseños. Quiero publicar un artículo sobre los principios de una superestrella de la moda, antes de que lo sea.
El momento de distracción es fatal. Mientras miro a la señora que copia y pienso en mi futuro, la pareja de alemanes se aleja de Rembrandt y yo me quedo sin escondite.
– Vig -me llama Roger.
Ya no está hablando por teléfono y va con una pelirroja ataviada con un ajustado vestido de cuero negro. Roger es un asqueroso; la clase de tío que mira a las tías en el cuarto de baño, pero no sabía que le gustase el cuero.
Es de mediana estatura, con problemas de acné persistente y entradas. O sea, una joya.
Me saluda con un beso en la mejilla. Cuando salía con Maya, no me daba besos.
– Perdona, estaba sacando información. Era una llamada a vida o muerte.
Roger se cree un inventor del lenguaje. Cree que está revolucionando el idioma, pero no es verdad. Sólo dice tonterías.
– Vig, te presento a Anthea -sonríe, presentándome a su amiga, que tiene los ojos tan grandes y tan redondos que no pueden ser naturales.
– Hola, soy Vig Morgan.
La pelirroja tarda unos segundos en entender que estoy dándole la mano y, cuando por fin se entera, la suya es tan fría y floja como la de una muerta.
– Hola.
– Vig es amiga de Maya.
– Ah.
– Es editora de Fashionista -añade Roger.
Anthea empieza a parecer interesada.
– Cómo mola.
– Sí, claro.
– Anthea trabaja en una tienda en la calle 22. DeMask. ¿La conoces?
DeMask es un sex shop de esos que venden penes de goma, bolas chinas y látigos de cuero. No he entrado nunca, pero he visto los anuncios en el Village Voice.
– No, lo siento. ¿Que venden, disfraces?
Roger está a punto de darme una explicación, pero Anthea suelta una risita.
– Sí, algo así. Si alguna vez necesitas uno, pásate por allí. El látex viene de Europa.
– ¿De Europa?
Yo no sé nada sobre el látex, pero se que el pedigrí europeo siempre es una garantía.
– Sí, y tenemos tiendas en Alemania y en Amsterdam.
A Roger no le hace gracia esta conversación. Ahora que DeMask es una tienda de disfraces, no quiere hablar de ello.
– Es muy tarde. Anthea, mira la hora, cariño, tenemos que largarnos, Vig.
Me da un beso de despedida… o más bien intenta darme un beso de despedida porque yo aparto la cara educadamente.
– Encantado de verte. Dale un beso a Maya.
Tiene un brillo de victoria en los ojos. Espera que salga corriendo para contarle a mi amiga que lo he visto con una pelirroja de tetas grandes y vestido de cuero, pero no pienso hacerlo. Me despido de Anthea y vuelvo a la pintura.
Y jamás le digo a Maya una palabra sobre el encuentro.
Seguimos con la fase uno
Alex Keller abre la puerta con cara de malas pulgas. Aunque sigue siendo guapísimo, ese gesto es el que yo esperaba de el y me siento más cómoda. Ahora podre aclarar el malentendido de ayer.