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Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:

Sobrevivir en una revista femenina puede ser una lucha a muerte. Sobre todo, cuando tu jefa es una tirana.
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
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– ¿Quien eres? -me pregunta, sin invitarme a entrar-. ¿Por que estás saboteando la felicidad de mi perro? ¿Qué te hemos hecho Flecha o yo para que quieras arruinarnos la vida?

Yo abro la boca para explicar, pero no me deja. Keller no quiere ser interrumpido.

– ¿Tú sabes lo difícil que es encontrar una persona que cuide de tu perro? ¿Tú tienes perro?

Supongo que esa es una pregunta retórica y, por lo tanto, no contesto.

– ¿Lo tienes o no?

– No.

– ¿Tienes gato?

– No.

– ¿Tienes algún pez?

– No.

– ¿Tienes alguna mascota?

– No.

– O sea, que no sabes nada en absoluto sobre cómo cuidar de un animal domestico. No sabes el daño que has hecho, ¿verdad?

– No.

– ¿Tú sabes lo que me costó encontrar a Kelly? Sólo aceptó venir a verme para hacerle un favor a un amigo. ¡Como un favor personal! Y yo no estaba aquí cuando vino a verme. ¿Sabes lo que hizo cuando vio que no estaba en casa? Le dejó una nota al conserje diciendo que no tiene tiempo para jueguecitos -Keller respira profundamente-. Y ahora, adiós. No veo por que tengo que soportar tu presencia.

Y me da con la puerta en las narices.

Alex Keller siempre se ha portado como un cerdo y todo el mundo en la redacción le ha hecho vudú y encantamientos varios para que se le cayera el pelo, por ejemplo. Y a mí no me da nadie con la puerta en las narices.

Vuelvo a llamar. Sé que estoy aquí para pedir un favor y que no he empezado precisamente con buen pie, pero estoy preparada para luchar. Pienso apoyarme en el timbre y esperar horas y horas, incluso podría golpear la puerta con los puños. La caída de Jane, hasta hace poco sólo una fantasía, empieza a parecerme una realidad y no pienso renunciar a ella.

Una sombra oscura, supongo que la pupila de Keller, aparece en la mirilla y yo adopto una postura contrita. Falsa, pero contrita.

– He venido a pedirte disculpas. Siento mucho lo que ha pasado y me gustaría explicarte mis motivos -le digo. No hay reacción, pero la sombra de la mirilla no desaparece-. De verdad, no quería sabotear la felicidad de Flecha.

Estoy diciendo tonterías, pero decido esperar hasta que me deje entrar en su casa para decir cosas sensatas. Total, aquí en el rellano no me ve nadie…

Keller abre la puerta.

– ¿Quién eres?

– Vig -contesto, esperando una lluvia de insultos.

– ¿Vig que?

Vig no es un nombre muy común y es inconcebible que conozca a otra.

– Vig Morgan. Trabajamos juntos.

– ¿En el estudio Walters?

Yo hago una mueca.

– No, en Fashionista.

– Ah -murmura él, momentáneamente desconcertado.

¿Walters? ¿Qué es eso del Estudio Walters? Keller me mira, pensativo. Parece un poco cortado. Por fin, abre la puerta del todo.

– Entra.

El primer trabajo de Delia

Alex Keller es una franquicia. Es como un Todo a 100, aunque no tiene planeado registrar su nombre.

– Delia lleva dos años editando esa sección. Ella lo hace todo: investiga, genera ideas, sale a comer con publicistas, contrata escritores, escribe artículos, firma contratos, selecciona fotos, planea la agenda…

– ¿Y tú no haces nada? -pregunto yo, intentando disimular el tono de desaprobación. Intento parecer mundana, como si eso fuera cosa de todos los días, como si no pensara que ese tipo de engaño es sólo cosa del Gobierno.

Keller se encoge de hombros.

– Yo lo hago posible.

– ¿Cómo?

– Me reúno con Lydia de vez en cuando para guardar las apariencias.

– ¿De vez en cuando? -repito yo, sin poder disimular mi irritación.

Lo que está describiendo no es un trabajo, es un hobby, lo que hacen los ricos de Nueva York entre comer en el Plaza y comprar diamantes en Tiffany's.

– Una vez al mes, a veces dos.

– ¿Y a Delia no le importa?

Keller parece sorprendido por la pregunta.

– ¿Por qué iba a importarle?

– Porque hace tu trabajo y tú te llevas el crédito -digo yo, constatando lo obvio.

– Por favor… -replica Keller, haciendo una mueca de desdén-. Delia es completamente independiente. Hace lo que quiere. Entra y sale cuando quiere, no le da explicaciones a nadie y no tiene que soportar a un jefe tiránico. Yo no le pido café, ni que me lleve la ropa a la tintorería…

Tampoco yo soy inmune al encanto de la independencia y la libertad. Cuando salí de la universidad, pensé que tendría un trabajo así. Eso fue antes de saber que los ayudantes de redacción no escriben; sencillamente hacen fotocopias y distribuyen informes.

– Ella toma la mayoría de las decisiones importantes -sigue Keller, explicando las ventajas de su sistema de franquicia-. Pero no pueden despedirla si algo sale mal. Además, cuando yo me vaya, lo más seguro es que ella ocupe mi puesto. En realidad, lo tendría ya si Jane no fuera tan pesada con lo de la edad. Afortunadamente para mí, Jane no le daría mi puesto a alguien tan joven, aunque Delia puede hacerlo con los ojos cerrados. Pero dentro de un par de años, o me aparto o me pasa por encima.

Delia tiene veintitrés años y es la clase de empleada que todas las empresas americanas intentan reclutar. Terminó la carrera en tres años y después hizo un máster. Es su primer trabajo y lo consiguió en su primera entrevista. Es una de esas personas que saldrá en el Times antes de cumplir los treinta. Y dentro de diez años será la directora de alguna revista… o la presidenta de Estados Unidos.

Yo no tengo los problemas de Maya con la edad. Nunca he tenido un representante, ni objetivos, ni un novio durante más de seis meses, pero Delia Barker me hace sentir vieja. Me hace sentir que el juego ha terminado, que los veintinueve es la edad justa para retirarse, que me falta potencial. Delia te recuerda que nunca has sido lo suficientemente inteligente o guapa o lista. Tú eres tú y eso apenas cubre la cuota de admisión.

A nadie le ha preocupado jamás que yo le pase por encima.

Cómo mejorar tu carrera

Durante el día, Alex Keller es arquitecto.

– Bueno, no exactamente arquitecto, pero casi. Sólo me queda un año para terminar la carrera.

Yo meto la cabeza en el dormitorio y veo un montón de libros de arquitectura y otro montón de planos apoyados en una pared.

– ¿Sólo te queda un año? -pregunto, mirando uno de los libros. Está marcado con rotulador y hay cálculos en los márgenes.

– Un año.

Aunque intenta disimularlo, Keller está nervioso. No me conoce de nada y allí estoy, obligándolo a contarme su más oscuro secreto. Esa no era mi intención. Yo había venido a reclutar su ayuda para echar a Jane, pero esto es casi más interesante.

Cuando me di cuenta de que su categoría fantasmal era debida a la ausencia y no a otra cosa, pensé que se dedicaría a ir de compras, a ver la televisión o a sentarse en la última fila de un cine porno. No se me ocurrió pensar que estaría trabajando en otro sitio.

– ¿Cuánto tiempo llevas escaqueándote de Fashionista?

Él hace una mueca al oír la palabra «escaquearse» y me mira durante largo rato, intentando decidir qué va a contarme. No quiere contarme nada, pero tiene suficiente sentido común como para saber que está acorralado.

Vig Morgan es periodista, aunque nunca la dejen escribir un artículo interesante. Sería muy fácil llamar al estudio Walters y enterarme de todo. Y no puede contarme que está investigando para un artículo porque en Fashionista sólo se publican fotos de casas preciosas, nada sobre la calidad de las vigas.

– Cuatro años -confiesa por fin.

– ¿Llevas cuatro años escaqueándote de Fashionista? -exclamo yo, atónita.

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